Desde 1952 hasta la fecha, el certamen Miss Universo ha sido una plataforma para la frivolidad y, aunque desde entonces a la fecha ha tenido cambios, la exposición de la belleza sobre cualquier otra virtud. Esa superficialidad es tal que nunca podría obtener el trofeo, digamos, Citlalli Hernández o cualquier otra mujer de dimensiones colosales al prototipo de belleza occidental.
En esos concursos buena parte de la humanidad ha volcado sus festejos. Porque además de bella la ganadora ama la naturaleza, porque además de hermosa está contra la guerra, porque además de ser una diosa, le gusta la música…. Etcétera. Así han explotado los nacionalismos porque el logro personal siempre busca ser trascendido como un logro social desde las esferas de los gobiernos (más aún dentro de los populistas que exacerban el nacionalismo). De todos los gobiernos. Así lo hizo Carlos Salinas con Lupita Jones, la primera Miss Universo mexicana.
Hoy, el México dividido está viviendo un ridículo mundial. Unos celebran la trampa, “aiga sigo como aiga sido…” y otros, en efecto, subrayamos el amaño, la superficialidad y el uso político del “triunfo nacional” de una fervorosa seguidora de la presidenta (no mencionen ¡Viva Cristo Rey!, no sean aguafiestas). Y también recordamos que Claudia Sheinbaum la felicitó aunque nunca haya mencionado, por ejemplo, a las madres buscadoras, o proteja a personajes como Cuauhtémoc Blanco y Felix Salgado. Esa es la doble moral de este gobierno.

