Parte II
El 28 de noviembre de 2006, el reportero Luis Miguel Carriedo y yo platicamos con María Scherer Ibarra de un reportaje que Etcétera publicaría sobre el espionaje del que fue objeto su padre durante el gobierno de Luis Echeverría Álvarez. “A mi viejo le va a encantar” conocer todo el expediente, dijo María en las oficinas de Petén 94 de la revista que yo dirigía. La labor de Carriedo había sido extenuante, entre la tensión de la Ley de transparencia y la disposición de las autoridades, hasta lograr un expediente que da cuenta de la obsesión del presidente (y de los gobiernos sucesivos) por conocer cada paso del director de Excélsior o cada kilómetro desde su Dodg Dart.
Luis Miguel y yo coincidimos en que esos documentos pertenecían a Julio Scherer porque fue su vida la que estuvo en el centro y se los entregamos a su hija. Un par de horas después recibí la llamada del director de Proceso en la que solicitó autorización para publicar el reportaje y, casi simultáneamente, hizo llegar a Luis Miguel, “con un gran abrazo”, su libro “El indio que mató al padre Pro” y a mí me obsequió “Siqueiros, la piel y la entraña” acompañado de una inmerecida dedicatoria; maestro de los símbolos, Scherer sabía que, ocho años antes, rechacé una pintura del muralista que Echeverría me regalaba en su casa de San Jerónimo. El periodista también sabía que aún estaba fresca nuestra gestión, -cada quien la hizo por su parte- para que Carlos Castillo Peraza y Felipe Calderón volvieran a reunirse luego de su ruptura. (En 2007, Julio Scherer en Proceso y yo en Etcétera publicamos varias cartas del ex líder yucateco dirigidas a Calderón donde quedaba maltrecha la imagen del entonces presidente, razón por la cual ambas publicaciones dejamos de recibir publicidad oficial).
La revista Proceso publicó el reportaje sobre el espionaje a Julio Scherer García en diciembre de 2006 y lo hizo después de que Etcétera, cinco años antes, difundiera el texto al que aludí párrafos atrás sobre el mito de Excélsior y su director. Hombre acurado en peores lides, Scherer vivía en esos momentos lo que podría parecerle juego infantil si consideramos las amenazas de Arturo Durazo o las de Manuel Bartlett contra su vida y la de su familia si publicaba un trabajo que lo involucraba. Nadie imaginó que 32 años después el secretario de Gobernación en el sexenio de Miguel de la Madrid y artífice del fraude electoral de 1988 sería considerado un “patriota” por impulso del presidente Andrés Manuel López Obrador quien siempre simpatizó con Luis Echeverría.
Jesús Reyes Heroles tuvo como norma “aprender a lavarse las manos en agua sucia” de acuerdo con el testimonio de Scherer quien completó el parecer del secretario de Gobernación de López Portillo: “Sólo los espíritus cerrados aspiraban al falso o hipócrita mundo de la perfección o la pureza”. El periodista coincidió: “No una sino mil y mil veces habría que lavarse las manos en agua sucia y el cuerpo entero y la cara si hiciera falta” pero sin confundir “el equilibrio permanente con el poder eterno en las mismas manos”.
Scherer también acostumbró lavarse las manos en agua sucia como consta en sus dichos y sus actos de publirrelacionista con el poder que el caño, impedido por la memoria, jamás podrá llevarse. Así encomió a Díaz Ordaz por su discurso en el Congreso de Estados Unidos (“Fue un mensaje valeroso, señor presidente”) y abrió las páginas de Excélsior para ostentar una afición inexistente del presidente por los toros. Sobre el 2 de octubre escribió: “Excélsior había informado con honradez y veracidad acerca de los sucesos en Tlatelolco. Eso era cierto, pero no me engañaba. Habíamos escamoteado a los lectores capítulos enteros de la historia de esos días”. Por ese tiempo, en una comida celebrada en casa de Daniel Cosío Villegas donde estuvieron Luis Echeverría, Porfirio Muñoz Ledo y Scherer entre otros, Octavio Paz señaló: “Si el intelectual calla ante los abusos y los crímenes de los poderosos, traiciona su condición y traiciona a sus lectores y sus oyentes”.
La confianza de Julio Scherer con Echeverría fue tal que un día le preguntó si el general Cárdenas era inteligente, a lo que el presidente respondió: “Es muy pendejo”. La joya informativa se publicó 16 años después cuando el poder del Ejecutivo ya no era implacable y porque Miguel De la Madrid Hurtado no accedió a la dinámica de contrapesos y equilibrios que tan provechosos dividendos le había arrojado al director de Proceso. Por ejemplo, en 1973, a instancias del gobierno, conoció a Salvador Allende con quien tomó botella y media de whisky sin medir el tiempo (lo cual habría sido imposible sin el encanto del reportero): “Me sentí su amigo. Sin escrúpulos ni inhibiciones”, anotó Scherer en la misma libreta de apuntes en la que recordó a su madre lastimada por el cáncer y el regaló que le enviaron Echeverría y María Esther: un óleo de Chávez Morado que muestra la ciudad de Guanajuato “bajo la luz tenue del amanecer”.
“Yo vivía el tiempo de Palacio como una aventura”, dijo el director de Excélsior. Con esa emoción, le preguntó a Javier García Paniagua -eran los tiempos del “tapado”- si él querría ser presidente a lo que éste respondió que no hablaría del tema aunque, en su insistencia, el reportero le dijo: “Somos amigos”. También exaltado felicitó a López Portillo, Pepe, por la nacionalización de la banca, el 1 de septiembre de 1982, una acción que dañó severamente la economía mexicana y así fue como palpó los brazos de su primo quien los tensaba orgulloso luego de estar en el gimnasio.
Es memorable la juerga que, alrededor de mayo de 1983, ocurrió en un bar de las calles de Lafragua en la ciudad de México entre el director federal de seguridad de la Secretaría de Gobernación y el director de Proceso: “Los güisquis se sucedieron sin número ni cálculo. Después de cada tanda de canciones, en las bolsas del saco buscaba Zorrilla billetes que entregaba arrugados, sin mirarlos. Escuchamos canciones de Lola Beltrán, las más famosas de Lucha Reyes, oímos a Agustín Lara, a Gabriel Ruiz, ‘Las Mañanitas’, al amanecer.
Semanas después de la parranda Zorrilla visitó a Scherer en las oficinas de Fresas 13. Lo hizo contra la voluntad del director que estaba cerrando la edición. Era viernes. Zorrilla tenía la orden de Manuel Bartlett, su jefe, de impedir como fuera la publicación de un reportaje que lo dejaba muy mal parado.
-Es que no vas a publicar el reportaje.
-Aquí decido yo, José Antonio. Lo vamos a publicar.
-Te digo que no.
-Te aseguro que sí.
Las bravatas de Zorrilla terminaron entre amenazas y ruegos hasta que un consejo integrado por Rafael Rodríguez Castañeda, Carlos Marín y Vicente Leñero entre otros, decidió no publicar el material. Casi un año después, el 30 de mayo de 1984, fue asesinado el periodista Manuel Buendía y muchas miradas se posaron en Barlett y su sirviente. El 13 de junio de 1989, José Antonio Zorrilla sería capturado como autor intelectual del crimen mientras el político priista fungía como secretario de Gobernación.
A principios de 2002, José Carreño Carlón convocó a una fiesta en la que hubo decenas de personas. La mesa en la que me hallaba de pronto casi se vació porque, como soldados al cántico marcial, se pararon Carlos Monsivais, Rolando Cordera y Julio Scherer, a quien justo le decía que él había sido también beneficiario del poder. Poco antes habíamos coincidido sobre la diferencia que Paz estableció entre intelectuales e ideólogos del régimen, aunque la estatura de Reyes Heroles era muy superior a la de los ideólogos de los presidentes que siguieron, entre otras cosas porque muchos ni siquiera eran eso, ideólogos, sino sirvientes divulgadores de las decisiones del poder). El director de Proceso, amable pero decidido, salió del lugar para no encontrarse con Carlos Salinas de Gortari, quien sonreía como una estrella de música Pop. Esa noche, mientras el ex presidente atendía a su público, Gabriel García Márquez y yo platicamos de los senos “atónitos” de Leona Cassiani que tanto impactaron a Scherer. Debo precisar, el director de Proceso siempre aludió al término “atónito”, no a los redondos pináculos que Florentino Ariza jamás pudo palpar, razón por la cual los lectores de “El amor en los tiempos del cólera” también tenemos una eterna empatía con él.
Continuará…

