El maniquí de origen libanés

Las tiples nutrieron al cine mudo y sonoro siempre y cuando reflejaran el prototipo requerido. Lupe Vélez destacó, incluso en Hollywood, por sus virtudes histriónicas y su tipo estirado, lo que no sucedió con la frondosa Mimí Derba quien, sin embargo, reinó en el teatro de revista y fue la primera productora de cine en México. Decenas de actrices más no sobrevivieron al cine vita fónico por diferentes causas.

En suma, las mujeres brillaron porque cubrieron los moldes estéticos del mercado y porque avistaron profundos cambios que hoy llamamos de género. Hay casos fascinantes, Mae West, por ejemplo, entre los años 20 y 40, con frases punzantes y su tentadora complexión (“Las chicas buenas van al cielo, las malas a todas partes”) y hay otros insulsos pero exitosos en nuestro país como el de Angélica Chaín en los años 70. 

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Para atenuar la desproporcionada comparación hay que anteponer el contexto: los años 70 conformaron la última de las tres épocas notables de las penumbras mexicanas. La primera comprende los inicios del siglo pasado hasta finales de los 20, en teatro y carpas, donde las tiples capitanearon. La otra abarca las décadas de los 30 y 40 con exóticas y rumberas hasta los 50, sobre todo en cabarets. El último tramo contempla a las vedettes de teatro y cine – sin la mordacidad política ni los movimientos áuricos de sus antecesoras– que fueron motivación y escaparate de Angélica Chain quien, entonces, es la rebaba de esta línea de tiempo. y

Hace algo más de 50 años hubo galas que emularon al cabaret europeo y norteamericano, ahí están los rituales de Olga Breeskin, los contoneos de Lyn May y la elegancia de la Princesa Lea. Su calidad irregular, a veces lamentable, no se reflejó en la filmografía que fue atroz. Desde el anodino cuerpo desabrigado que se ubican a años luz de distancia de Vélez y Derba hasta cómicos de teatro sin chispa tan ajenos a Joaquín Pardavé y Jesús “Palillo” Martínez. Incluso ese cine basura incineró a grandes actrices como consta en “México de noche” (1975) con Rosita Carmina y Lilia Prado o en “Bellas de Noche” (1975) también con Rosita Carmina y Mario García “Harapos”, un gran comediante que, aún en el crepúsculo de su vida, jamás podría igualarse con el pedestre Lalo “El Mimo”, impulsor de inenarrables gracejadas en esas producciones baratas. 

Angélica Chain Martínez nació en Orizaba, Veracruz, el 24 de mayo de 1956. De origen libanés, militó en la sexy comedia como el ideal de la princesa ingenua que se desprende del corsé y el liguero para disfrutar no sólamente de un príncipe sino de ejércitos enteros para regocijo, envidia y fantasía de los espectadores. Angélica concentró las urgencias de la carne de al menos dos generaciones, incluso acudiendo el manido recurso de imitar a Marilyn Monroe, entre mozalbetes y rabo verdes aunque a otros les parezca insípida su desnudez frente a las cámaras y boba hasta para responder preguntas como: “¿Te gusta el consomé de vampiro”, en alusión a las preferencias lésbicas. 

Entendamos el desvarío de la joven traviesa: se dijo virtuosa del arte cuando su facultad consistió en yacer como las flapper de los años 20, con posturas de prosapia, colgando como afiche de mecánicos, electricistas y plomeros. No la subestimemos, gracias a eso cada quien tiene en su historia personal, a un tipo de Angélica Chain. 

También podemos comprender su denuedo. A los 17 años -sí, antes de la mayoría de edad- la princesa inició en el decadente Teatro Esperanza Iris como “Liz Chaín” (luego fue “Bettsy de Montenegro”). Careció de gracia y fuelle aunque, como dijo la revista Bellezas el 28 de julio de 1973, “le basta con ser bella aunque haga el ridículo”. Fue promovida como una de “Las tremendas del burlesque” aunque no prendiera antorchas ni agotara taquillas. Pero en el cine tuvo legiones de admiradores (tantos, que no faltarán entre estos lectores algunos que la evoquen, nostálgicos y cursis, por su cetrina figura y su piel nívea que “la trazaron como una espiga movida por la brisa”). Pero tuvo fortuna: al cine no le interesaba la calidad sino ganar dinero y ella fue redituable como póster en la pantalla. Participó en más de 30 filmes de ficheras y sexycomedias además de registrar su imagen en docenas de fotonovelas, sin tener una sola actuación decente. Queda el registro, eso sí, de su visaje brillante, la melena rubia y la sinuosa delgadez. Y algo más, aunque esto decepcionó a sus adeptos: Angélica Chain se arrepintió. De haber sido corista, vedette (según ella porque, en realidad, no tuvo esas dotes), strip y exótica. “Me averguenzo de mi pasado”, dijo a la revista Vedettes y deportes, el 6 de septiembre de 1975.

Angélica tuvo fama porque cubrió el molde estético del mercado, pero le faltó talento. Como otras jóvenes que iniciaron en el cine de luchadores, se estrenó en Santo y Blue Demon contra el Doctor Frankenstein. Pasó inadvertida hasta que la develó la oscuridad iluminada con foquitos: fue una de las Muñecas de medianoche (1979), estrella en Burlesque (1980), Las vedettes (1983) y luego en El diario íntimo de una cabaretera (1989) además de otros churros de tanga y corbata. En los 80 probó en culebrones televisivos hasta el retiro, en 1991, luego de casarse con el millonario Enrique Molina Sobrino. Su trayectoria es pobrísima pero al compararla con su hechura histriónica podríamos decir que es formidable. 

El azar y ese donaire indescifrable que a veces llamamos carisma encumbran emblemas que no corresponden con el arte pero sí con el impacto visual, me hacen pensar en Black Shadow y Santo. El 7 de noviembre de 1953 ambos sostuvieron una encarnizada lucha que, por un lunar de catarina, ganó el gladiador plateado aunque el consentido en las arenas del pancracio era Black Shadow. El resultado, sin embargo, lo disolvió mientras Santo sobresalió en el cine sin tener cualidades actorales (ni siquiera voz, que fue la de Óscar Morelli y Víctor Alcocer). Pese a esto, podemos decir dos cosas: el enigma de una máscara fue superior al desnudo de la barbie y, pese a ser un maniquí, Angélica Chain fue la ensoñación de quienes, cuarenta y tantos años después, la tenemos como hoja fresca de uno de los tantos calendarios de nuestra vida.

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