
Creo que vale la pena reivindicar Las once mil vergas, Pantaleón y las visitadoras, Memoria de mis putas tristes, Lolita y Las edades de Lulú, entre otras novelas como Justine o Los infortunios de la virtud. También a “Taxi Driver”, “Chinatown”, “La bestia”, “Ese oscuro objeto del deseo”, “”, “Pretty Baby” y “El Imperio de los sentidos”, entre otras cintas, además de casi todas las de Tinto Brass. Ah, y me arrodilló frente a putas como Ayako (Osaka Elegy), divago en “Las noches de Cabiria”, camino con la complaciente Roco o tomo la mano de Nana para invitarla a la dirección correcta, y adentrarme lo más al fondo posible con Severine y La venus negra, quienes nunca pudieron y qué bueno, saciar los apetitos de la carne.
Vale la pena reivindicar apenas un pedacito de tantas palabras e imágenes inagotables, digo, pero no por hacerse el iconoclasta frente al dictado de lo políticamente correcto sino para hacer con nosotros la creatividad literaria y cinematográfica y de ñapa reír de buena parte de los ignorantes que ostentan la política correcta.

