Ajena a la crítica de cine y a las fobias hollywoodenses, quiero dejar constancia de mi felicidad como espectadora ante Coco, la película.
Porque su música retrata nuestras fiestas y esa compulsión al despilfarro como sinónimo de compartir.
Porque hace planetaria a Frida con sus excesos incluidos.
Porque es una interpretación contemporánea de un ritual muy mexicano, al margen de sus diversas apropiaciones y las dudas de su origen.
Porque reconforta el alma esa idea de que los muertos mueren sólo cuando se les olvida.
Porque recrea la celebración de los difuntos que regresan al mundo de los vivos para regodearse en sus vicios y antojos.
Porque se hace cargo del matriarcado persistente en la construcción de las biografías familiares.
Porque cuestiona con ternura los mandatos que abuelos, padres y tíos establecen a sus descendientes.
Porque abre puertas y ventanas al perdón siempre pendiente en las historias de amores interrumpidos.
Porque se toma en serio la reparación del daño como consecuencia del conocimiento de la verdad.
Porque nos recuerda que el ocultamiento del dolor únicamente agranda el dolor.
Porque obliga a reconocer que la nuestra es una cultura en la que, por generaciones, se ha pretendido que la negación de las pérdidas es el camino para superarlas.
Porque reconoce la fuerza de la herencia de las pasiones, de la genética emocional, del peso de los ancestros.
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