Sharon Stone y las mercancías desechables

Catwoman es para mí una de las peores cintas de superhéroes en la historia del cine, junto con Batman y Robin y las dos versiones recientes de Los cuatro fantásticos. No obstante, en la película protagonizada por Halle Berry en 2004 hay tres minutos memorables, me refiero al soliloquio de Sharon Stone que, encarnando a la señora Laurel Hedare, alude casi a gritos a la industria del maquillaje como una de las más boyantes dado que, en la sociedad actual, la belleza y la juventud sustituyen virtudes como el talento, la inteligencia y digamos el denuedo honesto para conseguir las metas trazadas; instantes después la señora Hedare reclama a la nada, es decir, mira al techo de la fábrica en la que se encuentra, que en distintas esferas las personas sean tratadas como mercancías, para convertirlas primero en estrellas fulgurantes y luego desecharlas. Gatúbela, o sea Hallie Berry, la estrella del momento, observa a Sharon Stone que está a punto del llanto porque su vejez la hizo desechable. La asociación entre la escena y el destino de la actriz es inevitable: casi todos sabemos que doce años antes, en 1992, la escritora Catherine Tramell era un portento de sensualidad, una de las mujeres más vistas y deseadas de la industria del cine gracias a Bajos Instintos, quizá por ello a Sharon Stone se le recuerda sobre todo por aquel célebre interrogatorio donde enciende un cigarro y con un movimiento inolvidable muestra la entrepierna a la intemperie.


Hace casi 25 años Bajos Instintos sacudió a las buenas conciencias por su salvaje erotismo y también escandalizó a los portadores del estandarte políticamente correcto porque ella era, además de psicóloga y escritora, bisexual, y eso estigmatizaba, según ellos, a quienes tenían preferencias sexuales distintas a la heterosexual. (En realidad lo políticamente correcto y las buenas conciencias tienen la misma patina conservadora e hipócrita).


No puede decirse que Bajos Instintos moldeara un arquetipo como lo hizo con otras divas del cine, aunque el thriller es de muy buena manufactura también por la actuación de Michael Douglas quien, cinco años atrás (1987) protagonizara Atracción Fatal junto con Glenn Close, en la que, al más puro estilo de El Cartero llama dos veces (1981), también es inolvidable la escena donde Douglas deja de ser un intrascendente abogado neoyorquino para encerrarse con la señora Close durante un fin de semana en donde ambos se dieron deveras con todo.


En esta portada de Playboy (1992), Sharon Stone tiene 34 años y se halla en la cúspide de su carrera; me gusta la seguridad con la que expresa sus convicciones, aunque incluso éstas puedan resultar bisognas, por ejemplo cuando afirma que prefiere del hombre un cerebro que crezca a un pene crecido (bisoñas digo porque, según creo, no hay razón para excluir ambas virtudes). Ahora, Sharon Stone cumple 58 años y aunque se mira hermosa es algo así como una mercancía desechable de Hollywood, sí, exactamente en los términos en los que Hedare reclamaba a la sociedad contemporánea los patrones de belleza como método de exclusión, y donde si hay suerte, puede terminarse como Glen Close, que de ser la amante furtiva se volvió Cruella de Vil, para suscitar al menos la risa de los niños, que no tienen la menor idea de quién es Hallie Berry o… Sharon Stone

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