Se ha concluido la gesta mundialista en el país que compartió sede con Estados Unidos y Canadá, y más allá del resultado deportivo, socialmente, México es otro después de estas semanas en las que se paralizó la dinámica polarizante que se gestiona desde Palacio Nacional.
Se coincide con la mayoría de los analistas deportivos en la cuestión relativa al ambiente y al comportamiento de las masas durante este evento deportivo, mismo que en un inicio contaba con raquíticas expectativas. El preámbulo, la antesala y los días que le antecedieron a la inauguración fueron muy duros para el gobierno federal y los ánimos populares estaban en niveles críticos.
Aún y cuando la Copa Mundial de Fútbol canalizó el fragor social y se despresurizó ligeramente el encono hacia el gobierno, el día después de la eliminación deja un contexto proclive para pensar y analizar.
El principal punto que se ha de recuperar y enaltecer es el sentimiento y la sensación de unidad nacional que se vivió en torno al seleccionado mexicano de fútbol. Por primera vez en décadas se percibió a la sociedad unida y yendo hacia el mismo lado, por encima de convicciones e ideologías.
Al menos quien redacta este espacio, en sus 37 años de vida no había atestiguado semejante movimiento u ola de emociones populares. En una época en la que difícilmente ya se le sorprende al ser humano —ni se diga al mexicano—, lo logrado por el fútbol, en nuestro microverso ha de señalar el inicio de un nuevo ciclo y de nuevas visiones.
La historia nacional permanentemente recuerda que la división entre mexicanos ha causado las más grandes tragedias registradas en este territorio. Las guerras fratricidas han marcado el devenir político de la nación. En la actualidad, por causa de la patológica polarización oficialista, lo que vivimos no es tan diferente a lo sufrido durante los otros siglos.
Asimismo, el repudio hacia el oportunismo de la clase de política en general con el evento deportivo fue la postal promedio que se visualizó en redes sociales y el mexicano de a pie dejó claro que está por encima de mafias y clientelismos.
Quedarán para la posteridad las imágenes de la solitaria presidente de México quien tuvo pavor de ir a los estadios y quien se refugió en las alcaldías administradas por sus acólitos, los cuales buscaron esbozar un discurso visual de fortaleza a quien desde hace tiempo no ejerce el poder político real.
De manera paralela a lo acontecido durante la campaña mundialista, no es menor que el gobierno de los Estados Unidos no se detuvo en su dinámica internacional y se propinó el duro golpe de no renovar automáticamente el T-MEC. Con o sin partidos de fútbol en la agenda, el gobierno de Trump sigue hablando a través de la acción y no se mezcla con politiquerías tropicales. Este suceso debía haberle costado el trabajo al actual secretario de Economía mexicano, cuyo nombre no vale ni la pena citar. Es un fracaso total.
Se cierra esta semana agradeciéndole a la vida por haber tenido oportunidad de ver a un México unido cuando se cantó el himno nacional previo a los partidos de la selección nacional. Ese México es el que debemos lograr todos los días, no sólo cada 4 años. 2027 nos necesita en armonía para restaurar el país.
La unidad real se materializó ante los ojos de todos y no hemos de dejarla escapar, ya que esta unidad es también una oportunidad única en décadas y la cual no debemos perder de entre nuestras manos. Estamos ante nuestra hora más crucial y más oscura y por fin hemos visto la luz, nuestra propia luz como mexicanos.


