Ciudad de México.— ¿Quién no pensó ayer en la muerte? ¿Quién no se preguntó del destino? ¿Hubo alguien que no sintiera un asomo de miedo y de lágrimas, cuando menos? La incertidumbre por la coincidencia de las fechas y el cerebro taladrando con la memoria fresca de un huracán, y otro, y un sismo, y otro, y otro, y un huracán más. ¿Dónde va a terminar esto? ¿Por qué?
Dejo caer las palabras en esta página cuando todavía no sé cuántos muertos terminarán siendo y cuántos revivirán desde debajo de los escombros. Estoy emocionado porque para donde volteo veo entrega sin condiciones ni premio prometido. Y la entrega supera al susto y al dolor.
¿Cuántas madres, padres, hijos, abuelos? La angustia de quien no encuentra al que ama, el arrojo del que sabe que ya murió y tiene que quedarse, sin él, sin ella, en una soledad que se siente en el alma y en el cuerpo, y que no se va, cuando mucho se doma.
México está otra vez a prueba. Su capital, la magnífica Ciudad de México, tiene frente a sí el desafío de superar este nuevo golpe despiadado.
Antes había que recorrer las calles para descubrir la tragedia. Ahora basta con encender el celular. No hay que ser reportero, rescatista ni voluntario para atestiguar la desgracia. Un clic te mete a una habitación en la que un hombre graba lo que siente será su final mientras la tierra ajetrea su habitación. Un clic te pone al lado de los vecinos que, en proceso de tranquilizarse del susto, se alarman cuando el edificio de la esquina de pronto se derrumba: ¿y cuántos seguirán adentro? Un clic te sube al rascacielos para ver desde lo alto bocanadas de humo de polvo brotando por ahí y allá, y allá también: se desploman departamentos, oficinas. Un clic y son el llanto, los gritos, el caos. Las grietas, el polvo, el miedo.
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