VII
El teléfono sonó al mediodía del jueves 21 de julio de 2005. En el auricular estaba Rafael Rodríguez Castañeda quien, amable, me puso al tanto de la conclusión de una entrevista que nos concedió con la reportera Thelma Gómez Durán luego de la solicitud que le había hecho yo, un par de semanas antes, durante la comida que, por la Zona Rosa, tuvimos con Ricardo García Cervantes, amigo común y, por esos días, subsecretario de Gobernación.
El director de Proceso fue al grano. Me puso al tanto de la demanda civil que, hacía poco más de dos meses, entabló Martha Sahagún contra la revista y Olga Wornat por un texto sobre la anulación de su matrimonio con Manuel Bribiesca publicado el 17 de febrero de 2005. La esposa del presidente pretendía una compensación económica por el presunto daño moral que le habían infligido. Por esa razón, Rodriguez Castañeda me solicitó que la revista Etcétera que yo dirigía no publicara aquella entrevista dado que, durante la misma, él dijo que la reportera argentina abusa de los adjetivos y con ello se descalifica a sí misma, además de pronunciarse por la no invasión de la vida privada de los personajes públicos si estos no usaban esa misma privacidad para promoverse. No hicieron falta más detalles: las declaraciones del jefe del hebdomadario ponían en charola de plata una resolución del juez favorable a Martha Sahagún.
Hubo otro elemento: la persecución fiscal que, desde el 16 de abril de 2005, según Julio Scherer, la Secretaría de Hacienda ejercía contra su hijo. ¿Ese fue un escarmiento del poder contra la libertad de prensa o la presunta transgresión legal de Julito corría por caminos distintos al enojo de Martha Sahagún por el reportaje? Hay otra hipótesis: Proceso presionó al presidente para que Julito Ibarra quedará impune.
Scherer García visitó a varios funcionarios en su calidad de padre, no de periodista, según dijo, para que cesara la persecución. El lenguaje empleado por el legendario periodista impide discernir sobre la culpabilidad de su vástago (quien habría formado parte del equipo de campaña electoral presidencial de Francisco Labastida Ochoa y luego quiso integrar el equipo de transición de Fox).
Acepté no publicar la entrevista, pero puse una condición. Rafael y yo hallaríamos un foro para discutir de periodismo -estarían los directores de Proceso y Etcétera con un mediador-. El espacio sería un recinto universitario o, en el peor de los casos por el tiempo que faltaba para celebrarse, en la Feria Internacional del Libro de la Universidad de Guadalajara, en noviembre de 2005. Pactamos. Pero Rodríguez Castañeda desistió. Puso trabas hasta que aceptó el encuentro en la FIL y luego canceló de última hora enviando al reportero Álvaro Delgado. Hablamos del derecho a la intimidad de las personas públicas, el periodismo militante y el respaldo de la revista Proceso a su patrocinador Carlos Slim en el contexto de la reforma de la radiodifusión. Al terminar el evento, vi paseando a Rodríguez Castañeda, cargando dos bolsas de libros.
La edición de enero de 2006 de la revista Etcétera es interesante. El gallo de la portada tiene una cámara en vez del ojo. Reproduce el cuadro que Carlos Ahumada colgó en la sala para grabar a René Bejarano y Carlos Imaz, entre otros políticos además de periodistas. Destacan tres textos: la crítica a “La ley Televisa” -el afán del consorcio de lograr más privilegios- la reedición de mi ensayo “Un mito llamado Scherer” y abajo resalta: “Rafael Rodríguez Castañeda: Wornat se descalifica a sí misma”.
Durante la entrevista de siete páginas, el director de Proceso se revela ligero, lejos del gesto hierático y presuntuoso. Es cursi aunque lo niega: las películas de amor le hacen llorar, dijo. (¿El lector lo imagina echando lágrima con “Titanic”?). Prefiere a los Beatles frente a los Rolling cuando cualquiera podría creer que los periodistas duros definitivamente estarían con Jagger, sin concesión alguna.
En otro plano hubo más sorpresas. A Rodríguez Castañeda le disgustó que los periodistas nos ocupemos “de la anulación del matrimonio de la señora” aunque culpó de ello a la frivolidad de quienes ejercen el poder. Consideró una agresión contra Proceso la demanda de Martha Sahagún y esto dijo de Wornat: “Ella pone de por medio la calificación y, en ese sentido, prejuicia al lector, pero además creo que tiene un lenguaje soez, eso en detrimento de su propio trabajo, que yo creo que en lo fundamental tiene datos que nos permiten describir algo, que le permiten hacer esas denuncias, pero que ella misma se descalifica con ese lenguaje y los excesos y los adjetivos”.
Durante aquella comida con García Cervantes la plática fue off the record. Por eso lo único que recuerdo es que, frente a la frivolidad de la nueva clase política, dije entre los vinos que yo no encontraría cobijo para el periodismo amarillista y recordé una noche en TV Azteca, poco antes de una entrevista que saldría en vivo, cuando Martha Sahagún me sugirió que le preguntara si pronto habría boda. Le respondí que no, a diferencia de mi compañero en el panel. Por eso no me sorprendió escuchar la pregunta. Lo que me desconcertó fue que a la directora de Comunicación Social de la Presidencia se le iluminaran las mejillas y, ante las cámaras, como si estuviera acorralada, admitiera la posibilidad. Pero ella no fue la única que actuó en esta disputa por la credibilidad donde la verdad fue lo de menos.

