La rubia superior

Junto a la virgen de Guadalupe y la pirotecnia revolucionaria, la piel atezada y el pelo negro fueron parte del nacionalismo de principios del siglo XX y así revolotearon en la música, el teatro y el cine hasta catapultarse en el ideal estético femenino. Durante el primer certamen de belleza alentado por el diario Excélsior, en 1927, la propaganda apuntó que las morenas demostrarían ser las más hermosas del mundo: mujeres de ojos de azabache y trenzas del mismo color abrazadas con su rebozo de seda como la que adornó las charolas de la cervecería Cuauhtémoc para impulsar “Saturno”, su bebida oscura insigne.

Poco más de treinta años después aquel molde nacionalista crujió en aras de la modernidad acudiendo a otros atavismos y contradicciones. Si en 1922 la madre era el núcleo familiar y por ende del país, como también alentó Excélsior para instaurar el día 10 de mayo para honrarlas, en los sesenta detonó la mujer versátil e independiente que, en una esfera de libertad, acudió a la minifalda y destrenzó el cabello. Más aún, lo tiñó de  rubio u ostentó que así lo cepillaba de origen, presumiendo su mirada multicolor y su mexicanidad irrebatible. Una de esos sellos lo izó en la televisión la cervecería Moctezuma, creada antes de la Revolución. En Estados Unidos lo ondeó Farrah Fawcett y, en México, Gina Román. Se llamó “La rubia que todos quieren” y “La rubia Superior”, porque tal era el nombre de la cerveza clara. El impacto en México fue colosal, más aún del que tendría Mar Castro sacudiendo la cerveza Carta Blanca, en 1986, durante el mundial de fútbol.

Gina Román fue una vedette cubana que, en México, encontró la plataforma para participar también en el cine. Empezó como “figura decorativa”, como advirtió en una entrevista, y siguió así según su relato porque de 78 películas “habré hecho tres buenas y las demás fueron malas”. Ganó al juego de los dados sin estar preparada y dilapidó su imagen en cintas medianas aunque exitosas en la taquilla porque ella era un imán. “Las golfas” (1969) es una de sus trabajos rescatables que, a pesar de la pátina moralista, trata la prostitución desde la complejidad humana cuyo retrato más crudo lo hace Isela Vega.

Georgina García Tamayo, según su acta de nacimiento fechada en 1938, tuvo éxito cuando ser rubia significó modernidad, tanto como la cerveza que terminaba definitivamente con el mandato del pulque. No lo tuvo siendo rumbera ni como vedette; no fue una de las reinas del trópico y nunca podríamos asociarla con las grandes de las pistas setenteras. El cine fue sólo ruta de dividendos económicos igual que las telenovelas. Su exito fue haber modelado.

Desde su incursión adolescente en el Tropicana y como parte del elenco de “La Parisien” en las Vegas, Gina destacó por su esbelta elegancia y el cabello platinado que los creativos del marketing asociaron con la botella de cerveza que todos quisieran tener. Ella supo que el afiche la acompañaría toda su vida y por ello rescató sus intervenciones cinematográficas junto a María Felix y Pedro Armendariz en “La bandida” (1963) o con Mauricio Garcés en “Espérame en Siberia vida mía” (1971) aunque en éstas no ocurrió ningún parteaguas que la hiciera imprescindible.

Gina Roman no tuvo preparación escolástica ni fue tocada por los dioses de la actuación y el baile, pero su labor basta para anotarla como una artista de la época que falleció de una pulmonía en la Ciudad de México, el 3 de diciembre de 2022. Sin emitir juicios de valor, y sólamente consignando el hecho, su mayor relevancia mediática la adquirió como “La rubia de categoría”, adornando la fiesta en la que nuestro nacionalismo desorientado alguna vez se emborrachó.

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