Europa: dividida e indefensa

Hace unos cuantos días Giorgia Meloni, primera ministra de Italia sentenciaba: “es momento de que Europa hable con Rusia.” ¿Qué explica este cambio de postura respecto a 2022, cuando casi toda Europa condenó los ataques de Rusia contra Ucrania? La respuesta es sencilla: Donald Trump. Ya desde la primera administración del veterano republicano, las tensiones con los aliados europeos afloraban en particular respecto a la exigencia de que destinaran mayor presupuesto al gasto militar, al sostenimiento de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) y, tras la incursión bélica rusa, a que apoyaran de manera más decidida en términos militares a los ucranianos.

La Unión Europea es hoy apenas una sombra de aquella gran potencia comercial de la que se hablaba con tanto entusiasmo al término de la Guerra Fría. En los años 90, tras la entrada en vigor del Tratado de Maastricht (1993), Europa se perfilaba como una gran potencia, capaz de llevar los éxitos de la integración económica a nuevos derroteros, especialmente en los terrenos de la política exterior y de seguridad. Si bien la coordinación en los ámbitos político y de la seguridad habían sido enunciados desde los orígenes mismos de las Comunidades Europeas, en Maastricht los tres pilares de la integración -esto es, la Comunidad Europea, la política exterior y de seguridad común y la cooperación en los terrenos de la justicia y los asuntos internos- se asentaron como hojas de ruta que permitirían a la Europa comunitaria ser un actor de gran relevancia en los asuntos globales. El fin de la Guerra Fría, de hecho, anticipaba que, disuelta la Unión Soviética, el vacío de poder dejado por ella sería llenado rápidamente por la Unión Europea.

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Por un tiempo, parecía que Europa tomaba las riendas de su destino, si bien al menos uno de los tres pilares, el de la política exterior y de seguridad común, era sumamente débil. La seguridad europea ha dependido, desde las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial, de Estados Unidos, esto debido a la destrucción que la contienda provocó en territorio europeo y también a causa de la pérdida de hegemonía a favor de la Unión Americana. En 1949, la OTAN vio la luz con 12 países, dos norteamericanos -EEUU y Canadá- y 10 europeos. Hoy la alianza noratlántica tiene 32 miembros, si bien su destino es más incierto que nunca.

¿Qué ha impedido que Europa, habiendo sido un gigante económico, se convirtiera en una potencia militar y en centro decisorio relevante a nivel mundial? No todo es culpa de Estados Unidos, ciertamente. Si Europa no ha llegado más lejos, es porque la integración ha sido imperfecta y ha tenido varios reveses. Comenzando por lo sucedido tras Maastricht, la Unión Europea se amplió rápidamente, extendiéndose hacia Europea Oriental e incorporando a varias exrepúblicas soviéticas y también territorios de la otrora Yugoslavia. Entre 1992 y 2013 pasó de 12 a 27 miembros -sólo dos socios se han retirado, Groenlandia, territorio autónomo de Dinamarca en 1985 y el Reino Unido, en 2020. Han pasado ya 13 años desde la última ampliación con la admisión de Croacia, y si bien hay una lista de aspirantes, es evidente que las condiciones para incorporar a nuevos países han cambiado y hay menos entusiasmo de los socios comunitarios, en especial, tras la salida del Reino Unido en el proceso conocido como BREXIT.

La crisis económica de 2008 y 2009 hizo su parte en contribuir a la debacle de la integración debido a los severos impactos que tuvo en países como Portugal, Italia, Grecia y España (los PIGS, como los designaron los británicos, que son naciones mediterráneas que abusaron presumiblemente de las bondades de la integración y debieron recibir recursos adicionales para sobrevivir a la crisis que enfrentaron, a riesgo de arrastrar a Europa en su conjunto, a la catástrofe). Asimismo, las medidas de austeridad tomadas por los gobiernos europeos, tuvieron impactos en el bienestar social y el empleo, generando protestas y desencanto de la población en torno a las bondades de la integración. Ello a su vez propició el ascenso del nacionalismo, y de gobiernos euroescépticos -ejemplo, Hungría, que no es el único- ara quienes la integración no satisface sus expectativas- y de las derechas y ultraderechas. Súmese a ello la pandemia del SARS-CoV2 que tuvo en España e Italia a dos casos verdaderamente dramáticos que, de nuevo, evidenciaron la incapacidad europea para procurar la salud y el bienestar de sus habitantes.

Asimismo, un tema importante cuando se aborda la agenda de seguridad europea es, en primer lugar, la oposición de parte del Reino Unido, cuando aun era socio comunitario, a crear estructuras militares que redujeran el papel de la OTAN. Sin las capacidades navales británicas, aun cuando Francia y Alemania acordaron dar forma a un euro ejército, era difícil pensar en un ejército multinacional real de parte de los socios comunitarios. El euro ejército nació en 1993 de la mano de Alemania y Francia, al que se sumaron más tarde España, Luxemburgo, Bélgica y Polonia. Tiene su sede en Estrasburgo y ha servido para brindar apoyo a misiones de la OTAN, sin erigirse en un ejército propiamente al servicio de la Unión Europea. En los orígenes de la Europa comunitaria, el Tratado de Roma fue muy claro respecto a limitar la fusión entre empresas militares europeas que habría posibilitado crear una auténtica corporación capaz de competir con las corporaciones militares estadunidenses. De nuevo, el nacionalismo y la desconfianza imperantes entre los europeos, han probado ser insalvables para crear consorcios militares eurocomunitarios. De las 10 mayores empresas militares en el mundo en 2024, seis son estadunidenses -encabezadas por Lockheed Martin Corp.-, dos son europeas -British Aerospace Systems, del Reino Unido y Rostec de Rusia- y dos son chinas. Ello muestra la debilidad europea en el terreno militar, evidenciada desde los tiempos de la desintegración de Yugoslavia, cuando los esfuerzos europeos fueron infructuosos y sólo prosperaron una vez que Estados Unidos se involucró, y, de manera más reciente, de cara a la agresión militar de Rusia en Ucrania, para la que, fuera de las sanciones contra Moscú, Europa ha sido incapaz de proveer apoyo militar decisivo a Ucrania, dependiendo, otra vez, de las contribuciones que Estados Unidos pueda proveer.

Las operaciones militares desarrolladas por Donald Trump en su segunda administración en Irán, Siria, Nigeria y en Venezuela, ésta última para “extraer” a Nicolás Maduro y su esposa y llevarlos a juicio a Nueva York, tienen un efecto demostrativo de la fortaleza militar estadunidense y revelan que al actual inquilino de la Casa Blanca no le tiembla la mano para emplearla por razones diversas -sea para decapitar a un régimen autoritario como el de Maduro, o bien para destruir centrales nucleares en Irán, o para combatir a Daesh en Nigeria, etcétera. Estados Unidos desarrolla esos despliegues de fuerza porque quiere y puede hacerlos. En cambio, Europa, por más que quisiera, simplemente no está en condiciones.

La realidad de la indefensión de Europa es más preocupante a la luz de la proclama de Donald Trump de que busca comprar Groenlandia y si la transacción no fuera posible, contempla el uso de la fuerza. Los europeos, además de mostrarse estupefactos, no parecen tener muchas opciones. ¿Alguien en su sano juicio haría un despliegue preventivo o posterior a una agresión militar de Estados Unidos contra Groenlandia para responder al desafío de Washington?  No parece que vaya a ser el caso. Desde el fin de la Guerra Fría, las fuerzas armadas danesas han sufrido cambios incluidos recortes en el gasto militar, en tanto numerosos regimientos han sido desmantelados o reducidos. El país destinaba en 2023 el 2 por ciento de su producto interno bruto a la defensa, comprometiéndose a elevarlo a un 3 por ciento entre 2025 y 2026. Si bien se podría pensar que las presiones de Trump sobre Groenlandia podrían servir para que Dinamarca cumpla con la cifra del 5 por ciento que EEUU desea que emane del producto interno bruto danés, la realidad es que el interés por la enorme isla va mucho más allá a los ojos de Washington. Dinamarca, por otra parte, posee apenas 24 300 efectivos y 63 mil reservistas, con experiencia limitada en combate en Yugoslavia, Kosovo, Irak y Afganistán. No tiene armas nucleares -las armas nucleares que se encuentran en el territorio autónomo de Groenlandia son propiedad de Estados Unidos. Ha apoyado a la OTAN pero Copenhague decidió no participar en la conformación del euro ejército, por lo que, en las condiciones descritas, simplemente no podría hacer frente a un ataque de Estados Unidos para anexarse Groenlandia.

Claro que si Washington opta por una agresión militar para quedarse con Groenlandia, ello generaría repudio en Europa, dado que se supone, al menos en teoría, que los miembros de la OTAN no se atacan entre sí -a diferencia de lo visto con la URSS en el Pacto de Varsovia cuando ataco a Hungría, Checoslovaquia y Polonia. Justamente el Pacto de Varsovia murió, no sólo ante las reformas de Gorbachov y la Doctrina Sinatra, sino, sobre todo, por el repudio que generó entre los socios de la alianza militar, el uso de la misma para reprimir a sus agremiados, y no para enfrentar a la alianza antagónica -es decir, la OTAN. Si Estados Unidos reproduce el error de la URSS, quizá la OTAN podría nuevamente tener una “muerte cerebral” como lo sugería Emmanuel Macron en 2019, y tal vez en esta ocasión ya no se recuperaría. Ya en septiembre de 2025, cuando Rusia desarrollaba acciones violatorias de la soberanía de miembros de la OTAN como Polonia y Estonia, EEUU se hizo a un lado señalando que reduciría la asistencia militar a naciones del Báltico y que tuvieran frontera con Rusia. Esto fue resultado de la cumbre entre Rusia y EEUU celebrada en Alaska en agosto de 2025 donde ambos líderes pactaron sobre temas neurálgicos. Con todo, Europa es responsable en buena medida de la crisis que la aqueja y en ella reside la voluntad para sobreponerse o convertirse en rehén por doble partida: de Rusia, quien ahora se encuentra muy fortalecida, y de Estados Unidos, quien ha decidido no tomar a sus aliados en cuenta ni en el tema de Ucrania, mucho menos en el de Groenlandia.

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