Este texto fue publicado originalmente en el semanario (edición 194) de etcétera con fecha 17 de octubre 1996, lo abrimos de manera temporal dada su relevancia periodística.
A Marco Levario, Alberto Monroy, y Humberto Jaramillo. Con mi reconocimiento a su desarrollo personal. Amigos adquiridos para siempre en estas batallas en el desierto.
A diez años de distancia “¿volverías a participar en el CEU? “, “¿crees que de este movimiento se derivará una generación como la del 68?”, tales preguntas me fueron hechas por un buen amigo hace unos días, quizá motivado por ese ejercicio que se realiza cada número especial de años, para refrescar la memoria sobre sucesos que se estima transformaron la vida nacional. O tal vez la intención de provocar, una vez más, esa eterna discusión que se posesiona de toda reunión en donde hay más de uno que haya participado de ese estado de ánimo colectivo que fue el movimiento estudiantil.
No sé si en esa “Transformación de la Vida Nacional” podemos ubicar el movimiento estudiantil de 1986-1987. Lo que sí puedo afirmar es que marcó parte de la vida de quienes participamos en las discusiones, las marchas, los mítines y la huelga en la UNAM.
Participaría de nuevo en aquel CEU de 86, claro que sí, pero sería como pedirle al tiempo que vuelva, ir al pasado con mejores elementos para aprovechar oportunidades, corregir errores y modificar situaciones. Eso, hasta hoy, no es posible sino con la máquina del tiempo de esa cosa que llamamos nostalgia.
Tampoco es posible coincidir hoy con un membrete universitario que se desgasta día a día en batallas sin argumentos. Que heredó de aquel CEU sólo el espíritu contestatario que lo lleva a convertirse en muro de concentración de aparición recurrente y ojalá cada vez más testimonial, ante los intentos de transformación en nuestra máxima casa de estudios.
¿O alguien podría simpatizar con aquellos que se oponen a la transformación del plan de estudios CCH señalándola como una declaración de guerra?, afirmación de sus actuales “dirigentes” de la que da cuenta La Jornada el 3 de julio de este año, que exhibe una vez más la carencia de propuestas del movimiento estudiantil y la deficiencia estructural de querer participar en la reforma académica sin tener la preparación y los conocimientos suficientes para sustentar con argumentos su interés de incidir en los cambios. No, con este CEU, ni a la esquina.
Las “generaciones” no las construyen solamente quienes se autoproclaman sus integrantes. Se van identificando social e históricamente en el derrotero de los años y se va ubicando en ellas a los sujetos que por su participación en ese momento y su desarrollo posterior construyen señales de identidad, se involucran en proyectos colectivos y tienen méritos individuales.
Una de las líneas que permea en torno a la reflexión sobre el movimiento estudiantil. Es querer equiparar a los jóvenes que nos opusimos a la reforma universitaria que impulsó el entonces rector Jorge Carpizo con el movimiento estudiantil de 1968; algunos más reflexionarán sobre la viabilidad de modernizar a la universidad más grande de América Latina. Sobre esto bordarán los exámenes y las opiniones de analistas y partícipes de esa coyuntura. Yo me quedo con las imágnes que llegan a la memoria sobre esos momentos.
Si algo aprendimos los que participamos en el CEU y especialmente en la Corriente de la Reforma Universitaria es que el ejercicio de la crítica requería de propuestas, para no fomentar el carácter conservador y contestatario del movimiento.
Desde su formación éste se caracterizó por sus negaciones. No por sus propuestas. Se estaba consciente de la necesidad de mejorar la calidad de la educación universitaria, pero no se sabía cómo. Existía un gran desconocimiento de la universidad, de su organización y sus prácticas académicas, pero había un ánimo voluntarista que se reflejaba en el deseo de participar del cambio. Así lo señalaba nuestro lema de batalla: “Queremos todo, lo siempre ajeno, lo nunca nuestro: lo tomaremos”.
En un inicio existió un espíritu de suma y pluralidad que poco a poco se transformó en un autoritarismo disfrazado: después de que “volvimos y fuimos miles”, el CEU era la univesidad, o eso pensó. Nuestra fuerza era la razón los equivocados eran los otros, las autoridades, Unidad Universitaria e incluso los profesores de izquierda que, como Carlos Pereyra y Heberto Castillo, criticaban el ánimo conservador del movimiento. Existía la propuesta de avanzada: realizar un Congreso General Universitario que, como magna asamblea de liberativa y resolutiva, aprobara los cambios que requería la universidad. Amparados en la autonomía universitaria exigía: la UNAM es de quien en ella trabaja, estudiantes, profesores, investigadores y trabajadores administrativos. No era un patrimonio exclusivo de las autoridades.
Existía la iniciativa a dialogar y acordar, de construir nuevas prácticas democráticas y espacios colegiados para la solución de los conflictos, pero a la dirigencia le ganaba el tensar y sacar provecho de lo que se había desencadenado.
Bastan dos ejemplos para ilustrar lo anterior: en las discusiones sobre la proporcionalidad para integrar la Comisión Organizadora del Congreso Universitario, el CEU impulsó un tope de representación proporcional superior al 25%, para evitar que opciones de organizaciones estudiantiles distintas a él, como Unidad Universitaria, aunque lograran un considerable número de votos, ingresaran a este espacio de decisión.
Otro caso fue el que se presentó en las elecciones primarias para definir la planilla que nos representaría en las eleccciones para integrar esta misma Comisión Organizadora, aquel diciembre de 1987. Una corriente hizo fraude en el CCH Azcapotzalco para evitar que estudiantes no conformes con la línea hegemónica accedieran a la COCU. La izquierda también realizaba fraudes patrióticos: votó desde Juan Gabriel hasta Lucía Méndez y, por lo visto, los dos eran ceuístas.
La idea de construir espacios de decisión democrática se viciaba con este tipo de actitudes, que junto con el asambleísmo, la lucha de las corrientes por el control político del movimiento y las aventuras electorales de sus principales dirigentes en 1988, fueron desgastando al movimiento estudiantil, haciéndole perder de vista su referente principal: hacer el congreso y la reforma universitaria.
Se ganó la realización del congreso, pero se quiso capitalizar políticamente al máximo esta victoria por el grupo hegemónico del movimiento. Se perdió tiempo valioso en discusiones procedimientales y en conflictos locales que desgastaron y dividieron al CEU en vez de enfocar sus energías con la discusión y elaboración de propuestas viables de transformación académica, administrativa y la dirección y el gobierno de nuestra univerdidad.
Pero hay experiencias que no cambio por nada, que con nostalgia vuelven a la mente y son tema permanente de plática entre quienes las vivimos: hablar ante una asamblea, las noches de la huelga, las guardias frente a las fogatas, los trabajos previos a las dos marchas al Zócalo, los festivales musicales, las eternas discusiones en y con las corrientes del moviento estudiantil, los seminarios de la CRU en el DIE y sus posteriores convivencias deportivas y cultubares, los grupos de trabajo para la redacción de los documentos de propuestas, las negociaciones con las autoridades, el activismo electoral para el congreso, nuestras peleas y reconciliaciones, aunque algunas queden pendientes, la camaradería, la amistad y solidaridad que terminó por unirnos y que aún nos convoca.
Fue irresistible la atracción tan fuerte que tuvo el CEU. Era casi inevitable discutir en los salones, representar al grupo en el Consejo General de Representantes, involucrarse en las tareas de organización y definición de la líena política. Pensábamos que formábamos parte de la historia, que teníamos un deber con la sociedad.
El CEU nos dejó algo más, aunque no a todos: una experiencia vivencial y el reconocimiento de que las cosas en este país debían cambiar, pero democráticamente. Y que para ello además de deseos y voluntad se requierían propuestas, y además de éstas, tolerancia. Sí, tolerancia. Subrayo.
Esto último lo rescato de algunos compañeros de la Corriente de la Reforma Universitaria. Con ellos entendí que en política por más maravillosa que sea una propuesta de reforma, por mayores reuniones y negociaciones de alto nivel que se realicen, sin tolerancia y sin base social que las apoye no se pasará de la posición testimonial. Aprendí también que el desarrollo personal es parte sustancial de los proyectos colectivos.
Las diferencias que mantuvimos este grupo de estudiantes en el interior del CEU han quedado documentadas. Incluso las que se dieron en el seno de esta correinte, al finalizar el Consejo Universitario al no poder asimilar la derrota electoral que hizo que los más destacados dirigentes de nuestro grupo no llegaran a este evento y que se iniciara el proceso de división que persigue como un fantasma a la izquierda mexicana. Sin embargo, rescato y valoro las experiencias personales que obligaron el ejercicio intelectual de la refelxión, el estudio y el análisis de la universidad y la educación superior en México, y aquel esfuerzo de construcción de este estado de ánimo colectivo, militante, que nos agobiaba el pensamiento, nos consumía el tiempo y corría por nuestro cuerpo.
La historia de ese grupo de estudiantes la escriben ellos mismos. Los que se mantienen en la vida política y profesional de una manera activa. Involucrándose en más batallas, con beneficios personales o colectivos, pero en los que permanece la idea de transformar sus espacios de acción e incidir en los cambios democráticamente.
No sé si podemos ahora hablar de la generación del CEU, como se habla de la generación del 68. Faltan los frutos de esos egresados universitarios que apenas acceden a la posibilidad de contribuir al desarrollo nacional. Los referentes y valores no son del todo homogéneos, pero señales de identidad sí construímos. Lo que sí me queda claro es que la base social de ese movimiento estudiantil no ha mostrado su impacto para ganarse esta comparación.
Para mí, el CEU fue un espacio novedoso de participación, un enriquecedor paréntesis en mi militancia política.
Hasta la reforma siempre….
Durante ese movimiento, Mauricio López Velázquez fue estudiante del CCH Sur y luego cursó Economía en CU. Actualmente es director de Medidas Correctivas y Bienes Asegurados de la PGR.


