Julio Scherer y los senos atónitos de Leona Cassiani

Este texto fue publicado originalmente el 8 de julio de 2016, lo abrimos de manera temporal por el segundo aniversario luctuoso de Julio Scherer García. (7 de abril 1926 – 7 de enero 2015).


El 8 de julio de 1976, la inteligencia de este hombre de 50 años es lúcida y resuelta. Sabe que se equivocó al menospreciar el conflicto interno en la cooperativa del periódico que él encabezaba y que, en ese camino, desdeñó a varios de sus amigos más queridos que se lo advirtieron. Pero aún con el ánimo destazado Julio Scherer García vio que esas diferencias internas habían sido aprovechadas, y en más de un sentido incitadas por supuesto, pero no inventadas por el presidente Luis Echeverría Alvarez. El director de Excélsior le había puesto su destitución en charola de plata al gobierno federal, aunque en cierto modo también fue correspondido pues del hecho nació uno de los mitos más grandes del periodismo mexicano.

Julio Scherer García (como todos nosotros) fue hijo de las circunstancias, y por eso vale la pena acudir el pasado: él fue parte del anquilosado sistema político donde, como si fuera un juego de espejos, los medios de comunicación amplificaban la imagen del Presidente de la República y omitían sus errores lo más posible; incluso frente a los trágicos acontecimientos de 1968 y 1971 el diario Excélsior no se distinguió especialmente de la prensa. Hace cerca de 18 años le hice notar esto a Luis Echeverría en la sala de su casa, en donde me recibió para una entrevista que se transformó en una plática de alrededor de seis horas. Él asiente complacido aunque (casi) de inmediato brinca de su asiento cuando nota que mi observación subraya el autoritarismo del entonces Presidente pues algunos columnistas del diario no entonaban exactamente la misma partitura e incluso algunos muestran sutilmente sus diferencias, y esas mínimas variaciones suscitaban la furia del Ejecutivo. No y no y no, declama Luis Echeverría para insistir en que todo fue sin más un conflicto interno. No, le digo, este fue un embate suyo que aprovechó las diferencias internas. La diferencia fue mayor cuando al despedirnos no acepté un cuadro de Siqueiros que el expresidente me obsequiaba como una muestra de su aprecio por esa conversación.

Pero entonces esa es la dimensión de los hechos, según creo. El llamado “golpe a Excélsior” provino desde dentro y eso diluyó a un diario que no aplaudía en los mismos tonos que como lo hacían otros, por eso su director se situó entre quienes agradecieron al Presidente por la libertad de expresión de la que gozaba el país. La revista Siempre! tenía 23 años de nacida luego de un acto de censura porque José Pagés Llergo publicó una foto de la hija del expresidente Miguel Alemán Valdés donde ella se ve bastante molesta porque su esposo estaba realmente complacido admirando el cuerpo de una bailarina, en un centro nocturno de París. Y este es clave, aunque en la generación del mito ha sido desdeñado: José Pagés Llergo fue uno de los periodistas que apoyaron al nuevo proyecto de Scherer además de grandes reporteros y hombres de la cultura como Octavio Paz. Sólo así, y no por la obra de un solo hombre, puede explicarse el nacimiento del semanario Proceso hace cuarenta años. Y vale la pena agregar algo más complejo que las epopeyas: en aquella época iniciaba la transición democrática mexicana con la reforma política de 1977 impulsada por Jesús Reyes Heroles (guste o no, con la aquiescencia presidencia) y que, entre otras virtudes, comenzaba a reflejar la incipiente pluralidad política y también en los medios: nace Proceso, sí, y luego unomásuno, La Jornada y El Financiero, por ejemplo.

Julio Scherer supo capitalizar eficazmente las diferencias que tuvo con Echeverría, incluso en beneficio de la libertad de prensa en México ya que, sin duda, Proceso significó un gran aporte informativo y editorial para el registro de los acontecimientos y su análisis, que integró a reporteros con solidez profesional y recelo por situar al testimonio con el dato puro y duro, y a la revelación con la verificación. En ese trayecto, el director del semanario nunca perdió la vocación periodística ni tampoco su disposición para entablar amistad con los presidentes, como consta en sus testimonios: su intercambio culto y delicado, lleno de evocaciones de la historia, con José López Portillo; su búsqueda incesante (aunque frustrada) por convivir con Miguel de la Madrid Hurtado e incluso su estrecha relación con el presidente Carlos Salinas de Gortari a quien consideró su amigo, además de su entusiasmo amistoso con Luis Donaldo Colosio (las anécdotas que el mismo Julio Scherer narra sobre una cena con el candidato del PRI o la otra en la que relata que Colosio visitó sorpresivamente las instalaciones de Proceso son muy sugerentes, incluso cuando cuenta que el político sonorense entró a orinar y surgió la iniciativa entre los directivos de Proceso de situar el mingitorio en un pedestal). El mismo Julio Scherer platica entre sus libros que en varias situaciones obtuvo ayuda financiera en publicidad; incluso durante el primer año de la administración del presidente Vicente Fox, esta revista fue la publicación que más recursos obtuvo, provenientes del erario, en materia de publicidad oficial. (Como se sabe, cuando eso dejó de suceder e incluso ya no recibió dinero por esa vía de parte del gobierno federal, Proceso se inconformó, incluso ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos).

Julio Scherer fue un hombre de su tiempo; el mito surgió, sin duda, desde el poder resuelto a no aceptar más que unanimidades, pero también ese mito se desplegó desde la inteligencia del periodista en su trabajo y para relacionarse y convocar a hombres y mujeres brillantes del periodismo. No (me) cabe duda: Scherer cuestionó al poder y junto con ello, en más de un sentido, también disfruto del poder. Se lo dije al periodista hace casi 16, durante una fiesta a la que nos invitó un amigo común. No me respondió en aquella ocasión pues él había resuelto levantarse de la mesa (estábamos sentados juntos) porque en instante estaba entrando al lugar Carlos Salinas de Gortari. Con la humanidad pesada pero el espíritu resuelto, Scherer tendió la mano a Carlos Monsiváis y juntos salieron del lugar. Entonces, la subdirectora de etcétera, Ruth Esparza Carvajal, y yo, continuamos platicando con Gabriel García Márquez sobre aquellos “senos atónitos” de Leona Cassiani que tanto embelesaron a Julio Scherer, en opinión mía casi tanto o tanto como el poder al mismo Scherer. El caso es que sólo miré de reojo a Monsiváis y al periodista que caminaban altivos rumbo a la puerta, y apuré uno más de los incontables tragos de esa noche.

Autor

Scroll al inicio