Desde el sexto piso de Río Lerma número 143, en el Distrito Federal, podía escucharse el suave rumor que anunciaba una leve llovizna. Los bacantes llegaron exánimes rayando el mediodía porque no funcionaba el elevador, pero se repusieron con jazz, Johnny Cash y los ronroneos de tres gatos atigrados. Había muchas plantas, el ceviche preparado por Marie-Jo exudaba jugosidad y el whisky abundaba tanto que las insolencias eran destellos de la inteligencia que definió el suceso literario más importante de los últimos años en México. El festejo era justificado: el 15 de octubre de 1971 circuló por primera vez, gracias a Excélsior, la revista Plural. Crítica, arte, literatura. Si las tertulias son números de una revista oral como imaginó Gabriel Zaid, aquí podría hacer la edición respectiva pero dicha edificación está fuera de mi alcance, nada más soy un maestro de obras que apila ladrillos y recoge testimonios.
Fue un viernes, lejos habían quedado los días de cabaret y casas de mala entraña en las aventuras de los escritores que por lo regular iniciaban en el restaurante Bellinghausen de la Zona Rosa, aunque André Breton y Carlos Pellicer los acompañaban como siempre. Paz coronó la quimera abocetada desde 1966; estaba en un gran momento creativo y su experiencia lo perfilaba como un editor magnífico. “Barandal” publicó siete números entre agosto de 1931 y marzo de 1932 y “Taller” doce, de diciembre de 1938 a febrero de 1941. Guillermo Sheridan apunta que el nombre de una, según la leyenda, desembocó de la costumbre de los editores por discutir recargados en un pasamanos de la Escuela Nacional Preparatoria de San Ildefonso: Salvador López Malo, Octavio Paz, Salvador Toscano y Arnulfo Martínez Lavalle. A los 25 años en “Taller”, Paz enfrentó la pretendida neutralidad política del director Rafael Solana, rehusó el destino de esas revistas a la marginalidad y, con una pasión enternecedora, quiso construir al mexicano atribuyendo a la literatura y la poesía esas virtudes y otras más contra el Estado burgués. Así, el poeta construyó la historia del futuro, al menos del suyo envuelto en la controversia desde entonces hasta obtener una victoria cultural avasallante.
Con esa conmovedora pasión y frente a la guerra civil española, Paz escribió “No pasarán” que irritó a los “Contemporáneos” porque no se alineó a los cánones de pureza universal -el amor, la muerte o la soledad- en tanto “Taller” lo respaldó. El poema es insustituible de la biografía de Paz aunque lo apenó su retórica, tanto como los “Salmos rojos” lo son de Borges quien los destruyó avergonzado del ultraísmo y su adhesión a la revolución rusa. “No pasarán” desencadenó en una convocatoria a los españoles exiliados y su inclusión desbordada extravió a “Taller” de la ruta. Pese a ello, el joven poeta absorbió el aporte de los “Contemporáneos”, sus vínculos intelectuales con Europa y Estados Unidos y, realista, aceptó que la construcción mexicana ocurriría dentro de una minoría que sería parte de un tejido social diverso. Esa minoría, además, sería troceada en corrientes de pensamiento que tendrían álgidas disputas ideológicas y políticas.
25 años después, Paz le platicó a André Malraux que mantenía esa fiebre editorial durante una cena en Delhi. El novelista francés no era ajeno a las peripecias de “Taller” pues fue antifranquista y gestionaría apoyo del gobierno de su país para la nueva revista. No cuajó, sin embargo, porque el gobierno francés vio una vía para la propaganda y no un “centro de convergencia de escritores independientes”. Otro traspiés fue por la incontinencia de Carlos Fuentes, quien amplió tanto la convocatoria que nació un cuadrilla muy heterogénea. Por ejemplo, Mario Vargas Llosa y otros difirieron tajantemente del apego de Gabriel García Márquez a la revolución cubana. En ese terreno árido, nadie imaginó que pronto el mercado mexicano accedería con regularidad a E. M Cioran, Susan Sontag e Italo Calvino. Ni los editores creían estar de ocupar un sitio del laberíntico edificio de Excélsior, con amplios sillones de piel y archivos ordenados por Sonia, una guapísima secretaria.
La revista heterodoxa que surgió sin el grupo de Octavio Paz se llamó Libre. El nombre fue lo único rescatable, como advirtió el poeta quien mantuvo el plan hasta 1971, al regresar a México, a pesar de que era visto como forastero incluso por la UNAM que no le ofreció una cátedra. Julio Scherer apenas conocía a Paz pero ese año, durante una fresca caminata que arribó a los jardines del hotel María Cristina, le propuso la confección de una revista semanal de opinión. “Rehusé”, contó el poeta, “no me sentía con inclinaciones para el periodismo militante. Tampoco con talento”. Tenía otra idea y le propuso “una publicación de cultura, letras, artes, pensamiento. Tú aceptaste con entusiasmo. Todavía me maravilla tu gesto. Así nació Plural”. Tendría soporte financiero, circulación e instalaciones que son las ausencias típicas que diluyen deseos parecidos y, con el apoyo del periódico, el apocalipsis se debilitaba.
Paz entendió como pocos el contexto nacional que necesitaba más que la democratización del PRI y un mejor destino que el avistado por los dogmas populistas y las proclamas de la izquierda “murmuradora y retobona”. Tuvo claro que cualquier programa debía partir de un hecho: la pluralidad, por lo que el término brotó ineludible y sobrio, para nombrar a la revista. Así la anunció la portada del diario, el martes 28 de octubre de 1971: “Excélsior publicará Plural, tribuna de pensadores”. En la noche también “los güisquis dominaron la mesa”, explicó Scherer.
Más que a un editor contemporáneo podríamos preguntar qué sensaciones habrá tenido un lector frente al primer número que intenta concretar la autonomía del pensamiento animada por la adhesión democrática contra los regímenes militares latinoamericanos y los sistemas totalizadores del “socialismo real”. Es decir, frente al golpe de Estado chileno, la dictadura argentina o el Gulag sovietico y el autoritarismo cubano. La politización no era sinónimo de pensamiento crítico por lo que Paz alentó que Plural no fuera una revista militante por lo que también reprobó a la guerrilla, en una actitud frontal contra sus alentadores que, según Paz, escamoteó Héctor Aguilar Camín en su roman à clef , “La Guerra de Galio”.
Qué emoción tendría el lector viendo una portada con matices de terracota, sin imágenes, donde despuntan Lévi-Strauss y la formación de América, luego textos sobre la modernidad literaria latinoamericana de Octavio Paz, Carlos Fuentes, y otro de Harold Rosenberg de crítica al arte que considera a Estados Unidos como epicentro. Hay que agregar que en las páginas interiores hay viñetas de José Luis Cuevas y que casi todas las portadas las diseñó Kazuya Sakai con arcoiris y olas por lo regular.
José de la Colina escribió que “los de la izquierda nacionalista y correcta” solían llamar a Paz y los miembros de Plural, con tonos peyorativos, elitistas y cosmopolitas (así de provinciano era el ambiente intelectual). Muchos cooperativistas de Excélsior les llamaban “apretados” y “catrincitos”. Cargaron el complejo, mezcla de resentimiento e impotencia, que hoy día también menosprecia el pensamiento. Por ello creo que al lector promedio le sería indiferente leer a Charles Fourier, Fernando del Paso, Guillermo Cabrera Infante y la poesía erótica náhuatl. Sin embargo, Plural sería vigente porque hubo un circuito dispuesto al esfuerzo intelectual: “el principal deber del escritor no es con su país sino con la escritura”, argumentó Paz.
Esta es, como reflexionara Borges en situaciones similares, la historia del pasado del futuro.
Herencia y tradición. Plural no surgió de la nada, como aclaró Alejandro Rossi, sino de una tradición construida por la Revista de la Universidad, la Revista mexicana de Literatura y el suplemento La cultura en México fundado por Fernando Benitez. Plural también integró el trabajo de publicaciones ocasionales o modestas y fue relevante porque una incipiente “clase media ilustrada”, así la calificó Adolfo Castañón, acudió al llamado como lo muestra el éxito que tendría Vuelta. También en situaciones parecidas, Paz anotó: “en esos espacios vacíos los tiempos se entrecruzan y se invierte nuestra relación con las cosas: más que recordar al pasado sentimos que el pasado nos recuerda”.
El llamado “Golpe a Excélsior” detonó la renuncia del grupo editorial de Plural y, aunque en su segunda época fue capitaneada por Jaime Labastida, perdió credibilidad y solidez a pesar de la concurrencia de Adolfo Sánchez Vázquez, Néstor García Canclini y Eduardo Casar, entre otros. Tengo en mis manos la edición original de Plural correspondiente a julio de 1976, la última que dirigió Paz. La crítica de Cosío Villegas al rito del presidencialismo mexicano es despiadada, “el verdadero tapado resulta siempre un Don Nadie políticamente hablando”. “De allí la imprescindible necesidad de fabricarle una personalidad” y crear una relación de esperanza del votante con el presidente quien, esta vez, sí conseguirá el futuro luminoso. La cito para remarcar esta línea de análisis poco ejercida: Plural fue, en varios momentos de sus 58 números, diametralmente distinta a Excélsior y, sin embargo, Scherer no se entrometió. A diferencia de la revista, el periódico participó del rito del tapado, lo que es más, fue protagonista de la ceremonia porque así se lo solicitó el poder, y alentó la esperanza renovada cada sexenio. La relación de Scherer con los presidentes lo prueba.
Excélsior contenía Revista de Revistas y Jueves de Excélsior por lo que, como patrocinador, Scherer respetó la independencia de Plural. Aunque sus hojas vibraron con otros vientos, fue impasible a la crítica de sus “amigos comunistas” y de muchos cooperativistas. Plural fue auténticamente sediciosa, para usar un término de la época, y no sólo por inquirir a los regímenes socialistas de los que Luis Echeverría y Excélsior fueron seguidores igual que la “izquierda estalinista” (ni modo, también así se hablaba en aquellos tiempos). La condena de Excélsior y el gobierno a los jóvenes de Avándaro contrastó con el reportaje de Elena Poniatowska que le encargó Paz para Plural, en el que recoge la belleza de la legendaria muchacha y los saltos de alegría de sus pechos en la celebración al mismo tiempo que coreó consignas contra el PRI. El feminismo de la revista, que no tuvo Excélsior, se acentuó con otro texto de Eena sobre la despenalización del aborto. Durante casi un lustro, en 58 números, las más agudas críticas al poder desde Excélsior provinieron de Plural.
Paz siempre manifestó que la actitud de Scherer frente a la revista fue admirable. “Los textos que aparecían en Plural no podían gustarle: eran lo contrario de lo que él pensaba. No obstante, jamás nos hizo la menor censura y nos ayudó siempre”. En el plano mundial, Gastón García Cantú recordó “los manicomios” soviéticos y en el plano nacional él mismo cuestionó la propaganda de Carlos Fuentes en favor de Echeverría o las ocurrencias culturales de López Portillo; en esa línea Gabriel Zaid criticó a la prensa y los intelectuales complacientes o sometidos como hubo muchos en Excélsior. La edición 13 dedicada a “Los escritores y el poder” es paradigmática. Sin embargo, Paz recordó que no firmó el manifiesto de apoyo al depuesto director de Excélsior porque los redactores del documento rechazaron incluir al equipo de Plural, lo que provocó que ellos divulgaran su propia declaración de protesta que, junto a otras publicaciones marginales, solamente publicó Siempre!, el 28 de julio de 1976:
EL CASO DE EXCÉLSIOR: DECLARACIÓN DE PLURAL
Ante los cambios ocurridos recientemente en Excélsior, los firmantes miembros del Consejo de Redacción de Plural, declaran:
Plural nació hace cinco años con un propósito claro: ser un sitio de reunión de la imaginación creadora y del pensamiento crítico. En nuestra revista se han expresado las distintas tendencias artísticas y literarias de nuestro tiempo y se han debatido las ideas que hoy apasionan a los hombres. En sus páginas han sido descritas y denunciadas las realidades de nuestra época terrible, de Gulag a Chile. La realidad mexicana ha sido nuestra constante preocupación; a penas si es necesario recordar que, hasta el día de su muerte, fue colaborador uno de los críticos más lúcidos de nuestro pasado y de nuestro presente: Daniel Cosío Villegas. Aunque, como es natural, no siempre las opiniones de Plural han coincidido con las expresadas por Excélsior en sus editoriales, jamás se nos pidió que cambiásemos una idea, una orientación o un adjetivo. No podía ser de otro modo: sólo un periódico independiente , hecho y escrito por hombres libres, podía publicar una revista con vocación crítica como Plural. De ahí nuestra indignación ante la forma en que se ha procedido contra Excélsior y sus dirigentes. Es indudable que ese ataque no ha tenido otro objeto que acabar con una isla de independencia crítica. ¿El monolitismo político quiere también convertirse en monolitismo ideológico? ¿Las poderosas burocracias políticas y económicas que nos rigen se proponen acallar las pocas voces libres que quedan en nuestro país?
La salida de Julio Scherer García, Hero Rodríguez del Toro y un numeroso y distinguido grupo de periodistas de Excélsior significa la transformación de ese diario en una bocina de amplificación de los aplausos y los elogios a los poderosos. Es imposible no interpretar lo sucedido como un signo de que avanza hacía México el crepúsculo autoritario que ya cubre casi toda nuestra América…
Octavio Paz, Gabriel Zaid, Juan García Ponce, Alejandro Rossi. Salvador Elizondo, Kazuya Sakai, José de la Colina, Tomas Segovia.
Como colaboradores de Plural se han adherido a esta declaración: Ramón Xirau, Rafael Segovia, jaime García Terrés, Esther Seligson. Luis Villoro, José Emilio Pacheco. Gastón García Cantú. Enrique Krauze, Manuel Felguérez.
Lo que sigue lo narró Paz:
“Scherer y sus amigos iniciaron una campaña, recogieron fondos y en un acto público anunciaron la fundación de un semanario político y de información. El amnésico orador del acto -el periodista Granados Chapa- ni siquiera mencionó a Plural ni a sus redactores y colaboradores. Fue una falla, más que de la memoria, de la sensibilidad moral”. Es curioso, el único testimonio mexicano aparecido fuera del país sobre el caso de Excélsior fue un artículo mío, rememora Paz, quien concluye diciendo que, pese a todo, “el desaire nos unió”.
El recuerdo no es mío sino de Rossi: el jueves 8 de julio de 1976 poco antes de la asamblea de cooperativistas, él y Octavio Paz acudieron a la oficina del director de Excélsior. Luego de recoger documentos personales se despidieron con un apretón de manos que avistó malos presagios. Rossi y Paz fueron a comer y al regresar encontraron a 103 periodistas y cooperativistas en una banqueta de la avenida Reforma; los contó Poniatowska. Juntos caminaron la acera hasta que sus semillas germinaron en una bifurcación: Proceso y Vuelta. En esa tierra, entre Paz y Scherer también había nacido una amistad caótica, impregnada de güisqui, inconsistente y encarnizada, así como lo son todas.

