El 17 de octubre de 1953 fue un día de fiesta nacional: el presidente Adolfo Ruíz Cortines, veracruzano de raíces andaluces, publicó la reforma constitucional que reconoce el derecho a las mujeres de votar y ser votadas. Es difícil imaginar a Meche Carreño celebrando ese hecho histórico: era una bellota, escuálida y traviesa -vendía tamales con su mamá en la Lagunilla de la capital- y aún ignoraba que, veinte años después, su imagen sería confiscada como ídolo de la segunda ola de la liberación femenina levantada en los 60 en México y el mundo. Se entiende: el cuerpo y su libre albedrío fue un cartucho clave de esa explosión por lo que la semblanza de María de las Mercedes Carreño Nava se sitúa ahí, irremediablemente, en el cuerpo y el contexto que la catapultó.
Estas son la formas: pelo holgado negro, esbelta como venado y, sobre todo, la danza. Meche Carreño es eco de uno de los tipos más discriminados: los esclavos africanos que arribaron a la Nueva España desde el Golfo de México en el siglo XVI. No exagero, ellos fundieron su música y sus bailes con los indígenas veracruzanos; el “Chuchumbé”, fue prohibido en el siglo XVIII por sus alabeos y la fricción del pubis. Carreño fue una mulata ejecutante de aquel sortilegio y, además, una flechadora, como susurra la leyenda que fueron los primeros pobladores de Minatitlán donde ella nació en 1947. Incluso hubo quienes afirmaron que ella encarnó la flechadora Xochiquétzal, la diosa mexica del placer amoroso y las artes.
Cuando el país se apropió de ella, si es que podemos decir país a un mercado emergente que le rindió tributo a la sexualidad, también se adueñó de un semblante y una actitud. Porque su denuedo por el arte dramático y sus relaciones con personas estrafalarias es parte de su propia integridad. Meche Carreño fue amiga del cineasta Jodorowsky (el mismo que quiso hablar con una vaca de arquitectura) y simultáneamente, en “La inocente” (1972), denunció el trato que el poder da a los enfermos mentales además de la creciente “sexualización” que convierte a las personas en cosas. Carreño fue transformada en objeto pero no dejó de ser una persona.
La paradoja es obvia: el símbolo no hubiera sido posible sin el curso del mercado. Ella fue modelo –una de las primeras en usar monokini- y participó en “Damiana y los hombres” (1967) que detonó uno de los instantes más abrasadores del cine junto a “No hay cruces en el mar” donde el personaje es calumniado por su belleza y talento. Tenía 20 años y otros certeros venablos la apuntalaron: “La Choca” (1974), dirigida por Emilio “Indio” Fernández, es pionera en temas del crimen organizado en tanto “La otra virginidad” (1975) y “Zona roja” (1976) desguazaron a la moral. Los filmes circularon cuando iniciaba el género de ficheras del que la veracruzana tomó franca distancia.
Esa diosa mexica es al cine de los años 60 lo que fueron las tiples al teatro en los 20: crítica y sensualidad. Desde luego, con bordes de libertad más amplios, filmó veinticinco cintas como “Los perros de Dios” (1974) que, aún ahora, Youtube advierte que podría ser inadecuada para los usuarios, además de “Durazo, la verdadera historia (1988) con la que para muchos ajustó cuentas por el acoso que sufrió del temible policía. Pero “Noa Noa” (1981) la afianzó como un roble de mayor hidalguía. Si en “La inocente” dominó la indefensión o al encarnar a Laura en “La otra virginidad” (1975) imperó la ligereza, en “Noa Noa” logró simetría entre la trapisondista y la depresión (“Soy puta porque creo en el amor, dice convencida”). La mujer se llama Meche -no es casual-, pinta una vida tan intrascendente como la del espectador que, al solidarizarse con ella, abraza su propio abandono:
Una soledad
Cada vez más triste y más oscura yo viví
Y a esa edad
Todos preguntaban los motivos, yo solía siempre decir
Ahí está Meche, la buscona, postrada en un cuarto mugroso con una cerveza entre las piernas oyendo Juan Gabriel como tantas otras aventureras oyeron a Agustín Lara. Tiene la cabeza inclinada y el pelo arrebujado, la hilera de los dientes semeja las teclas de un piano atribulado que parecen desprenderse con la mira de afinar el llanto. Hoy, dice ella, quiere dormir hasta que la agote la tristeza o, podríamos decir nosotros, quedar como la diosa suspendida en el mar con la aljaba sin flechas. Pero ella sabe que “Dios no cumple antojos ni endereza jorobados”. por lo que, en unos minutos más, quedará tendida, añorando a su hija, como un títere ignorado por los hilos del destino:
Yo no nací para amar, nadie nació para mí
Tan solo fui un loco soñador, no más
Yo no nací para amar, nadie nació para mí
Mis sueños nunca se volvieron realidad
En “La mujer perfecta” (1977), Marcela Nava (así, como se apellidó Mercedes en la vida real) fue una aclamada bailarina que despertó la avidez de un empresario. Pero así como le pasó a Naná (1944), la artista resultó marginada por la alta sociedad. El cuadro no es novedoso (Lupe Vélez ya lo había protagonizado décadas atrás) pero refleja la aspiración de Meche Carreño: “Al bailar -dijo- hago que la gente me acepte como soy, morena e indígena. No siento la necesidad de teñirme el cabello de rubio para complacer a los mexicanos”. Lo mismo hizo Vélez cuando, en la cinta referida denunció a la “damisela encopetada que no permite que le digan nada porque lleva limpio su blasón. Porque tiene un tipo de mujer honrada que conserva intacta su reputación”.
La raíz de Mercedes es tan mexicana como la de las indígenas de los altos de Jalisco, el norte de Sonora o el centro de Michoacán. Los estereotipos son diferentes. Sus rasgos, como he dicho, remiten al vínculo entre indígenas y africanos. También su danza. En “Noa Noa” baila con una libertad que asusta. Desde el vestido psicodélico que, enloquecido, descubre y tapa los muslos, hasta la sonrisa extasiada y los brazos extendidos húmedos y fuertes como los remos del esquife. Es la fiesta, como en las aldeas del “Chuchumbé” que los historiadores aún no saben si su significado es verga u ombligo. El hecho es que uno y otro se frotan, el primero con la ansiedad de situarse abajo y, el segundo, buscando estar más alto:
A mí me gusta mucho estar en la frontera/Porque la gente es más sencilla y más sincera…
En los filmes de Meche no hubo buenos modales sino arte. Retrato dramático y denuncia. Y provocación en los antros parece repetir la zarzuelita de Vélez: “Cortesana sólo he de ser, sensualidad hecha mujer/estos labios supieron decir cosas de amor que yo no sentí”. Su sensualidad es insuperable. No tuvo la voluptuosidad de Rossy Mendoza ni el rostro selecto de Angélica Chain pero fue actriz, incluso aunque sus contorsiones emocionales parezcan exageradas. Meche Carreño también fue escritora y productora.
Meche Carreño sacudió a México cuando, en los 60, usó el monokini como una enseña de la libertad. Además, habló del aborto, el clasismo y el maltrato a los discapacitados. Por ello no hay gran distancia entre la mujer y su epónimo. María de las Mercedes Carreño Nava tuvo dos matrimonios y una vida galopante que incluye al corazón destrozado por la muerte de un hijo. Esa vez, por cierto, no durmió hasta agotarse de tristeza ni flotó en el mar. Se refugió en la escritura y supo que recordar era la única forma que le quedaba de vivir. Quizá por eso volvió a ver a su madre pidiéndole que fuera a comprar la masa para los tamales o diciéndole que si se iba a desnudar le pagaran como a la gente decente. También volvería a cargar su Ariel como la mejor actriz de reparto en “La Choca” y bailaría en “Las noches de Waikiki”.
No sabemos si la actriz se asumió como parte de la borrachera populista de los 70 o como víctima de “El Negro Durazo”. Lo que sí sabemos es que los hombres del poder y el dinero buscaron que fuera una de las edecanes de la abundancia que, finalmente, el país no sólo no administró sino que el responsable del timón también fue el responsable de la tormenta que lo puso en la quiebra. Los nubarrones iniciaron en 1981, el año en que se estrenó “Noa Noa”, el filme que comprende la escena más sensual del cine mexicano de aquel entonces:
El epicentro es el bar y la tonalidad incandescente es el vestido de Meche. Sus pasos de ballet andan de puntas y sus brazos aletean hacía Juan Gabriel. Es un pájaro de fuego. Tiene las pupilas como dos alfileres y el pico punzó. Los aires está el lamento del trovador afeminado:
Sé que nunca tú querrás volver y
Yo quiero por último decirte amor que
Yo te seguiré amando, adiós
Mi amor, hoy con esta canción que escribí para ti
Mi amor, he venido a pedirte que perdones, por favor
Por amor, mi error, (mi acción)
Las alas abrazan al cantante. Cubren su cuerpo y arriman las zancas hasta doblarse hacía atrás para enclavarse mientras sacude el copete, como cuando baña en el arroyo su alabeo calipigio. Él no la ama, ella lo sabe. Él pregona otros dolores y ella le está dispensando sus ardores. Ella asume que seguirá piando cada vez que aparezca la Luna en Ciudad Juárez y él sabe que ella es ave de paso. Su cuerpo no ha bastado para enamorar a nadie, además, porque carece de amor propio a pesar de que adora a su hija, porque ruega ser querida y porque se abandona a los placeres. Es un gorrión encaramado en el palo de una jaula.
Meche Carreño murió a los 74 años, víctima del cáncer de hígado, el 21 de julio de 2022 en Los Ángeles, EE.UU. Como actriz, dejó una de las más prometedoras mentiras con las que alegró nuestras vidas. Si por alguna razón ella lo tuvo presente entonces seguramente sonrío porque, más de una vez, advirtió que su trascendencia sólo sería posible si llegara a habitar algún espacio entre el frondoso roble de nuestros recuerdos. Lo habita ahora mismo en estos, al subrayar que, en su infancia cuando las mujeres lograron el derecho a votar, Meche Carreño jamás imaginó que gracias a ella ahora también puedan vestirse como quieran.

