El cuerpo

Cuando era chico, bajo los cielos del Callejón de la Amargura de la capital, me sorprendía constatar que las estrellas que miramos ahora no son las mismas que fueron. La distancia que la luz recorre, y el tiempo que tardó en ello, proyecta una luminosidad distinta. Incluso varias estrellas que vemos ya murieron y aún no nos alcanza la luminosidad de las que han nacido. En el cosmos fútil se llama “Estrellas” a las artistas destacadas, en especial, dada la hechura de este libro, a las dueñas de un cuerpo majestuoso que además actúa, canta y baila. 

Existen millones de estrellas en el Universo. Tantas como granos de arena hay en las playas de la Tierra, advirtió Carl Sagan en los 80. Las más prominentes y cercanas tienen nombre. Algo similar sucede en las constelaciones de los teatros y cabarets de los años 60 y 70: Los tipos estelares cobraron resalte, entre estos, Rossy Mendoza, quien habitó el mundo anónimo con el nombre de María del Rosario Mendoza.

La biografía de María del Rosario cuenta que su infancia transcurrió en un colegio de monjas de Guadalajara. Le llegó la pubertad y la adolescencia en Ciudad Obregón, Sonora, donde cursó secundaria y preparatoria. Las paredes religiosas no serían para ella y a los 14 años ya presentaba artistas en el país durante el curso de la caravana encabezada por Andrés Soler. Luego estuvo en el teatro Lírico, de gran tradición en el vodevil (donde actuaron María Conesa, Lupe Vélez, Pedro Infante y Jorge Negrete quienes sostuvieron un mano a mano legendario que remite a las coplas de la cinta “Dos tipos de cuidado”). Allí María se codeó en 1964 con Germán Valdés “Tin Tan” y Jesús Martínez “Palillo”. Desde los años 20 a los 40, durante el apogeo del género chico, los elencos tuvieron bellezas y Rossy era una de ellas.

Iniciando los 60, siendo una nínfula, Rossy fue admirada. Era una delectación bailando A Go-Go por la exhibición del talle y las caderas, los senos indomables y sus brazos delgados y fuertes. Por ello en 1970, El Capri, un albergue de prosapia incrustado en el mítico Hotel Regis, la puso en cartelera junto a Yolanda Montes “Tongolele”, Zulma Faiad y una Diana Cazadora de nombre Ana Luisa Peluffo.

A los 18 años la estrella fue descubierta, María del Rosario ya era Rossy Mendoza. Revistas como Bellezas de Cinelandia, Yo y Siempre la destacaron como Talía. Una desquiciante belleza chimalhuacana. Todos sabían que la naturaleza no fue generosa con ella en las artes pero la juventud se impuso, incluso su atonía la mostró atrayente como si de pronto ella estornudara frente a los mortales con su nariz arremangada. Atchis. Lo mismo le pasó con la danza. Fue una sombra atolondrada de Adalberto Martínez “Resortes” cuando éste le quiso enseñar a bailar en el Teatro Blanquita donde permaneció bastantes temporadas junto a Celia Cruz, Enrique Guzmán y Sonia López.

Rossy tampoco tuvo dotes histriónicas. Sus curvas rotundas la trasladaron al negocio nudista en el cine. En la televisión acompañó a Paco Malgesto -lo que en esa época significó un éxito contundente– y a “La novia de México”, Angélica María, en la telenovela “Yara” de gran rating (1979). Mirarla en el Blanquita o en cualquier lugar permitió atestiguar el milagro calipigio pintado por José Luis Cuevas, “El Gato macho”, y la breve cintura a la que Pérez Prado le compuso una oda. Rossy tuvo el impulso de una complicidad. No bailó con la gracia de Mimí Derba ni actuó como María Conesa pero fingió hacerlo y la concurrencia, benévola, subrayó sus propios vacíos llamándole “El cuerpo”. Ambos fingieron que ella era vedette durante una farra que duró cerca de veinte años.

Rossy fue inconsistente en el cine: actuó con “Capulina”, uno de los cómicos anodinos catapultados por la televisión, pero también con Mauricio Garcés, ícono de galanura y humor. No figuró. Y tuvo oportunidades para hacerlo: fue parte del elenco de “Los Perros de Dios” (1972) junto a Meche Carreño y, dos años más tarde, con Isela Vega en “El Festín de la loba”. Sus cielos invadieron la comedia erótica y los centros nocturnos; fue vecina en el “Closet” de Olga Breeskin. De su osadía no hay duda: grabó discos e hizo comedia. Como pieza de exhibición, embelleció la legendaria “Caravana de la Corona” que, a mediados de los 70, recorrió el país con los Polivoces y Juan Gabriel, entre muchos otros. Si el gobierno perdió el piso con la supuesta abundancia nacional, ¿por qué Rossy no habría de perderlo?

Pero la complicidad entre el espectador y la estrella se diluía pese a la negación de Rossy Mendoza. A los 43 años, el Lupus comenzaba a desarrollarse y aún así ocupó la marquesina que anunció “La Sonora Matancera”. A los 50 años de edad en el teatro fue parte de Las inolvidables de la noche, junto a sus viejas colegas, Amira Cruzat, Wanda Seux y Grace Renat. “El cuerpo” no quiso saber que, en el mejor de los casos, ya era nostalgia porque la crueldad del respetable la miró como a Penélope que detuvo su reloj. Esto fue claro cuando en 2016, a los 66 años de edad, la escultura yaqui participó en el documental “Bellas de noche” junto a otras diosas de esas calendas.

Rossy Mendoza tenía más de 70 años de edad pero con el entusiasmo de una joven estrella esperaba grabar un disco y participar en algún carnaval. Tenía el rostro amorfo y agrietado pero sonreía con el rimel corrido y un lunar extraviado en la boca. La señal de que aún vivía era el tick de la mano, empecinada en subir el raído bikini de lentejuelas azules. Pero la estrella estaba muerta. La complicidad con el graderío huyó. La señora María del Rosario fingió ignorarlo y esa pudo haber sido la mejor actuación de su vida.

Cierta vez, entre el oropel que la rodeaba, Rossy recitó a Juan de Dios Peza: “El carnaval del mundo engaña tanto, que las vidas son breves mascaradas…”. Quién sabe si ella supiera que la composición del poeta y crítico teatral se inspiró en Ricardo Bell, uno de los payasos más famosos en la historia de México que, en la primera década del siglo XX, salió a escena sin completar su número al ganarle el llanto por su hija que, horas antes, había fallecido. En esa ocasión el público lo despidió con un ensordecedor aplauso. No sé si Rossy lo supiera pero le habría ayudado entender que, a veces, el espectáculo no puede seguir. Ahora, lo único seguro es que ella es una estrella, como una de esas que de vez en cuando miramos en el firmamento.

María del Rosario Mendoza nació en Ixtlán del Río, Nayarit, el 6 de junio de 1943 (en varias entrevistas dijo que en 1950) y murió el 29 de diciembre de 2023 por afecciones cardiacas. Fue velada con uno de sus trajes de vedette.

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