¡Quién iba a imaginar que cuando Rusia tomó la decisión de atacar Ucrania el 24 de febrero de 2022 el mundo, a continuación, cambiaría de manera tan dramática! Parte de esos cambios se produjeron justamente por la pretensión rusa de anexarse si no todo el territorio, al menos la porción oriental de Ucrania, esa que está delimitada por el río Dniéper, lo que desencadenó una avalancha de sanciones que fueron aplicadas contra el gigante eslavo, no sólo en el terreno económico, sino también en el político, de los derechos humanos, militar y deportivo. Las sanciones, por supuesto, también han tenido impactos contra las naciones que castigan a Rusia, en particular las europeas, donde la dependencia respecto a los hidrocarburos rusos generó desafíos a la pretendida agenda verde de la Europa comunitaria.
La guerra apresuró la adhesión de Finlandia y Suecia a la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) lo que, de facto implica el abandono de las sendas políticas de neutralidad de ambas naciones escandinavas. La OTAN, por cierto, parecía agonizar sin un propósito claro que justificara su costosa infraestructura, así que Rusia le dio un nuevo aire a la alianza noratlántica, al menos hasta recientemente. La Corte Penal Internacional emitió una orden de arresto contra el presidente ruso Vladímir Putin a quien se acusa de haber secuestrado niñas y niños ucranianos, llevándolos ilegalmente a territorio ruso. En el plano deportivo, la mayor parte de los organismos y federaciones, incluyendo al Comité Olímpico Internacional (COI) y la FIFA, excluyeron a Rusia de sus competencias.
Por su parte, Rusia debió rehacer su comercio exterior, que hasta ese momento tenía en los países de Europa a sus mayores socios. Miró tanto a la República Popular China (RP China) al igual que a India, quienes han incrementado su presencia en el comercio exterior ruso y se han beneficiado del acceso a sus hidrocarburos. La alianza Rusia-RP China parece firmemente asentada, no obstante, las presiones a ambas naciones desde Washington, quien también castiga a Beijing y le aplica aranceles extremadamente altos.
Al paso de los años, la guerra entre Rusia y Ucrania ha producido un importante aprendizaje para los contendientes: ni Moscú ha logrado imponerse sobre los ucranianos, ni éstos han podido deshacerse de la vorágine de su poderoso vecino. Claro, la guerra entre Rusia y Ucrania es, en los hechos, una guerra proxy que se libra en territorio ucraniano pero que, en realidad confronta a Moscú con Occidente. Dicho esto, claramente Ucrania es vulnerable debido a que depende, para el buen éxito de su causa, del apoyo económico y militar que le pueda brindar Occidente. Si bien ese apoyo parecía garantizado en el arranque del conflicto, con el tiempo, la aparición de otras confrontaciones en otros rincones del mundo, los cambios de gobierno en Estados Unidos, y el regreso de Trump para un segundo mandato; el declive europeo ante las exigencias presupuestales de Washington, quien desea incrementar la contribución financiera de sus aliados a la defensa; el aparente entendimiento entre Donald Trump y Vladímir Putin, quienes lo mismo se reunieron en Alaska en agosto de 2025 que comparten llamadas para debatir temas de interés común; el desprecio de Trump por Zelensky -últimamente se escuchan rumores de que Washington desea empujar a Ucrania a un proceso electoral largamente postergado, en el que, el temor de Zelensky es la posible intervención rusa en los comicios para el ascenso de un candidato prorruso en Kiev; la decisión de la Casa Blanca de hacer del continente americano la principal prioridad regional para EEUU, han reducido el perfil de la contienda ruso-ucraniana.

Es difícil mantener la atención en Ucrania cuando Hamas atacó a Israel el 7 de octubre de 2023 en uno de los atentados terroristas más devastadores que haya enfrentado el territorio israelí en mucho tiempo. La respuesta de Israel con ataques indiscriminados no sólo contra Hamas, sino mayormente población civil palestina, incluyendo mujeres y niños, además de trabajadores humanitarios, ha horrorizado al mundo, reduciendo la atención respecto a las acciones rusas en Ucrania. Los ataques de Israel y EEUU contra centrales nucleares iraníes son también otro distractor frente a los acontecimientos en Ucrania. ¿Y qué decir de los bombardeos en Yemen, Siria y Nigeria perpetrados por Estados Unidos? Por supuesto, la gota que ha derramado el vaso en esta segunda administración de Donald Trump, es el lugar primigenio que ocupan Canadá, Groenlandia, América Latina y el Caribe en la estrategia de seguridad del veterano republicano, quien los mismo ha intimidado a Ottawa con la sugerencia de que se convierta en el estado 51 de la Unión Americana; que le reprocha a Panamá los costos que las embarcaciones con bandera estadunidense pagan por usar el Canal; que depone a Nicolás Maduro, extrayéndolo directamente de Venezuela y llevándolo a Nueva York donde será juzgado por narcotráfico y otros delitos; que pretende comprar o anexarse Groenlandia, para disgusto de Dinamarca y los países europeos; y también amenaza a Cuba, cerrándole el abastecimiento de petróleo que México y Venezuela solían proveerle.

Lo más llamativo en los pasados cuatro años es cómo Europa ha perdido influencia en los asuntos globales y parece a estas alturas pasmada ante las decisiones, amenazas e intereses manifiestos de Trump, quien no escucha razones y responde con más amenazas arancelarias y sanciones ante quienes osen criticarlo -ya lo vivió Canadá, quien fue crítico hacia Trump en su discurso en el Foro Económico Mundial en Davos en enero y nuevamente ha sido el caso, ahora con Alemania, en la reciente Conferencia de Seguridad de Múnich donde Friedrich Merz corroboró muchos de los dichos del primer ministro canadiense Mark Carney a propósito de la desaparición del viejo orden y el surgimiento de un entorno polarizado, excluyente y nulamente solidario. La debilidad europea es una excelente noticia para Putin y pésima para Zelensky.
Así las cosas, actualmente Estados Unidos, Rusia y Ucrania desarrollan una tercera ronda de conversaciones en Ginebra, con representantes de los tres países, buscando llegar a un entendimiento que ponga fin a las hostilidades. La mediación del enviado de Trump, Steve Witkoff -quien es acompañado por el yerno del controvertido republicano, Jared Kushner, busca facilitar la negociación entre el ex ministro de cultura ruso Vladimir Medinski -enviado del presidente Putin- y el ex ministro de defensa de Ucrania Rustem Umérov. Esta es una nueva ronda de negociaciones, habiéndose efectuado dos anteriormente en Abu Dabi. Toda parece indicar que la mediación estadunidense exige muchas más concesiones de parte de Ucrania, puesto que Trump ha sido citado recientemente -aunque lo ha hecho en varias ocasiones- por los medios por haber comentado que “más le valdría a Ucrania sentarse a la mesa de las negociaciones y rápido.”
Es de destacar que mientras se han producido las negociaciones en rondas pasadas y la actual, los ataques de Rusia a Ucrania y viceversa, no han parado. Rusia ha dirigido sus acciones bélicas sobre todo contra las instalaciones que generan electricidad en territorio ucraniano, situación lamentable, debido a las bajas temperaturas propias de la época invernal en esa parte del mundo. Asimismo, ayer Ucrania afirmaba haber recuperado posiciones ocupadas por los rusos con notable rapidez. En este ir y venir, la ausencia de Europa como interlocutor es notable y corrobora que serán Trump y Putin quienes determinen la suerte de Ucrania, a quien Moscú desea arrancarle el Donbás, ratificar la posesión de Crimea y lograr el compromiso de que el país jamás se incorporará a la OTAN. Rusia también desea el fin de las sanciones occidentales y la recuperación de sus activos congelados por las naciones europeas y los estadunidenses. Se ha sugerido que dichos activos rusos se empleen para la reconstrucción de Ucrania pero no parece que se podrá avanzar gran cosa en este tema.
La alianza noratlántica, por su parte, parece demasiado vapuleada por las pretensiones de Trump sobre Groenlandia, porque en este caso la amenaza sobre la gigantesca ínsula procede del líder de la OTAN, por lo que la cohesión que la invasión rusa a Ucrania había producido, ahora se diluye confrontando a los europeos con los estadunidenses. En este inédito escenario, Europa debe decidir a quién apoyar y la respuesta es evidente: Ucrania, por más que sea un país europeo, no es miembro de la OTAN, a diferencia de Dinamarca. Si bien Groenlandia es un territorio autónomo de los daneses y una isla que alberga instalaciones militares y armas nucleares de EEUU el hecho de que Copenhague sea un país fundador de la alianza noratlántica que ha apoyado el liderazgo de Estados Unidos en ella, pone en la mesa qué tanto recato podrían mostrar los estadunidenses respecto a otros territorios autónomos o colonias de Países Bajos, Francia, Reino Unido, por ejemplo, en el Caribe. Se entiende entonces que para Europa sea urgente y prioritario resolver el tema de Groenlandia, lo que, naturalmente deja a Ucrania a merced de lo que dispongan Estados Unidos y claro, Rusia.

Poner fin a la contienda ruso-ucraniana es algo que Trump, con su megalomanía desea, para poder presentarse como el “hacedor de paces” por más que los procesos de paz que ha negociado en diversas partes del mundo parezcan más efímeros cese al fuego que otra cosa. Pero en sus pretensiones para construir su legado y obtener el Premio Nobel de la Paz como parece obstinado en conseguir, las negociaciones con Kiev y Moscú son vitales, más allá de la venta de tierras raras ucranianas a Washington.
¿Terminará finalmente esta contienda a cuatro años de su inicio o se seguirá prolongando por los meses y años por venir? Si la guerra se ha extendido por cuatro largos años es porque conviene a determinados intereses, incluyendo no sólo el acceso a las tierras raras que Ucrania ha aceptado dar a Washington, sino también considerando el papel de las empresas militares que abastecen de insumos a los contendientes. En el caso de Rusia, las sanciones impuestas por Occidente han sido contrarrestadas gracias a una economía de guerra fundamentada en la contienda contra Ucrania. Por lo tanto, si Rusia decide favorecer el tránsito a una economía de paz, ello podría derivar en el cese de las hostilidades por parte de su gobierno. En caso contrario, seguramente pretextará que las concesiones de Ucrania son insuficientes. Por supuesto, en esta guerra proxy, quien más tiene qué perder es Ucrania.

