Este artículo fue publicado originalmente el 29 de abril de 2011
No tengo la fecha precisa de uno de los triunfos más importantes que he tenido a lo largo de mi vida, pero quisiera compartirlo con ustedes. Creo que fue en 1974 porque transcurrían los primeros días de cuando entré al segundo año de primaria en la escuela Luis Murillo, allá en la calle de Incas número 7.
El caso es que comenzaban mis primeros días de juego en el Callejón de la Amargura de allá de Plaza Garibaldi. Pero no debo adelantarme porque primero hay que quitarse el uniforme y ponerlo encima del burro de planchar que está en la entrada de la habitación como de cinco metros cuadrados que compartimos mi mamá, Mercedes, mi papá, Antonio, mi tía, Martha, mi hermana, Guadalupe, mi hermano, Vinicio, y yo. Ahora necesito ir de prisa por las tortillas mientras la jefa calienta, créanme, la mejor comida del mundo. Ah, luego hay que hacer la tarea si quiero ver la tele, en especial, “Ahí viene Cascarrabias”, “Ultraman” y “La Señorita Cometa”.
Mi única carencia es deportiva: la selección mexicana de futbol no asiste al mundial que se celebra en Alemania y el América tuvo una campaña para el olvido cuando, en la temporada anterior, había ganado la Copa México al Cruz Azul. El caso es que más o menos a las cuatro y media de la tarde Eduardo Elizondo y yo tocamos la puerta del departamento 5 del edificio donde vivimos, porque ahí hasta como a las nueve hacemos botones, moños y pecheras mientras de reojo vemos, en el Canal 4, las series “Los Intocables”, “Batman” y “Superman”. Pero eso no era parte de nuestras condiciones de trabajo, la tele está prendida gracias a los hijos de “Doña Mireya”, la señora que nos dio el trabajo; les decíamos Chuchito y Panchito y eran dos auténticos trogloditas que a la menor provocación nos cocían a madrazos a Lalo y a mí, contando con la mirada comprensiva de la patrona, que les permitía todo por ser sordomudos. (Incluso luego de una que otra putiza nos dejaban como personas con capacidades distintas.)
Para Eduardo y para mí nada es más importante que jugar (aunque no somos nada malos en nuestras obligaciones escolares). Lo mismo para coleccionar estampas de Ultraman o de King Kong, que para echar desmadre en los pasillos del edificio, tirar soldados con las canicas y divertirnos a las escondidillas o a las trais. El papá de Lalo se llama “Don Pancho” y el mío “Don Toño”, y escribo esto porque aún en las memorables parrandas de ellos dos juntos con sus respectivas mujeres, nosotros jugamos: a elegir corcholatas de Los Picapiedra tiradas en el Mercado de San Camilito o a pegarnos con El Chipote Chillón del Chapulín Colorado. Cuando mi papá me pega, y lo hace seguido y duro, a los minutos siguientes, jugamos, por ejemplo, con un matamoscas roto que habilitamos como espada o leemos el Kalimán o el Memín Pinguin o nos entretenemos quitando las patas a las moscas para luego echarlas a volar y ver cómo aterrizan o jugamos a las carreteritas. Con todo, lo nuestro es el futbol, Lalo es un muy buen portero y por como se recuesta para recibir el balón le apodan “El Cachorro” aunque él se decía Miguel Marín, y creo en serio, o sea, sin falsas modestias, que yo soy uno de los mejores extremos derechos que el barrio hubiera tenido (mi verdadera identidad era la de Carlos Reynoso), pero mis piernas tan flacas de las que muchos se ríen no me dan para incursionar a nivel profesional.
Aquí se sitúa uno de los mayores logros de mi vida. Fue en 1974, ya dije, un domingo estoy seguro, pues estamos reunidos todos en el callejón para jugar futbol y doña Rebeca saca sus cazuelas de migas y enchiladas a la puerta de una vecindad. Driblo al Banana una vez y otra. Doy un pase al Pato y éste lo manda al Rúl que, en medio campo, me lo regresa para que yo lo empiece a dominar frente al Quesos que, al sentirse burlado, mejor me tira un putazo en la cara. Es seco y duro, y sucede en un instante del que sólo recuerdo una lucecita azul, azul mientras me llevo la mano al ojo y chillo. Me paro de inmediato y veo que todos hacen una rueda para presenciar el tiro. Así es que entiendo que no tengo de otra y zúmbale que le doy un muy buen putazo al Quesos en el hocico. Unos gritan en su favor y otros en el de Toño, o sea, el de la voz. Es una madriza sin cuartel hasta que nos separan, uno con la nariz deshecha y otro con el ojo morado. Luego el Pis, hermano del Quesos, dice que reiniciemos el juego mientras se ríe de cómo corro yo por tener la espalda corva. El Tallo dijo “sí, como un Oruga, ¡eso es! Pinche Oruga ya tienes apodo cabrón porque supiste tupirte chido”. El Oruga, oí con una sonrisa que ahora mismo esbozo mientras abrazo al Cachorro.
Ese es uno de los días más felices de mi vida. Primero porque me gané el apodo yo solo, segundo porque así obtuve el respeto de los demás y, tercero, porque aunque hayan pasado tantos años más los que siguen, seré siempre el Oruga, un guey al que le encanta jugar y también los madrazos, para qué más que la verdad.


