El periodismo se adultera cuando se ponen en el mismo plano, y con los mismos enmarcados y lenguajes argumentales, el espectáculo, el entretenimiento y el discurso de lo público. El perro guardián de la democracia se convierte aquí en el chucho malabarista del mercado.
Existe la percepción de que los noticiarios de la televisión han degradado su agenda, en la que predominan los sucesos y los deportes, mientras que la información general se aborda de forma descontextualizada, mediante una secuencia de imágenes y titulares hilvanados en unidades muy breves. Esa pérdida de calidad, relacionada con la prevalencia del espectáculo, se extiende también al resto de los medios. Paradójicamente, cuando los usos tecnológicos permiten integrar mayor cantidad de información y el acceso a las fuentes es mucho más fluido, se produce el oscurecimiento del periodismo.
El atentado terrorista del 14 de noviembre de 2015 en París puso de manifiesto el divorcio de las televisiones españolas con la información .Las cadenas no interrumpieron sus emisiones y, cuando finalmente abordaron el suceso, rompieron la estructura habitual de sus noticiarios y centraron su atención en un acontecimiento de indudable interés general. Sin embargo, este hecho extraordinario dejó al descubierto las debilidades de los informativos en el tratamiento que dieron a la noticia. Se asistió a una narración repetitiva, dominada por la cara espectacular del suceso. El contexto causal, es decir, el trabajo periodístico que debiera haber explicado el acontecimiento, quedó prácticamente ausente. Ni siquiera se aprovechó el momento para situar a la opinión pública ante la realidad del autodenominado Estado Islámico. Además, los conductores de distintos programas de entretenimiento tomaron el drama como objeto de sus manipulados sensacionalistas.
En este caso, como en otros, la información de lo que sucede apela a respuestas emotivas, a tomas de posición marcadas por la dureza de las imágenes, pero contribuye poco o nada a conocer las causas, a armar el pensamiento en los valores éticos de la cultura democrática (Camps, 2006). La información aparece aquí como una extensión de un espectáculo contado en claves más propias del entretenimiento o de la ficción.
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