El sarampión y el movimiento anti-vacunas

En el imaginario colectivo subsiste la idea de que “lo que no te mata, te hace más fuerte.” Nada más alejado de la realidad. Las muertes provocadas por enfermedades prevenibles para las que existen vacunas han venido creciendo en todo el mundo con una ecuación que podría sorprender a muchos: el rechazo a las vacunas proviene especialmente de los países más desarrollaos, si bien ello ha tenido lamentables consecuencias para países en desarrollo como México, que, hasta no hace mucho, mediante las campañas de vacunación, había mantenido a raya a diversos padecimientos, entre ellos, por supuesto, el sarampión.

Antes de continuar es importante conocer las características del sarampión, enfermedad potencialmente mortal. El sarampión (Morbillivirus hominis) es una enfermedad vírica muy contagiosa que se transmite por el contacto con gotículas procedentes de la nariz, la boca o la faringe de las personas infectadas. Afecta a infantes, pero también a adultos. La vacuna para hacer frente a esta enfermedad fue desarrollada por John F. Enders y Thomas C. Peebles, quienes aislaron el virus en 1954. En 1963 Maurice Hilleman creó una vacuna mejorada y una versión más efectiva se usó ampliamente a partir de 1968. Hilleman también fue clave en la creación de la vacuna triple viral -contra sarampión, paperas y rubéola. La vacunación, que se aplica en dos dosis, generalmente produce inmunidad de por vida. La primera dosis se aplica al bebé al cumplir su primer año de vida y la segunda puede ser a los 18 meses o bien a los seis años de edad -en México la segunda dosis es aplicada a los 6 años.

Las vacunas, como es sabido, han logrado reducir la mortalidad de las personas y prolongar su esperanza de vida. Sin embargo, desde siempre ha habido detractores que objetan la utilidad de la vacunación -conforme a la creencia asentada en el inicio de esta reflexión- y también porque consideran que el Estado interfiere con decisiones personales, restringiendo la libertad de elegir.

A lo anterior hay que sumar que a principios del siglo XIX, cuando Edward Jenner desarrolló la vacuna contra la viruela, una de las enfermedades que más muertes ha causado en la historia de la humanidad, lamentablemente los efectos secundarios del biológico incrementaron las opiniones contrarias a su aplicación. Al respecto y en descargo de lo que pensaban los escépticos, en aquellos años las vacunas no eran aplicadas como se hace hoy, con agujas esterilizadas de un solo uso. No. De hecho, se vacunaba a varias personas -generalmente niños- usando la misma aguja, lo que, naturalmente, generaba infecciones y reacciones adversas.

A la Nueva España, por órdenes del soberano Carlos IV, el doctor Francisco Javier Balmis llegó para inmunizar a los infantes. Las expediciones de Balmis no se limitaron a la más importante de las colonias españolas, sino que Balmis recorrió otros países y continentes con la misma encomienda.

A finales de ese siglo, la vacunación contra la viruela era una práctica ya muy extendida en Europa y Estados Unidos, y había tantas opiniones favorables como contrarias a la aplicación del biológico, más en una sociedad, como la del vecino país del norte, donde siempre se ha privilegiado una visión de libertad para que el individuo haga lo que guste y el Estado intervenga lo menos posible.

En México, las campañas nacionales de vacunación prosperaron especialmente durante el porfiriato y en los primeros años del siglo XX. Para 1926, el gobierno de Plutarco Elías Calles decreto que la vacuna contra la viruela era obligatoria. El éxito de las campañas de vacunación contra esta enfermedad fue tal que el país prácticamente la erradicó en 1951, casi tres décadas antes de que la OMS declarara la extinción de la viruela mediante vacunación en el mundo. Para 1973 se creó el programa nacional de Inmunizaciones, consistente en cinco vacunas obligatorias para enfrentar siete enfermedades. Ello estimuló la producción de vacunas en el país en cantidades significativas. Para 1978 se instituyó la Cartilla Nacional de Vacunación. Y ya en 1991, mediante el programa de vacunación universal para lograr la supervivencia infantil se buscó la erradicación de enfermedades como la poliomielitis. Las campañas nacionales de vacunación recibieron elogios en diversos círculos médicos y políticos del mundo, pero en Estados Unidos algunos sectores de la población argumentaban que México tenía un régimen autoritario en el que la población carecía de libertades y a la que se le imponían las vacunas a pesar de los riesgos que entrañaban. Aun así, México también brilló por la producción de vacunas: entre las décadas de los 60 y los 80, el país logró la autosuficiencia en la producción, control, almacenamiento y distribución de diversos biológicos, llegando a exportar vacunas a alrededor de 15 países.

En la actualidad, malas decisiones gubernamentales en materia de salud pública, el desmantelamiento del seguro popular y su eventual transición a IMSS-Bienestar ha generado una saturación de los servicios hospitalarios y una escasez de medicamentos, dado que con el argumento de que existían enormes corruptelas en el sector, fue que se desmanteló un sistema de compras que solía operar, con deficiencias sí, pero que cumplía con acciones tan elementales como favorecer la vacunación. Justamente los esquemas de vacunación existentes, que son incompletos, han abonado al resurgimiento de enfermedades como el sarampión, pero también las paperas, la tosferina, la poliomielitis y otras más.

Ahora, específicamente la crisis de vacunación contra el sarampión obedece a que en 1998, un médico británico sin escrúpulos, Andrew Wakefield, publicó en la prestigiada revista The Lancet un artículo en el que señalaba que la vacuna contra la enfermedad citada producía autismo. Sus conclusiones fueron formuladas con muchos sesgos pues su análisis involucró apenas a 12 niños si bien lo más grave es que Wakefield fue financiado por abogados que pretendían demandar a los fabricantes de vacunas. Muchas personas que tuvieron conocimiento de los dichos de este irresponsable personaje optaron por no vacunar a los pequeños y corrieron la voz. Wakefield fue sancionado por las autoridades británicas, le quitaron su licencia médica y The Lancet se disculpó retratándose de la irresponsable publicación. Pero el daño ya estaba hecho.

Por si fuera poco, Wakefield se mudó a Estados Unidos donde al día de hoy participa activamente en el movimiento anti-vacunas ayudando así a la propagación de la enfermedad en infantes y adultos.

Los síntomas del sarampión incluyen fiebre alta, escurrimiento nasal, enrojecimiento de los ojos y pequeñas manchas blancas en la cara interna de la mejilla. Posteriormente se produce un salpullido en el cuerpo. No hay tratamiento específico contra el sarampión, y la mayoría de los pacientes en el mejor de los casos se reponen en un lapso de 2 a 3 semanas. Desafortunadamente no todos los pacientes se recuperan y es frecuente que surjan complicaciones, en particular en individuos inmunodeprimidos y en infantes con desnutrición, que incluyen ceguera, encefalitis, diarrea intensa, infecciones del oído y neumonía. Los pacientes con estas características pueden morir.

Hoy el mundo ha dejado de avanzar en la inmunización de los infantes y además está retrocediendo. 21 países desarrollados han reducido la vacunación contra enfermedades como el sarampión, la poliomielitis y la difteria. Tan sólo en Europa, el sarampión creció 10 veces en 2024. Asimismo, la mitad de los casi 16 millones de niñas y niños en el mundo que no están inmunizados se encuentran en ocho países: Nigeria, India, República Democrática del Congo, Etiopía, Somalia, Sudán, Indonesia y Brasil.

Además del movimiento antivacunas, hay hechos recientes que han golpeado fuertemente a las campañas de inmunización. No hay que olvidar la pandemia del SARS-CoV2, la que dio prioridad al COVID-19 sobre otras enfermedades, de manera que tanto la comunidad médica como las empresas farmacéuticas dieron prioridad a la producción de biológicos para esa enfermedad, en tanto la atención a otros padecimientos se postergó. Otro hecho de suma importancia es la primera y segunda administraciones de Donald Trump, un negacionista que niega el valor de la ciencia y que a partir de enero de 2025 puso al frente del Departamento de Salud y Servicios Humanos a un reconocido antivacunas, Robert Kennedy Jr., quien, ni tardo ni perezoso redujo dramáticamente el presupuesto del ministerio a su cargo, efectuó despidos masivos, canceló la compra de vacunas y diversos programas de inmunización y salud reproductiva y mermó los recursos para los Centros para el Control y la Prevención de las Enfermedades (CDC) comprometiendo la cooperación epidemiológica de éstos con la Organización Mundial de la Salud (OMS) y otros importantes institutos de salud abocados a la vigilancia de brotes que podrían propagarse rápidamente por todo el mundo. La siguiente pandemia se producirá en algún momento y no parece que ni Estados Unidos ni México cuenten con un plan de gestión de riesgos en materia de salud para hacerle frente y no repetir los errores vistos de cara al SARS-CoV2. Además, no se pierda de vista que en su segunda administración, Donald Trump ha optado por retirar a EEUU de manera definitiva de la OMS.

Por cierto que este organismo internacional señala que 30 millones de niñas y niños no han recibido las vacunas requeridas contra el sarampión, esto en 2025. En 2024, 11 millones de personas se contagiaron en todo el mundo, esto es, 800 mil más que el año precedente. De hecho, desde 2021, el número de personas que han contraído la enfermedad se triplicó. Asimismo, el organismo sanitario internacional señala que una persona puede infectar a otras 18, cifra que debería bastar para que las naciones redoblen esfuerzos para combatir la enfermedad mediante campañas de vacunación. Los esquemas incompletos de vacunación son preocupantes: la primera dosis fue recibida el año pasado por 84 por ciento de niñas y niños, pero la segunda dosis sólo se le aplicó al 76 por ciento lo que abre la puerta a que la enfermedad se produzca por no contar las personas con suficientes anticuerpos para hacerle frente.

En México el sarampión prácticamente estaba extinto hasta que en 1996 una niña francesa sin inmunización viajó en un vuelo de Air France y arribó al país y ahí comenzó la propagación de la enfermedad por causas externas. La niña era portadora porque sus padres franceses no la habían inmunizado. En 2025, a 30 años de aquel suceso, se tiene un crecimiento explosivo de la enfermedad con 2 267 casos confirmados y la tendencia se mantiene en 2026 a unos cuantos meses del inicio de la Copa del Mundo de la que el país es subsede. Las autoridades han venido realizando una fuerte campaña de vacunación, en especial en la Ciudad de México y en el Estado de México se ha decretado el uso obligatorio del cubrebocas para contener la propagación de la enfermedad. Así, a la fuerte crisis de inseguridad existente en el país, se suma una crisis epidemiológica que muestra que México no aprendió las lecciones de la pandemia del SARS-CoV2 y ahora se ve obligado a realizar acciones remediales cuando el problema se ha desbordado. No faltará quien insista en que la falta de vacunación no es la causa. La evidencia, sin embargo, apunta en otra dirección, mostrando una vez más que la salud no es una prioridad de las autoridades -el país destina apenas el 2. 6 por ciento del producto interno bruto a la salud cuando la OMS recomienda el 6 por ciento-, a pesar de que entre 2020 y 2022 quedó más que demostrado que una sociedad enferma simple y llanamente no puede funcionar.

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