Las fotografías de Lydia de Rostow tienen 120 años. No reflejan un instante imperecedero, como a mediados del siglo XIX se creyó que hacían los primeros aparatos que, en México, captaron paisajes y averiguaban nuestra identidad nacional. No evidencian la trascendencia de las divas que, en tarjetas postales, se apartaron de la plebe y la prosapia desde el teatro para hacerse más deseables. Su vastedad de carnes –real o fingida por obra y gracia de miriñaques y corpiños- constata en todo caso que la belleza es un estadio cultural.
En ese entonces, Francia inspiró al Porfiriato y la Iglesia Católica dictó la conducta social. De ahí que París fuera un aliciente del poder en México –arte, arquitectura, música– exceptuando el cabaret porque éste implicó el extravío de la carne. La imagen de la rusa Rostow, fechada en la “Ciudad luz”, es pecado según las élites (que, en el subsuelo de la hipocresía, desahogaron su falibilidad en casas de citas y serrallos o a lo sumo en mansiones decoradas estilo Luis XV). Escribe Carlos Monsiváis en “Maravillas que son, sombras que fueron. La fotografía en México”:
“Las postales se venden en las calles, en los comercios ‘especializados’, en las casas de citas, y se dirigen a un público que las atesora y guarda en álbumes (…) con la devoción que acaricia y desgasta en las noches tales incentivos del ardor. Entonces, los aficionados a las postales disponen, gracias a su intercesión, del catálogo que al registrarlas afina y exalta sus predilecciones. Fisiología del gusto, tal y como detallan las imágenes: ‘mujeres opulentas de carnes exuberantes en los sitios que el hombre ama y estruja’, mujeres pasivas, alegres, inmersas en la calma, aguardando, siempre aguardando”.
Rostow desafió al poder del orden moral y triunfó por el veredicto de la grey: jóvenes estudiantes, viejos verdes y hombres anónimos que en su vida pública fueron respetables. Sus redondeces, aliadas de la estética de aquel entonces, remiten lo mismo a hetairas que a diosas griegas o romanas. Los espectadores no admiraron su baile, “El vals de las rosas” fue una excusa. Les sedujo su blasfemia y, sobre todo, que fuera cercana como el mordisco a la manzana que provocó este valle de lágrimas. Margarita Tortajada cita a Olavarría y Ferrari:
“Los bailes de la Rostow revestían un carácter clásico de antigüedad griega, cuyo atractivo se basaba en la exhibición que hacía de su escultural belleza que, mal velada, al darles principio, por ligerisimas telas, de estas iba despojándose poco a poco hasta quedar completamente desnuda, en apariencias, pues se cubría con las llamadas mallas, fijo tejido de seda semejante al de la malla de las redes, completamente ceñido al cuerpo”.
La artista rusa fue una modelo que, acudiendo a Monsiváis, no admitió la ropa en su actitud. Su coreografía afrodisíaca consistió en posar, traslúcida, para el obturador humano. Desde su debut en 1905, en “La Academia Metropolitana” de la capital, su visaje siútico cavó el abismo de la ruina moral del público que se arrojó profiriendo obscenidades. La artista rusa y su cabello cintilante hicieron trizas a la almalafa religiosa para hacer notar su excentricidad y concupiscencia. “Su figura era digna del cincel de Fidias”, dijo el periodista Manuel Malón.
Lydia de Rostow es el primer antecedente de las vedettes. En la revista Mujeres y deportes del 6 de enero de 1936, Guillermo Galindo relata que “nunca antes, en la capital de México, se habían revelado los hechizos corpóreos de una mujer en escena, como en aquella ocasión, y tal actitud desenvuelta hizo que innumerables curiosidades se atropellaban para concurrir a la tanda en que ella era la heroína principal”. La opinión de los críticos fue tan favorable que aseguraron que Rostow había hecho renacer al teatro griego. Galindo advierte, sin embargo, que la bellísima mujer también colmó el temple de las autoridades y “fue expulsada del país por extranjera perniciosa debido a la ‘preparación’ para el placer que quiso dar a la buena sociedad”.
El instante en el que vivió Lydia de Rostow ha perecido, se lo tragó el tiempo y el olvido. Ahora es un rostro anónimo más de esos que no importa si viven o mueren. En todo caso, para los más optimistas, esas fotografías representan a una espectadora silente de quienes, también en otros registros antiguos, a pesar de los años, todavía buscan la reconciliación del cuerpo y el alma. De algún modo, Rostow nos representa, solamente hay que escudriñar entre los anhelos de antaño y nuestras aspiraciones de ahora.

