La doctrina Trump

Desde Argentina, pasando por Panamá, México, Brasil, Venezuela, Bolivia, Paraguay, El Salvador y, de manera más reciente, Honduras, Donald Trump ha reconfigurado la política exterior de Estados Unidos hacia América Latina o bien en el continente americano si se incluye a Canadá y Groenlandia. James Monroe no podría estar más complacido. La finalidad de Trump es afianzar la primacía de Washington en los asuntos latinoamericanos y a escala continental de manera directa, abierta, incluso cínica, sea caracterizando a organizaciones delincuenciales de la zona como terroristas; sea descalificando los cargos delincuenciales que pesan sobre el ex mandatario brasileño Jair Bolsonaro y ejerciendo presión sobre el poder judicial de la potencia sudamericana; sea otorgando el perdón al ex presidente de Honduras Juan Orlando Hernández -detenido y encarcelado en EEUU por delitos de narcotráfico pero cuya filiación política con el Partido Nacional que postula a Nasry Asfura es conveniente para el inquilino de la Casa Blanca-; sea otorgando un préstamo a Javier Milei en la víspera de las elecciones legislativas que gano con holgura el partido del mandatario libertario -y de paso le permitió a Trump alejar a la República Popular China (RP China) de la teneduría de deuda argentina que ahora pasa a ser regida por el gobierno estadunidense-; sea por el despliegue de buques frente a las costas de Venezuela donde se han producido algunos incidentes que para muchos constituyen la inminencia de una incursión para deponer a Nicolás Maduro.

La Doctrina Trump hace de la política exterior hacia el continente americano una prioridad incluso por encima de Europa, Medio Oriente y por supuesto África. El controvertido empresario asume que la región puede ser una manera de contener la expansión de la RP China, presionando a naciones fácilmente influenciables por la vía de la contención migratoria y las deportaciones, o mediante la amenaza de sanciones comerciales. Otro tanto se puede decir de la manera en que Trump busca alejar la presencia europea en América Latina y el Caribe. De hecho, la gran ausencia de mandatarios europeos -y también latinoamericanos- en la reciente cumbre CELAC-Unión Europea celebrada en Santa Marta, Colombia, en noviembre pasado, se explica en buena medida por el deseo de parte de Bruselas de no ser vista por Trump como entidad que interfiere en la consigna de América para los americanos de la Doctrina Trump. Vaya, ni siquiera Úrsula von Der Leyen, presidenta de la Comisión Europea, viajó a Colombia para la cita.

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No está de más mencionar el empoderamiento del secretario de Estado de EEUU, Marco Rubio, quien desde ahora suena para contender, con la bandera republicana, por la presidencia en 2028 frente a, muy posiblemente, el actual vicepresidente J. D. Vance. Más allá de ello la presidencia imperial de Trump tiene en la mira a América Latina y el Caribe como no se veía desde los tiempos de Theodore Roosevelt quien se arrogó el derecho de intervenir en el continente para reducir la injerencia europea. Hoy Trump hace lo propio respecto, de nuevo, a Europa y por supuesto, la RP China. El rol de México se torna crucial, no sólo por la vecindad geográfica: México y el Caribe son la puerta a América Latina, pero la interdependencia existente entre mexicanos y estadunidenses -con temas torales como migración, fronteras, seguridad, comercio y hasta el tratado de aguas de 1944- hace más influenciable al país, con todo y su orientación de izquierda y también lo convierte en la punta de lanza para contener a la RP China. La idea de Trump, desde su primera administración, es evitar una triangulación que pudiera dar a Beijing acceso a los mercados norteamericanos. Trump quiere fortalecer el cariz anti chino del tratado de libre comercio trilateral conocido como T-MEC o incluso en tratados comerciales que lo reemplacen.

Más allá de México, América Central tiene en la figura de Nayib Bukele a un lugarteniente al servicio de Trump mediante la política de seguridad del salvadoreño y el ofrecimiento de emplear el CECOT para procesar delincuentes y deportados en la famosa cárcel. En el cono sur no hay aliado más fiel que Javier Milei quien lo mismo mimetiza las políticas de Donald Trump, incluyendo su rechazo al multilateralismo, la salida de Argentina de la Organización Mundial de la Salud (OMS), el cierre de filas con Israel con todo y lo que ocurre en Gaza y como cereza del pastel, el alejamiento respecto a la RP China. Ello ha traído indudables beneficios inmediatos a Milei como el paquete financiero -que le permitió cambiar su deuda si bien ahora el acreedor dominante es Washington, no Beijing. Dicho paquete financiero posibilitó la victoria del libertario en las elecciones legislativas de octubre pasado.

Con todo y esos bastiones, Trump quiere más. Sin siquiera estar instalado en la Casa Blanca, el veterano republicano criticó en diciembre de 2024 el cobro que se hace a las embarcaciones estadunidenses que usan el Canal de Panamá advirtiendo que dicha instalación no debe ser controlada por la RP China y que en todo caso buscaría recuperar el control del Canal para que sea EEUU quien lo gestione. El presidente de Panamá José Raúl Mulino rechazó lo expresado por Trump y si bien se esperaba una llamada telefónica entre ambos para analizar el tema, eso no ocurrió debido supuestamente a otras prioridades del presidente estadunidense.

En lo tocante a Groenlandia, territorio autónomo que es gestionado por Dinamarca -no obstante encontrarse en el continente americano- EEUU lo percibe como crucial para su seguridad nacional. De hecho, mantienen bases militares en la gélida isla y se considera que, debido a la búsqueda de inversionistas por parte de los habitantes del territorio, éste pudiera caer bajo la órbita china y/o rusa. Los 44 mil kilómetros que integran la línea costera de Groenlandia son muy difíciles de monitorear y se han avistado embarcaciones y se sabe también del paso de submarinos rusos de quienes se teme podrían cortar los cables marinos creando una enorme vulnerabilidad en términos de ciberseguridad para Occidente.

¿Y qué decir de Canadá? El desprecio de Trump por Justin Trudeau fue determinante para el ascenso de Mark Carney, quien logró conquistar los comicios en las elecciones federales del pasado 28 de abril para convertirse en primer ministro el 14 de marzo. Tras su triunfo, Carney fue emboscado por Trump, quien, en la Sala Oval le reiteró que para evitar los aranceles impuestos por Washington el país debería convertirse en el “estado 51” de la Unión Americana. Los desplantes de Trump no terminaron ahí: en la Cumbre del G-20 celebrada justamente en Kananaskis, Canadá, el presidente estadunidense estuvo presente sólo para la foto y se retiró apresuradamente para atender la crisis en Medio Oriente provocada por la supuesta intención de Irán de desarrollar armas nucleares. Las encuestas en Canadá le dan un 50 por ciento de aprobación a Carney contra un 39 por ciento que reprueba su gestión, si bien estos números se han mantenido relativamente estables en lo general -aunque en junio logró una tasa de aprobación del 57 por ciento. Que Trump haya anunciado que terminaría la relación comercial de EEUU con Canadá y que buscaría que el TMEC se diluyera en acuerdos comerciales bilaterales, le hacen un flaco favor a Canadá, que además debe lidiar con la exigencia de elevar el presupuesto militar del país como parte de sus obligaciones en la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN).

Más allá de Groenlandia y Canadá, no se puede negar que hay un “efecto Trump” en la región latinoamericana y caribeña. Daniel Noboa se consolidó como presidente de Ecuador en los comicios del pasado 13 de abril. Rodrigo Paz Pereira, cuyo triunfo en las presidenciales de Bolivia fue celebrado por Javier Milei, alfil de Trump, es otro caso. El conservador y derechista José Jerí sustituyó a Dina Boluarte en Perú. En Paraguay, Santiago Peña, ex miembro del Auténtico Partido Liberal Radical es presidente desde 2023. En Costa Rica el conservador Rodrigo Chaves gobierna desde 2022 con una agenda antiaborto, contraria a acciones contra la crisis ambiental, y que además revirtió el uso de cubre bocas en la pandemia -aunque le tocó la recta final de la misma- sin dejar de lado sus ataques contra la libertad de expresión. Este perfil se repite en buena parte de los personajes referidos a quienes hay que sumar ciertamente a Nayib Bukele en El Salvador y al ya citado Javier Milei en Argentina. Por si fuera poco, para la segunda vuelta en los comicios presidenciales de Chile que tendrá lugar el próximo 14 de diciembre, el candidato José Antonio Kast de la alianza Cambio por Chile que reúne a la democracia cristiana, partidos libertarios y de ultra-derecha se perfila como el próximo presidente.

Algo que llama la atención es el giro hacia la derecha en Estados otrora gobernados por la izquierda. Si bien es cierto que países densamente poblados como México, Brasil y Colombia tienen gobiernos de izquierda -lo que técnicamente coloca al 60 por ciento de los latinoamericanos bajo su tutela- la realidad es que este fenómeno es pendular: algunas veces el péndulo se dirige a la izquierda y luego a la derecha. Puede argumentarse que en muchos casos las derechas, las ultra-derechas y los libertarios han logrado conectar de mejor manera con las personas. Con consignas a favor de la seguridad, la lucha contra la corrupción y el crecimiento económico, las derechas, ultra-derechas y libertarias han tocado fibras sensibles en el electorado logrando hacerse del poder por la vía de las urnas.

Por cierto que 2026 será un año fascinante en lo que toca al futuro de las izquierdas en América Latina -las que llegaron al poder en procesos electorales democráticos o medianamente libres y no las que se han perpetuado en él como acontece en Cuba, Venezuela y Nicaragua. En Brasil, los comicios presidenciales se desarrollarán el 4 de octubre y el actual mandatario Lula Da Silva es elegible para un cuarto mandato. Él había dicho que ya no contendería a menos que la situación lo ameritara. De manera más reciente señaló que participaría en la contienda electoral para impedir que los “trogloditas” regresen al poder otra vez en Brasil -en clara alusión a la derecha.

Por otro lado, la Colombia de Gustavo Petro parece más incierta, Para muchos, Petro ha quedado a deber y ha cometido muchos errores. Otros consideran que desperdició el bono de ser el primer gobernante de izquierda en la historia del país. El próximo 31 de mayo los colombianos deberán votar por un nuevo mandatario. A la fecha hay decenas de posibles candidatos donde destacan Sergio Fajardo, quien fue gobernador de Antioquia, ha contendido previamente y se ha desempeñado como profesor en el Tecnológico de Monterrey y también destaca la conservadora Vicky Dávila ex directora de la revista Semana. Una cosa parece segura: habrá un vuelco político en Colombia y el péndulo muy posiblemente se moverá hacia la derecha.

No es el fin de las izquierdas latinoamericanas ciertamente. Pero la presencia de planteamientos como los libertarios merece un análisis detallado, debido a que, en los hechos, pueden producirse retrocesos en materia social y libertades democráticas, en el nombre de la “estabilidad.” El discurso del “miedo”, de la polarización, del odio al otro, de las noticias falsas, de la defenestración de la educación y la ciencia plantean muchos peligros y desafíos para las sociedades latinoamericanas. Les corresponde eso sí a ellas, tomar mejores decisiones especialmente informadas, más allá de las narrativas simplistas, catastrofistas y divisorias.

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