Me gusta pensar que Karol Wojtyla alguna vez sintió desguazado el corazón y que así, en el desconsuelo por la ausencia de aquella mujer, Teresa, apretó el escapulario muchas veces al recordar que había roto el celibato un par de años antes de ser el representante de dios en la Tierra. Ojalá que sí lo haya hecho, me refiero a que hubiera restregado su cuerpo junto al de Teresa, y no lo digo por esas cartas que podrían exhibir una vez más la gran hipocresía de la iglesia católica. Lo digo porque me parece hermoso creer que Wojtyla, finalmente, sí conoció el paraíso entre las piernas de una mujer. Que abrazó fuerte a Teresa y se lo entregó todo sin clemencia y que ella así lo recibió, vigorosa y entregada; los dos concupiscentes. Me gusta pensar en aquellas cartas como un vestigio del desafío de Wojtyla a esa iglesia que condena a la lujuria, aunque ese desafío hubiera durado un instante porque instantes como esos duran para siempre.
