Los muertos del sur

Este texto fue publicado originalmente el 3 de enero de 2010


3 de enero, Nueva Orleans. Caminas por Iberville al oeste y luego te pierdes hasta llegar a Crozart, a un lugar donde los muertos están de pie o acostados, pero no enterrados.

Los habitantes de aquí perdieron la vida con honor, Arouet, por eso este es un buen sitio para que escuches jazz y llores a tus muertos. ¿Te das cuenta?, estás solo, no tengas miedo: nada más se encuentran la intensa noche y tus lágrimas. Mira al cielo, oye la trompeta del “Jumbo” Hirth, y baila con ellos mientras platican de la causa que quieran.

“I’am always wrong but what can I say”

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Enciende un tabaco y dilo Arouet, no te equivocas: la ausencia intempestiva de sus cuerpos ahora es espíritu permanente en la memoria. Están en el dolor de tus heridas que no cierran y en la impotencia y el coraje, pero también te acompañan con su aliento y persistencia. Pero no te arrodilles, a estos muertos llórales parado.

Anda, toma whisky con ellos. Intérnate en los vericuetos de las criptas y desentraña aquellos senderos que los condujeron al destino. Adviérteles del riesgo a la indiferencia y ayuda a construir sus sueños, sólo así, tal vez, algún día serás como ellos.

Respira, Arouet, es el aroma de café de los plantíos que hay por aquí cerca, tus muertos huelen igual. Tiéndete en el piso bocarriba y oye la trompeta pedorra del jazz. El sonido es más agudo mientras se interna en el horizonte y va por el Mississippi rumbo al Golfo de México. Ahí, justo a donde hace tres centurias los hombres se vendían como esclavos. Y entonces brinda con tus muertos por los otros muertos que nunca aceptaron morir en vida; ya sabes que pisas una tierra donde nadie se resigna.

Recuerda a la niña que murió sin darse cuenta, y ahora lo haces con el otro que se desangró al grito de no quiero morir. Al que fuera de tu país le sorprendió la muerte cuando dormía y al que sorprendió a la muerte con un disparo en la cabeza. Aún llevas el beso cierto en la mejilla de la vieja que partió sonriendo. También piensas en tu padre que solo buscó su destino y en las penumbras reclamó a su madre. Ahora miras a tu abuelo que le exigió silencio a su compañera para que con su llanto nocturno no distrajera su agonía ni despertara a los demás.

Abraza a todos ellos, Arouet. Estalla en llanto en mi lugar que para eso eres un invento mío y hazme un favor: diles que los quiero mucho.

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