“La muñequita de alambre”

Estoy muy viejo pero en pleno uso de mis facultades, le digo a mi bisnieto Roberto para que transcriba.

Soy Ángel García Barrera, viudo de Mercedes Luna, fallecida hace 24 años. Nací el 1 de agosto de 1931 y narraré lo sucedido el 15 de diciembre de 1944. Vivo solo en una vecindad de Zarco, en la Colonia Guerrero. Pero lo relevante es que esa fecha me conduce a un viernes nublado y frío: mi abuelo Juan había dejado El Universal en la mesa y ahí ví que Lupe Vélez se había suicidado.

María Guadalupe Villalobos Vélez fue hija de Josefina, también una tiple. Tenía sólo 34 años al morir -encorvo las cejas-, los mismos de Lady Gaga para que entiendas, le digo a Beto. Así de famosa. Jamás hubiera pensado que su final ocurriera en sábanas de seda, con su pijama de satén y su cabello teñido de rubio. A un lado de los frascos de pastillas que arrojó al estómago había dos recados, uno para Harald Ramond y otro para su secretaria y amiga, Beulah Kinder, a quien le encargó que cuidara a sus perros Chips y Chops y agradeciera a la prensa que “fue tan buena conmigo”. A Harald le deseó el perdón de Dios igual que para ella por quitarse la vida “y la de nuestro bebé”. Lupe tenía cuatro meses de embarazo.

Recuerdo “La Zandunga” y “Naná”, las dos únicas cintas de Lupe en México. ¡Pero qué películas! Nada qué ver con las 45 desabridas que hizo en Hollywood, añado mientras prendo un cigarro en la estufa . No es un “Campeón extra” del Buen tono pero los Raleigh están bien. La primera humanidad desnuda que vi fue la de esa señorita, en “La Zandunga”, y eso que la toma fue rauda, Beto. Estaba en el cine Soto con los amigos, se había estrenado unos años antes, en 1938, y desde entonces fue mi compañera junto a Mimí Derba (¿Ya te hablé de ella? Era robusta, enfundada en mallas transparentes, exquisita). Mi gusto por Lupita se afianzó en la premier de “Naná”, en 1943. La obra de Zola, dije impostando la voz, trata de los lances de una pelandusca que me hizo memorizar la parte de un poema sobre Vélez que recité como otros hicieron con “El nocturno a Rosario” de Manuel Acuña:

Pequeña coribante de nubiles caderas
Maravillosamente capciosas, como el jazz.
Tu enseñas a los hombres las Fórmulas Primeras
Con tus piernas exactas y finas de compás

Hasta ahí arribaron mis mocedades, animadas por las postales de Lupita relacionadas con el teatro de revista (tan bella con su sombrero de Cora Marsou), los cortometrajes -uno con el Gordo y el Flaco es memorable- y su estrella en la meca del cine. Mi puericia me permite excusarme por no haber visto más que su piel blanca “tan intensa como la propia eucaristía”, para citar la frase de otro poema dedicado a ella. (En ese entonces todo era teatro, cine y postales, sólo el 18% de los mayores de diez años sabía leer.)

Ay hijo, se dijo tanto de la muerte de Lupita que, a mis 90 años, ésta todavía es misteriosa. Hubo narraciones de filigrana que la recostaron bajo la virgencita de Guadalupe, rodeada de flores como si durmiera, y otras pergeñadas por quintacolumnistas que la despreciaron por pelada o por lo que fuera según de su dote amarillista. En contraste, vaya trato que le dieron a Lolita del Río, porque era de alcurnia y réplica de los patrones gringos. Fue tanta la sevicia que alguien afirmó que ese día hallaron su cabeza sumergida en el retrete. Puro combustible de boiler. (Reina, su hermana, supo la noticia luego de ensayar en el Teatro Colonial de San Juan de Letrán, también era tiple pero sin alma. Se lo dijo a su mamá, una doña reumática y diabética que tuvo energía para reclamar a Lupe que fuera tan desconsiderada con ellas.)

Lanzando aros de humo constaté mi testimonio en la pantalla. Luego conocí otros arquetipos antes que a mi secular Mercedes. Sólamente evoco a Derba por respeto a Vélez y porque, inexplicablemente, no está en la memoria nacional. Digámoslo así: para tu mamá, Beto, Derba sólo es la progenitora de Jorge Negrete en “Dos tipos de cuidado” y para ti ella no existe. Eso mismo pasa con Lupita habiendo sido una de las artistas más conocidas a nivel internacional. Imagina que en 80 años nadie sepa quién es Lady Gaga.

Echo de menos a Carlos Monsiváis, por favor anota eso hijo. Lo leí tanto como a Salvador Novo. (Aunque no pasé de linotipista siempre leí). Al poeta lo recuerdo como recuerdo mi ciudad viendo fotografías de los años 40 y 50, caminando en la Alameda con Mercedes o comiendo en el restaurante Rosalía por San Juan de Letrán. A Monsi lo tengo conmigo como a Maria Conesa, “La Gatita Blanca”, o a Santo. ¿Sabías? Yo vi la encarnizada pelea entre él y Black Shadow, la noche del 7 de noviembre de 1952. Estuvimos al filo de la butaca. La derrota de Black en la tercera caída provocó el nacimiento de una leyenda: El enmascarado de plata. ¡Ah!, la ciudad envejece y muere con nosotros, así, como los nombres de los panecillos de “El Molino” o las multitudes que, el 26 de diciembre, se concentraron en la Estación Central de México para aclamar el féretro de Lupe Velez que recibieron Negrete y “Cantinflas”. 50 mil personas desfilaron ante su cadáver. Así lo informó la prensa, hijo (saqué un recorte carcomido y lo leí):

“A las 7:30 de la noche la tapa del ataúd fue levantada y de un sudario blanco surgió el rostro de Lupe, ligeramente inclinado hacia la derecha, con su hermosa cabellera castaño rojizo. Aunque el maquillaje era perfecto y de tintes de suave color de rosa, bajo éste se percibía una ligera sombra violácea. La bella nariz que en vida fuera su orgullo, ahora se notaba perfilada en extremo. Las inertes manos de la artista estaban entrelazadas por un rosario de plata”.

A Novo y Monsiváis les debo la pervivencia de una parte mía, y junto a ésta la viñeta de María Guadalupe Villalobos Vélez, orgullosamente potosina. Villalobos, acentúo para hacer notar que su padre, muy puritano pero buen hombre, no le dio su apellido por licenciosa. Sobre todo le pido a mi bisnieto aclarar que a mi edad tributo a alguien que casi nadie conoce aunque, ahora que el feminismo está de moda, Lupita sería un ejemplo. Aprovechándome de eso les pido que tengan la bondad de leer el texto de Celia del Palacio, “Lupe Vélez: icono de la femineidad latina en los Estados Unidos 1908-1944”; lo respalda la Universidad de Aalborg. Gracias a ella y otros autores conocerán las películas que Lupita filmó en EE.UU. y en México.

Escribe, Beto, anda:

Lupita Vélez debutó a los 17 años, en la revista Bataclaneando, el sábado 28 de agosto de 1925 en el Teatro Principal. No quería volver a ser moza de una tienda y debutó a fuerza de voluntad aunque sin gran técnica para bailar y cantar porque, así como el político arenga, ella preguntó en el recinto si los huestes querían que actuara. Y ellos quisieron. Midió 1.52 de estatura. Era chaparrita y alegre como una picaza. Mi abuelo la vio actuar en vivo. Era la mejor; tempestuosa y risueña, movía la pelvis asombrosamente desdoblándose entre el objeto deseado y la complicidad de sus muecas. Cantó en inglés y bailó Charleston y Foxtrot. Luego se hizo estrella de Hollywood. Una de las grandes. No fue fácil. Debió ser valiente igual que miles de mexicanos que abandonaron el país en la Revolución a la que su padre Jacobo se unió. Durante meses anduvo sin dinero y comiendo orgullo, inició en jacalones hasta que, como manda el sueño americano, vio el horizonte.

Cuando era púber casi no había televisores. Todo era teatro, cine y radio, y en menor medida revistas y diarios. En el teatro Politeama conocí a Margarita Carbajal, le decían la Mayata, era actriz e intérprete tropical de gran soltura y picardía, usaba atuendos por encima de las rodillas, rodeados de cazuelitas de barro, plumas de aves y frutas del trópico. Fue precursora de las exóticas de los años 40 aunque para mí Vélez, “La muñequita de alambre” le decían, fue la mejor. Y hubo otra. Si mal no recuerdo, en el cine Mariscala vi por primera vez a la gran tiple Adela Trujillo, en “Me he de comer esa tuna”, tendría 14 o 15 años y aún conservo sus discos, deben valer una fortuna, hijo, ¡una fortuna! Adelita fue artista de la XEW que todavía está en la calle Ayuntamiento (donde venden las mejores tortas de pavo y los mejores caldos de gallina, ya hemos ido ahí, hijo).

Ví todas las películas de Lupe Vélez en el Cine Ópera. Me divertían tanto las de Joaquín Pardavé, y lo menciono a él porque, si te fijas, ambos fueron explosivos y alegres, su sentido del humor era fino más allá de los momentos de procacidad de la tiple. Si te fijas, digo, ambos tienen un dejo de tristeza, como los payasos. ¿Has oído hablar de la leyenda de Caligari un payaso que, en el circo de los Hermanos Muñoz, sufrió un infarto en plena actuación y él continuó mientras estaba muriendo, como si fuera parte del show? Creo que eso pasó con Lupita, ella estaba muriendo desde antes de tomar aquellas pastillas porque fue presa de su propia intensidad y el mal de amor.

Espera, quiero otro cigarro, no será uno de los Elegantes extra con boquilla que también fumé pero ni modo. Fumando uno conocí a Mercedes en El frontón México, pero esa historia te la he contado mil veces, como hacemos los viejos cuando narramos lo mismo tantas veces.

Adosado a la puerta de la cocina proseguí:

En Lupita hubo melancolía tras la carcajada o la nariz fruncida de niña traviesa. La imagen de la “Chica chile picante” para aludir a su mal carácter e incluso a sus berrinches corresponde más a una protesta a la vida que a la impronta rebelde que se fraguó. Como advierte Celia del Palacio, nuestra querida actriz rezongó del matrimonio y la vida en pareja pero vivió agitados romances con Johhny Weissmuller, el Tarzán más famoso de la historia, Gary Cooper, el amor de su vida, y Arturo de Córdova. Lo lamento pero no puedo omitir a Harald Ramond quien contradijo las proclamas de independencia de Lupita al ser un chulo. Y ella, sabiendo que estaba destrozada, hizo como Caligari: anunció que por primera vez se había enamorado aunque, en realidad, estaba agonizando.

Hace rato dije que el deceso de Lupita era un misterio. No me refería a las causas, es claro que tras de una especie de rito religioso y nacionalista –comió mole y bebió tequila- falleció intoxicada. Cuando hablo de misterio pregunto si la depresión se debió a su embarazo y la posibilidad de ser madre soltera. Nadie lo sabrá. Menos ahora que Lupe Vélez interesa menos que los partidos del Necaxa, que fue uno de los equipos con mayor arrastre junto al Atlante. Yo creo que murió abrumada por el desafecto. Entre éste, el desdén de la madre de Cooper porque era mexicana (esto, aparte del rechazo de Harald).

Fumo y remuevo mi café Legal con canela y azúcar, el que he probado en estas paredes descarapeladas desde hace más de 60 años cuando vino a vivir Mercedes lueguito de casarnos en la iglesia de San Fernando. Beto sonríe esperando mis últimas palabras. Es un niño formidable, le gustan las matemáticas y el piano, interpreta a Chopin excepcionalmente. Además, por lo que ven ustedes, es paciente. Yo, por mi parte, no sé si alcanzaré a ver la película que, sobre “La muñequita de alambre”, está filmando Roberto Fresco. Sólo digo que no me gusta Itati Cantoral como protagonista ni el escándalo en que está montado porque un familiar directo de Lupita se opone a la grabación.

Lupita Vélez es parte de mi álbum que está por cerrar la última página. Tan intensa como el fuego y tan prescindible como la ceniza. La revivo para despedirme de ella. Y Beto lo sabe, por eso nunca me dijo que Lady Gaga es vieja. Dua Lipa, es lo nuevo. Yo no puedo ni pronunciar su apellido pero es tan ridícula para mí como seguramente Vélez lo es para él. Estoy seguro de que así de grotesco soy ahora bajo mi sombrero, apoyado en un bastón de ébano mientras le ofrezco disculpas a Mercedes por haber dado al ropavejero el reloj Westclox que nos dieron en nuestra boda y la cámara Kodak gracias a la cual observo todos los días la fotografía donde nos besamos frente al Hotel Regis del D.F. y luego corrimos a la calle de Zarco. Ella sabe que quiero llegar ligero cuando la vuelva a ver.

Es casi medianoche. Beto se está poniendo un suéter para andar a la puerta contigua. Estoy seguro de que el olor a relente proviene de mi texto, aunque esté escrito en estas letras que parecen hormigas extraviadas en la nieve, dije antes de fumar el último recuerdo.

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