Imaginemos otra ciudad, otra vida. Es el año de 1934 en la Ciudad de México. La lucha libre es una de las novedades que la posrevolución ha traído al país. Una mañana los diarios anuncian el debut en la Arena Nacional del primer luchador enmascarado. Nadie sabe quién es. Le llaman El Enmascarado Rojo.
La noche de su debut, El Enmascarado Rojo enfrenta simultáneamente a dos rivales, Jack Gorman y Dutch Bauer, conocido como El Hombre Feo. No le ven ni el polvo. Los lanza a las butacas y luego se sacude las manos con desprecio.
Los diarios dicen que ha debutado “un incógnito”. Todos quieren saber quién es. El periódico La Afición manda preguntar. El Enmascarado responde con una carta: “Tengo mis razones, que no puedo publicar, para haberme enmascarado, y no quiero, por ningún motivo, al menos por lo pronto, que se sepa quién soy”.
Algunos afirman que es un noble europeo que intenta evitar el desprestigio de su familia; otros, que es un viejo luchador al que ya nadie quería darle contratos.
La carta viene firmada con este nombre: La Maravilla Enmascarada.
Esa noche hay un tumulto en la calle de Iturbide, frente a las puertas de la Arena Nacional. Ha nacido la tradición del misterio que hallará su punto culminante una década más tarde, con la aparición de El Santo.
En una lucha “a dos de tres caídas” que reseñan todos los diarios, La Maravilla Enmascarada derrota al rey de la Arena Nacional, Ben Alí Mar Allah, apodado El Sheik. El promotor Salvador Lutteroth, se relame los bigotes. En esa Arena debuta la primera generación de luchadores mexicanos: El Charro Aguayo, Dientes Hernández, Ciclón Veloz, Adolfo Bonales, Jack O’Brien.
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