Recomendamos: The Revenant: El retorno del mundo de los muertos al mundo del terror

Pioneros y leyendas


Desde sus orígenes el género del western ha sido altamente ideológico, especialmente conocido por ser un vehículo de propaganda del excepcionalismo americano y, más recientemente, tras varias transiciones (y la prodigiosa aportación de Los imperdonables-Unforgiven, de Clint Eastwood, 1992) se ha vuelto un medio para reflexionar en torno a los derechos civiles y la diversidad en una sociedad abierta. El del western es un mundo en transición, de choque entre civilizaciones que se traduce en un orden moribundo ante la llegada aplastante de la modernidad. El género está poblado por hombres rudos que viven en condiciones extremas, sobreviviendo a la brutalidad de la naturaleza y a confrontaciones constantes con nativos que son representados a menudo como aborígenes sedientos de sangre sin reivindicaciones legítimas. Estas narraciones dieron lugar a los héroes de la frontera, a los hombres (y una que otra mujer) que “abrirían” el Oeste a la civilización, y que eran admirados por las clases urbanas de un naciente país híbrido que necesitaba símbolos y justificaciones para su expansionismo.


En 1823 James Fenimore Cooper publica Los pioneros, la primera novela de su pentalogía Leatherstocking, una serie con la que inventa el género del western. Los primeros relatos de esta veta eran recuentos oscuros cargados de fatalismo en los que se planteaba la inminente desaparición de un mundo y la enajenación de los colonos ante un paisaje abrumador y hostil. Este tipo de recuentos cedieron eventualmente su lugar a las posteriores versiones hollywoodenses de optimismo y triunfo sobre los elementos, a la épica del destino manifiesto (un concepto que es acuñado en la década de los 40 del siglo XIX) y de la construcción gloriosa de una nación. El western nace y triunfa en el cine como el primer género propiamente americano con el que los cineastas estadounidenses competían contra sus más experimentados pares europeos. Y en gran medida el triunfo del género se debió a la fascinante geografía del “nuevo mundo” y a la fotografía espectacular que capturaba la grandeza del paisaje.


Visiones de otro nuevo mundo


Lo primero que es evidente y a la vez obligatorio señalar a propósito de The Revenant (traducida en México con inmensa torpeza como El renacido) es que, independientemente de la historia que se cuenta, Alejandro González Iñárritu y su director de fotografía, Emmanuel Lubezki, crearon un filme visualmente arrollador que si bien muestra la belleza fulminante del medio (filmado en ocho meses de invierno entre Canadá y Argentina), despoja a la inmensidad gélida del paisaje de sus elementos pintorescos para convertirla en una visión del purgatorio, un territorio desolador donde la crueldad humana tiene su eco en la fría negligencia de un universo inmisericorde. En gran medida esto lo consigue valiéndose del uso inteligente de la luz natural y de la profundidad de enfoque que permite la nueva Arri Alexa 65 mm, que pasa del detalle ínfimo a poderosas visiones panorámicas en un parpadeo. La poética visual de este filme no desmerece ante las obras que han cimentado este género, desde los clásicos de John Ford como Stagecoach (1939) y She Wore a Yellow Ribbon (1949) hasta The Assassination of Jesse James by the Coward Robert Ford, de Andrew Dominik (2007), pasando por The Wild Bunch, de Sam Peckimpah (1968).


http://literalmagazine.com/the-revenant-el-retorno-del-mundo-de-los-muertos-al-mundo-del-terror/

Autor

Scroll al inicio