La venus dorada

Los huracanes de las Antillas trajeron consigo la voz de Ninón Sevilla. Esta es fresca como su cadencia, con la que México bailó mambo a su lado bajo la batuta de Dámaso Pérez Prado y también bamboleó con la rumba en los años 50 del siglo XX. 

Aún resplandece la sonrisa de Ninón bajo la luna de La Habana, la misma que alumbra los resquicios donde ella bailó escondiéndose de sus padres. Entre esos riscos, por cierto, fulgen algunos secretos: uno es que se llama Emelia Pérez Castellanos pero adoptó su sobrenombre en tributo de la legendaria escritora y cortesana francesa Ninón de Lenclos, libertina mecenas del arte que a los 70 años presumía de tener amantes. Otra revelación es que ella, sin saberlo, encarnó el talento de las tiples de los años 20 que desafiaron la moral con picardías y palabras que sólo decían los hombres. Ninón es heredera de Lupe Vélez y Mimí Derba. 

La biografía de Ninón Sevilla podría ser tema antediluviano si sólo desvalijamos el baúl, más aún frente al desconcierto de quienes ignoran que la danza femenina o la burla del poder en algún teatro o carpa eran blasfemias desde la Colonia hasta el porfiriato, y luego motivo de contentamiento de revolucionarios como Pancho Villa, para seguir con las tiples. O, ya en el gran despegue económico de mediados del siglo, podríamos hablar de la candela de quienes, como Ninón, encendieron el fuego de la libertad.

Pero los tiempos cambian. Incluyendo al pasado. Los años 40 y 50 ya no son lo que eran: un carnaval expresado sobre todo en las grandes ciudades del país, donde los quiebres de cintura y los muslos de las rumberas (y las cabareteras) convulsionaron los valores que situaban el refajo en los tobillos. La verbena fue de tal calado que, en los 70, inspiró a los creativos de las varietés y los peldaños fueron invadidos otra vez por lentejuelas y plumas, con posturas más atrabancadas e incluso el desnudo femenino se instaló como otra afrenta para la Liga de la Decencia y Uruchurtu, el “Regente de hierro” del Distrito Federal. Sin embargo, en los años 20, la rumba y el mambo se hán desteñido en blanco y negro y sonido monoaural; ahora provocan ternura. La elegancia de Meche Barba o los glúteos trepidantes de María Antonieta Pons nada dicen a los adeptos de otros ritmos. Es más, el D.F. ya no existe, los trajes de rumberas están en tiendas de disfraces, las palmeras iridiscentes han sido taladas y Tongolele, por cierto, es evocación de las exóticas que trasladaron la cumbancha al cabaret.

Debe aclararse: el murmullo afroantillano de Ninón no se oye nostálgico. Si existe una huella inalterada al paso del tiempo es que todos o casi todos creen que sus tiempos fueron mejores. Y el de Ninón fue fantástico. “La venus dorada”, como le motejaban en la cúspide, invadió el mar como la arena y, en la gran pantalla, fue víctima del pecado o presa del hombre que la usó. Ella debió cumplir con el destino. Debió poner precio al dolor de su pasado y lastimar al amor sincero:

Aquel, que de tus labios,
La miel quiera
Que pague con diamantes su pecado
Que pague con diamantes su pecado
Vende caro tú amor,
Aventurera

Esa es Ninón, insisto, y como cada quien escucha lo que quiere, hay quienes la incorporan dentro de nuestra identidad nacional y no la que forjó el oficialismo para dotar de símbolos y bandas sonoras al crecimiento económico sino a la doble moral que exhibe el cine. 

El esquema es tan básico que da escalofríos: la vida comprende adversidades y existen dos rutas para asumirla: honestidad o avaricia. La mujer cede a sus propios encantos y privilegia su atractivo para desprenderse de ella y volverse carnada. De este modo coquetea con la presa y desprecia al hombre humilde. La admonición es contundente: la búsqueda de riquezas y la sicalipsis son cosas del diablo en tanto que la pobreza es condición de la honradez. 

En una treintena de filmes donde Ninón participó es una constante el castigo o la enseñanza para corregir el camino. La clave es el arrepentimiento. Redimirse es el único destino posible para alcanzar el perdón de Dios y la comprensión del otro que siempre la amó a diferencia del canalla que la engatuso. El culebrón funcionó, tuvo base social. Como dijo David Román en su libro “Sensualidad. Las películas de Ninón Sevilla”, la rumbera cubana es parte de los primeros intentos del cine erótico mexicano junto con una pléyade de figuras que, por cierto, se mueve entre las antípodas (¿lo son realmente?) de la madre y la prostituta.

Al hombre sí le está concedido pecar. No hay nada más natural que mirar las piernas de la venusina, las más jugosas del mundo según un sondeo que incluyó a Marlene Dietrich. Ninón Sevilla supo el furor que provocaron sus preciosas columnas, y en el tiempo imperecedero de las fotografías, ahora nos mira sonriente y coqueta. Desafiando al olvido. Su boca desprende un vaho de Cohiba mientras en su acento cubanisimo dice que es mexicana como el mole y el mariachi de Plaza Garibaldi, en la CDMX, que tanto le gusta. Habla entusiasmada de su comida con Carlos Monsiváis y lo bien que el cronista habló de ella. Todo eso y más, se lo dijo a Cristina Pacheco en 1979. Solamente podríamos lamentar que no hubiera querido posar para Diego Rivera, quien la quiso pintar con su poderoso alto relieve al aire, ataviada en su faldón de muselina y sus cosas de rumbera. Se entiende, el tiempo marca límites. Más aún, ese tiempo despide una fragancia vengativa pues nunca la veremos sin indumentaria. No obstante, podemos reconfortarnos con aquel danzón que Acerina dedicó a Ninón Sevilla.


(La Habana, 10 de noviembre de 1921-Ciudad de México, 1 de enero de 2015).

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