La vida es un breve periodo de tiempo
durante el que estamos vivos.
Philip Roth
Contra la creencia generalizada, la muerte precoz de actores y cantantes no siempre alusa eternidad. Centenas de ellos, cuyo brillo fue apagado abruptamente, ahora son desconocidos, no desplegaron sus virtudes y están olvidados. No pasa lo mismo con otras leyendas que lo son desde que estaban vivas como Sophia Loren o Gina Lollobrigida y María Felix. Otras partieron antes de los treinta y devinieron en mito: Janis Joplin, Amy Winehouse y Selene Quintanilla por ejemplo.
Solamente aludo a mujeres porque el reflector alumbra a una de ellas: ¿Por qué Silvia Pinal Hidalgo no tiene la férula luminosa de las divas? ¿Por qué no si le sobraron blasones? Desde sus 21 años, cuando logró el Premio Ariel por “Un rincón cerca del cielo” (1952) junto a Pedro Infante, Marga López y Andrés Soler, hasta su homenaje 70 años después, en el Palacio de Bellas Artes. Filmó cuatro cintas con Infante y otras con German Valdés “Tin Tan”, Carmen Montejo y Mario Moreno “Cantinflas”, quien apadrinó su boda con Rafael Banquells. En “Un extraño en la escalera” (1955), además, tuvo una actuación soberbia, muy probablemente inspirada por el coestelar Arturo de Cordova, otro amor de su primera juventud.
“Pato” -así le decía Emilio Azcárraga Milmo cuando eran pareja- fue pionera de la comedia musical y el teatro de variedades. Fue relevista de las mujeres del teatro frívolo y la carpa, pero sin la picardía ni la crítica que las caracterizó. Por ello, quizá sobre todo, están sus actuaciones de los años 60, en tres historias dirigidas por Luis Buñuel: “Viridiana” (1961), “El Ángel exterminador” (1962), y “Simón del desierto” (1965). En “Viridiana” hizo su mejor labor según la propia actriz a pesar de que no le gustó la trama. “Viridiana es como un Quijote con faldas”, le dijo Buñuel para consolarla. Por cierto, un Quijote que fue censurado en Italia y otros países.
¿Por qué Silvia Pinal no adquirió esa impronta que separa a las deidades de los mortales? Una hipótesis es que nunca fue iconoclasta ni buscó rasgar lo establecido, sino que engrosó una propaganda oficialista ajena a la despolitización.
Encantos los tuvo. La deseó Pedro Infante infructuosamente (aunque se hizo muy amigo de su abuela). La dirigieron Emilio “Indio” Fernández y los mejores directores de la época. Alternó con Amalia Aguilar y Prudencia Griffel, y después con Sara García, la abuelita de México. Además es referente de las comedias radiales, la última etapa dorada del cine y el ascenso de la televisión. También es una ventana para asomarse al teatro, a la ola sesentera y sus noches en el D.F. cuando fue considerada la mejor vedette: estuvo en cabaret junto a Enrique Guzmán y luego, tras un año de preparación en Italia, en 1977 montó un espectáculo por el 25 aniversario de su carrera; Silvia abarrotó “El Patio” y el Teatro de la Ciudad de México.
Silvia todavía incursionó en el séptimo arte en varias de las mejores producciones de los 70 y 80 cuando la decadencia era notoria entre culebrones y comedias de ficheras. Incursionó en programas de televisión en los 70, condujo uno junto a Enrique Guzmán, su esposo luego de separarse de Gustavo Alatriste, el amor de su vida. Reavivó su prestigio a mediados de los 80 al frente de una emisión semanal pionera en temas de mujeres (no feminista), y fue irregular en los albores del siglo XXI. ¿Quién podría presumir de tanto? Incluso de posar casi desnuda en el otoño de su vida, en la revista Interview, en 1977.
Silvia Pinal nació el 16 de septiembre de 1931 en Guaymas, Sonora. “A mí no me tienen como bulto”, dijo a la revista Caras a los 90 años, “aunque a veces necesito algo, no sé si un amante o un novio”. Debemos creerle, los tuvo por decenas desde la fugacidad del deseo hasta el amor maduro que fue Tulio Hernández. Su energía fue inagotable: “Me encanta mi trabajo”, señaló en su casa, tranquila y lúdica, frente al retrato que le pintó Diego Rivera (ella creyó que se lo vendería –cuando lo recibió traía consigo un cheque de 50 mil pesos– pero fue un regalo del artista por su santo).
Silvia Pinal tuvo muchas facetas, además de actriz y vedette fue productora, empresaria y política: diputada federal y senadora. Aunque hasta el último de sus días hizo cine y teatro. La cara se le iluminó cuando, al finalizar esta entrevista, subrayó que le encanta que le digan diva: “buen trabajo me ha costado”. Y cómo no, desde la orgullosa niña de 15 años que usó medias por primera vez para ser comparsa en el teatro, tutearse con Burt Reynols hablando un inglés infame hasta ocupar el recuerdo de millones de personas.
La polémica es inacabable. El hecho de que exista pone en tela de juicio su condición de “Diva”, lo que no le resta un ápice a su trayectoria: no hay en México una artista tan longeva, versátil y laureada. Ni siquiera Lolita del Río o María Felix. Pero la pregunta es esa, precisamente, por qué no tiene ese donaire casi mitológico como el de “La Doña” y Del Río. Parte de la respuesta está en el contexto, María y Lola son creación de otra industria cultural y Silvia no fue parte de ésta.
Quizá haya otra razón. Cualquier narrativa -griega o romana, cristiana o musulmana- distancia a los dioses de los humanos y la división impele a venerar a los primeros. Rara vez los dioses conviven con los mortales como Zeus y Hermes sí lo hicieron en la ciudad de Tiana sólo para recordar su vigencia, sean vistos o no en su configuración original. El rostro áurico de Lola y la arrogancia de María son propios de esos seres contemplativos. El avatar de Silvia Pinal es otro (“avatar” porque también es una creación mediática).
Silvia Pinal fue una majestuosa realidad, la sublimación del arte. Es la terrenal acompañante de las musas que llegó al pináculo sin juegos de artificio. De niña, tras el mostrador de una marisquería cerca de la XEW ayudando a su mamá, en la adolescencia como secretaria y, siendo pubescente, su gustó por la ópera hasta llegar a la actuación. De niña confundiendo el amor con la urgencia de la carne, luego mostrando su exquisita obscenidad ante las cámaras de cine. Fue ultrajada por un rocanrolero y salió avante entre besos de otoño, dos legislaturas federales y un corazón despedazado por la muerte de su hija Viridiana. Tribuna y productora pero sobre todo integrante de familia, madre y abuela. O sea, lejos del Olimpo. Tan húmeda como el llanto y el deseo pero tan festiva como Hestia.
El destino no buscó atajos para hacer trascendente a Silvia Pinal (la muerte prematura, por ejemplo) ni ella incitó a escándalos o poses desdeñosas de los demás como impronta celeste.
Y todavía siguió, sin freno, a los 91 años, como cuando a los 18 comenzó a hacer comedias en la XEQ radio junto a Luis Manuel Pelayo. Qué importó su figura ajada y la terrenal humanidad que casi no le respondía. Ella fue falible, mortal. Hay personas que no quieren parar, otras que no pueden parar y unas más que no saben cómo hacerlo. Cuando pienso en Silvia Pinal, recuerdo a Goya y Goethe quienes, en el ocaso de sus vidas, aún sentían entusiasmo por las pupilas de alguna doncella y el impulso de aprender hasta el último momento. Su último momento llegó alrededor de las 17:00 horas del 28 de noviembre de 2024, cuando su corazón dejó de latir.

