¿Al morir viajamos? No, al morir morimos

Foto: MLT

¿Al morir viajamos? No, al morir morimos. La muerte es la nada, no lleva consigo la promesa del reencuentro sino el hueco permanente de la ausencia en forma de recuerdos. La muerte no implica un viaje feliz ni infeliz, no es trayecto sino culminación. La muerte no es el colofón de la vida en otro lugar o espacio sideral; es aquello que suscita: dolor, indignación y, a veces también, indiferencia. Desafío para la vida, forma de honrar, memoria de raíces y frustración de no hacer o decir lo que debimos a quien ya no está, por eso es impotencia también, deseo de trascendencia para cumplir la asignatura pendiente, romper el silencio con un “te quiero” a quien ya no escucha y, en ocasiones también, para el reclamo (a quien tampoco oye), por ello la muerte solo cobra sentido (o vida) para los vivos: es recuerdo, búsqueda de perdón y deseo de resignación; también sentimientos de impotencia y coraje. De esto modo, la muerte está con nosotros en la sonrisa plena de quien ya no está, es nostalgia y dolor al saber que el trayecto continúa sin ella o sin él. Quien ha muerto ignora nuestro amor aunque su ausencia perpetua ese amor en la estática perenne del abrazo y la evocación asidua que irrumpe en llanto. Vaya paradoja: la muerte nos revitaliza, es decir, nos hace sentir más vivos porque dentro de nosotros están las vidas que se fueron, la muerte de algún modo y eso, creo, nos hace amar aun más la vida junto con nuestros muertos.

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