La velocidad en que se reconfigura el tablero norteamericano es inesperada. Dos decisiones recientes —la posibilidad abierta por el presidente Donald Trump de explorar un acuerdo comercial sin Canadá y el fallo de la Suprema Corte de los Estados Unidos que anuló aranceles impuestos bajo facultades extraordinarias— sacuden el futuro del T-MEC y anticipa cambios de fondo: el tránsito de la lógica trilateral hacia acuerdos bilaterales diferenciados donde México será protagonista, lo quiera o no.
El principio del fin trilateral
El conflicto entre Washington y Ottawa crece. La relación entre Trump y el primer ministro Mark Carney se ha tensado por una lista de agravios acumulados: la protección canadiense al sector lácteo, las restricciones de distribuidores provinciales —como los de Ontario— al licor estadounidense en represalia por aranceles previos, y la competencia en servicios estratégicos como los legales y turísticos.
A ello se suma la estrategia internacional del canadiense que ha buscado diversificar los vínculos comerciales incluso con China. Tras un modesto acuerdo arancelario alcanzado en Pekín, Trump respondió con amenazas de imponer aranceles de hasta 100 por ciento a productos canadienses, en un tono que dejó claro que la disputa pasó de lo comercial a la geopolítica.
En paralelo, el revés judicial en Estados Unidos limita la discrecionalidad presidencial para imponer aranceles bajo el argumento de emergencias nacionales. El fallo no solo tiene implicaciones internas; redefine el margen de maniobra de la Casa Blanca frente a sus socios comerciales y obliga a replantear la arquitectura de negociación.
En este contexto, el T-MEC, concebido como un marco trilateral estable, enfrenta su mayor prueba: las condiciones políticas entre los tres países ya no parecen alineadas para sostener un esquema uniforme y la bilateralización emerge como salida pragmática.
Más allá de aranceles
Para México, esta nueva etapa no se define únicamente por reglas de origen o inversión extranjera. La relación con Estados Unidos incorpora dimensiones estratégicas más amplias: seguridad fronteriza, migración, combate al tráfico de fentanilo, cooperación energética e inteligencia contra el crimen organizado transnacional.
Washington considera su frontera sur una prioridad estratégica, lo que modifica el eje de la interlocución.
En este rediseño, la energía ocupa un lugar central. El nacionalismo energético impulsado por la llamada Cuarta Transformación ha generado fricciones con empresas estadounidenses y canadienses, activando mecanismos de solución de controversias en el marco del T-MEC. La apuesta de México por combustibles fósiles y un sesgo proteccionista, choca con la transición energética y los compromisos de inversión.
La discusión pasa de lo comercial, al ámbito de lo estructural. La robótica, la inteligencia artificial, la automatización industrial y la generación distribuida de energía están transformando las cadenas de valor. Lo que está siendo cuestionado desde Washington es el viejo paradigma de globalización ilimitada.
No es casual que el secretario de Estado Marco Rubio, en su discurso del 14 de febrero en Múnich, haya advertido sobre el agotamiento del modelo de globalización irrestricta y la necesidad de recuperar el interés nacional como eje rector.
La crítica a la desindustrialización y al control de cadenas de suministro es parte de una narrativa que redefine alianzas y prioridades.
Una oportunidad que México no debe desperdiciar
La bilateralización responde a realidades distintas. Canadá ha tomado distancia estratégica; México, en cambio, ha profundizado su interdependencia con Estados Unidos en temas críticos. Esa asimetría abre una ventana de oportunidad.
Sin embargo, el gobierno mexicano parece no dimensionar la magnitud del cambio geopolítico. Durante los años noventa, cuando la integración comercial era la apuesta dominante, sectores que hoy están en el poder se opusieron frontalmente. Ahora, cuando la tecnología reduce costos de producción, automatiza procesos y reconfigura ventajas comparativas, insistir en posturas ideológicas rígidas puede resultar aún más costoso.
La transición hacia acuerdos bilaterales exigirá claridad estratégica, profesionalismo técnico y una visión de largo plazo. No se trata de renunciar a la soberanía, sino de entender que la competitividad regional dependerá de nuestra capacidad para integrarnos inteligentemente a la nueva arquitectura industrial y tecnológica de Norteamérica.
El mundo que vio nacer al T-MEC ya no es el mismo. La geopolítica, la seguridad energética, la relocalización de cadenas productivas y la revolución tecnológica imponen nuevas reglas. México puede aferrarse a un esquema que se debilita o construir, con realismo y firmeza, una relación bilateral moderna con los Estados Unidos.
X: @diaz_manuel


