Si tomamos en serio nuestra historia musical, alguien, algún día, hará la biografía del colosal violinista ucraniano Elias Breeskin, aposentado en estas tierras en los años 40 del siglo XIX tras huir de Nueva York por haber robado a la filarmónica de la que fue parte.
Así es que por un robo, quien fuera uno de los portentos más grandes de la historia arribó a México (formado en el conservatorio de Cracovia, a los siete años fue uno de los mejores intérpretes de Bach). Sus colegas –entre ellos Mischa Elman y Pablo Casals- siempre celebraron sus aptitudes, incluso el emperador de Austria-Hungría Franz Joseph, en 1906, le regaló un anillo con tres rubíes que él mismo se quitó de la mano. Por eso no asombraron los encomios a Elias por su ejecución de Vereda tropical (Gonzálo Curiel), Morir Soñando, (Manuel Pelayo) y su traducción de Agustín Lara, el jarocho nacido en el Distrito Federal.
Tienes el perfume de un naranjo en flor
El altivo porte de una majestad
Sabes de los filtros que hay en el amor
Tienes el hechizo de la liviandad.
Elias Breeskin podría haber vivido modestamente de su vocación -fue director musical de la XEW y estrella de la XEB Radio- si no hubiera sido ave de tempestades. Su adicción al juego lo llevó a la cárcel aunque allí escribió el libro, “La ciudad de los muertos”. El torbellino de su vida lo ligó con tres esposas y una prole profusa. Dos hijos fueron violinistas: Elias y Olga. No convivió mucho con ellos porque las tempestades incluyeron un atropellamiento que le trozó la cadera y, poco después en 1969, la muerte por neumonía cuando Olga tenía 17 años y aún no era la vedette más importante de México.
Olga Eugenia Breeskin Torres nació el 22 de diciembre de 1951. Su vida fue tan borrascosa como la de Elias desde que, jovencita, junto a su hermano tocó el violín en restaurantes de la capital hasta que ganó el concurso “Reina de la prensa” y conoció a Raúl Velasco, quien la proyectó al estrellato desde el programa de televisión “Siempre en Domingo”.
Olga no tuvo el virtuosismo de su padre ni el contexto propicio para que fuera valorada su pericia en las cuerdas. Tampoco fue persistente en ello. Más bien, el violín fue representativo de su concupiscencia y alabeo. Acicalada en leotardos, bikinis y piedras de fantasía explotó como confeti en la pantalla de cristal, fotonovelas y los mejores referentes de la diversión: El Capri y El Clóset. Por si fuera poco, anunció pantalones Yale y plumas Sheaffer.
Elías fue adicto al traqueteo de los dados y su hija al complacencia. Los dos, retaron al azar.
El contraste es notorio: Olga manejaba un Ford Falcon y poco después, su chofer conducía un auto moderno del que salía como si pisara algodones. El cine y la televisión fueron su pináculo mientras su padre era apenas una curiosidad biográfica. “Desde México de noche” donde debutó en la claqueta (1968) hasta “Bikinis y Rock” (1972) donde alternó con Manuel “Loco” Valdés y Verónica Castro, Olga miró el horizonte como si fuera una figura de Monet.
La familia de Elias arribó a EE.UU. en 1912 y Olga, su madre, buscó recursos para su educación. Diariamente asistió a la Casa Blanca a pedirle el favor a Edith Roosevelt hasta que la esposa del presidente escuchó a su hijo y decidió apoyarlo. La historia de la hija de Elias tuvo otros resortes.
“La carrocería tapada no me daba para pagar la renta” bromeó Olga Breeskin evocando sus inicios. El vibrato fue lo de menos, lo importante eran las curvas del violín que su humanidad emuló. Desnuda como el abeto del Stradivarius. Así se fue volviendo la reina del despiporre moderno. En 1976 mandó desde el cielo, en el salón Belvedere del último piso del Hotel Hilton. Cuando bajó de la silla fue para dirimir con Iris Chacón que ella era la mejor del continente y no la bomba sexual de Puerto Rico. En 1978 ganaba 20 mil pesos diarios y este jingle la coronaba: “Todos queremos ver a Olga”.
En el fandango patriotero la gente fumaba Raleigh o Viceroy (hasta en aviones y hospitales). Vestía Mariscal y Channel. Olía a Vetiver y Fidji o de menos Brut. Bebía Old Parr, Gran Marnier y Champagne, la espuma del mar bañado por la luna. Mientras el gobierno creaba un espejismo y vaciaba las arcas, los potentados iban a El Patio y a las carpas y teatros frívolos asistían los “nacos” (el aféresis nació finalizando los 50). Quienes bebían Brandy Bobadilla 103 convivieron con Lérida, estimulante y disoluta de los foros de la avenida Niño Perdido, y quienes acostumbraban Dom Perignon tutearon a Mora Escudero. Ni hablar de los requisitos que debían reunirse para charlar de Mavericks y otros autos de lujo con Olga Breeskin.
A principios del siglo XX, Porfirio Díaz miró el Zócalo desde el Palacio de Chapultepec, sobre la avenida Reforma. Olga Breeskin, en los años 70 y 80, lo hizo desde el Belvedere. En 1983 tuvo a más de 150 personas a su servicio para confeccionar un show a la altura de Las Vegas y París. Meseros, bordadoras, técnicos, bailarines, cocineros y asistentes. Penachos, plumas de avestruz, faisán y gallo, pieles, tigres, changos y tarántulas, y el satín policromo de beldades que le rendían tributo. Imposible no rendirse ante el boato. Quizá por ello Olga le aclaró a Cristina Pacheco que la apariencia era solamente envoltura de celofán por lo que, cuando ella se marchitara buscaría purificar su interior. Y lo dijo muy en serio.
Olga Breeskin sufrió y disfrutó la fama. La intromisión de los medios en su vida exhibió amoríos y rupturas, la difusión de fotos que la demostraron imperfecta, rumores de aborto y el peculiar amarillismo. También probó la miel de burbujeante descorche, la euforia de haber dejado la pobreza y la recompensa en el arcón. Quizá el halago permanente haya sido el fruto más jugoso de su empeño por sobresalir a cualquier costo: el culto de su imagen en estampas postales (como en los tiempos de las tiples), miles de fotografías en diarios y revistas y su exposición en el cine y la televisión, son testigos de esa ofrenda perturbadora.
La historia registra a miles de mujeres asumidas como trofeo del poder. Olga Breeskin fue una de ellas, siempre lo supo y lo aprovechó hasta que, como dijo, dejó de ver champagne en las mesas y los sifones ya no derramaron agua mineral. Voló a Los Ángeles, California buscando nuevos horizontes sin saber que estaba iniciando el declive a sus 38 años.
La carrocería comenzó a averiarse. A Olga Breeskin le sobrevino un periplo tan curvo como las víboras de sus shows. Este incluye la pérdida de su fortuna debido a erráticas inversiones inmobiliarias y a que fue víctima de esclavitud sexual en Las Vegas. Deben añadirse intentos frustrados de montar espectáculos y pleitos con Juan Gabriel por el supuesto incumplimiento de un contrato y, entonces, la depresión, el alcoholismo y las drogas. El Hiltón estaba en la Luna mientras ella conseguía dinero para sepultar a su madre y cuidar de Alan, su único hijo.
“Yo no me quería morir”, sentenció Olga veinte años después de la caída, “pero no sabía qué hacer con mi vida”. Lo cierto es que su cita con el destino había llegado e implicó lo que le había dicho a Cristina Pacheco cuando estaba en la cúspide: purificar su interior. Se convirtió al cristianismo. Narró que fue violada a los 17 años y, al describir su ascenso en el show business aceptó haber sido prostituta aunque de la mano de su Salvador se perdonó: “Cristo vino por las mujeres como yo, por las pérdidas, por las prostitutas, por las rameras…”. “Yo ya no estoy en la carne, estoy en el espíritu”, exclamó en cada entrevista para remarcar su reconversión religiosa como hacen los ancianos, de forma reiterada, y como si apenas lo estuvieran revelando al mundo.
Olga Breeskin ya no tiene el perfume de un naranjo en flor y el porte de una majestad. Huele a pasado. Pero tiene la convicción de la vida que persiste en la música. Vive modestamente como su padre hubiera podido vivir. Es muy probable que cuando desliza los dedos en las cuerdas mire a su madre ajada como ella, a su hermano extraviado en la obsolescencia y a su padre asustado por haber perdido en la ruleta. Cuando entrecierra los ojos y navega entre las notas, ¿habría imaginado Elias levantando la batuta para ejecutar a Tchaikovsky? Supe la respuesta en agosto de 2024 cuando se lo pregunté en la última función de Aventurera donde tuvo un papel primordial. Dijo que sí, a punto del llanto. Luego de espantar las lágrimas me besó en la mejilla, sonrió y me dio un cálido abrazo.
Olga Breeskin ya no es la formidable vedette ni todos quieren verla. Muchos no saben que existe. Ahora es la señora del violín, digo, mientras fraseo a Guillaume Apollinaire: “Mi vaso se ha quebrado como una carcajada”.

