Quiero que sientan la noche en el centro de la Ciudad de México.
El día y el nombre de la calle son lo de menos. Todo está borroso y sucede en cámara lenta. El calor es intenso y húmedo. Estoy en una taberna española de los años 50 del siglo pasado, montada en estas acequias. Atrás están formadas como batallón de infantería botellas de ron, tequila, whisky y cognac, bordeadas por una barra de bronce. En el centro hay siete u ocho mesas pequeñas. El techo forma un tapanco de madera en el que andan por arriba pequeños ruidos, similares a los del martillo que juega con los clavos haciendo círculos:
Tu amor, no vale nada,
tu amor, no me interesa,
mirándote tal como eres
he podido comprobar
que no vales la pena
En el rincón derecho hay una escalera delgada que se asoma como un murmullo en el oído. Subo lentamente apañado en el barandal. En la penumbra se dibujan caras con puntitos rojos de cigarros. De pronto alguien me sujeta (no sé dónde dejo mi cuba) y comenzamos a bailar. Es una señora de huesos grandes sobrada de carnes, huele a perfume barato y gesticula en vez de hablar con largos movimientos de labios y frunciendo la nariz como si quisiera protegerse de los rayos del Sol. Dice que se llama Bertha y de sus muecas se desprende la advertencia de que estamos juntos en esa porción de soledad donde abunda alcohol y olor a tabaco y sudor. Estoy seguro de que no le interesa lo que hablo tanto como a ustedes no les importaría si se los dijera, pero ella finge que sí y me dice “mi amor”. Pero las trompetas nos dejan mudos y solamente moviendo las bocas.
Estoy pensando en ti…
Llorando
En un lamento
el dulce viento
llora conmigo
“La noche es bella, llena de estrellas…”, grita Bertha como si estuviera recitando un poema con los brazos sueltos, volando despacio, sin despegar su pecho del mío. Yo le aclaro que no siento desamparo, simplemente me gusta la fragancia de putas y los labios interesados. En esa atmósfera somos trazos de un lienzo intrascendente. Tristes, nada más porque esa es otra forma de disfrutar la existencia y así, abandonados en el rasgueo del güiro, escuchar palabras plásticas, recargarse en paredes mugrosas y remunerar besos mentirosos. Así es como le rendí tributo a Bertha en medio de la pista: “Y llevas en tu alma, la virginal pureza, por eso es tu belleza de místico candor”.
Aquella noche ella y yo nos brindamos la incertidumbre del destino, lo recuerdo treinta años después, al ver los muebles desvencijados que salen de las comisuras de concreto que, siendo una cantina, durante mucho tiempo, se llamó “Dos Naciones”. En la esquina de la calle noté el vuelo de una mariposa equivocada y mandé un beso al aire deseando que llegara a los años 50 cuando este recinto se inauguró con bombo y platillo.
Febrero de 2017

