Una de las características de la cultura del siglo XXI es el reconocimiento masivo de una cierta fluidez de los géneros, de que la identidad sexual no es tan binaria como algunos pensaban o querían. En la primera mitad del siglo pasado, las cosas no se veían así y la androginia, en particular, no era particularmente tolerada.
Por tanto fue sorprendente y perturbador que en un medio extremadamente conservador como es el de la música ranchera (particularmente a principios de los años cuarenta) destacara una cantante muy singular que no usaba vestidos tradicionales ni el cabello largo y suelto ni maquillaje, sino que en cambio se cubría con un poncho, usaba pantalones y cantaba a la agonía del desamor, entre trago y trago de tequila, con una voz ronca, rasposa y desgarradora.
Chavela Vargas fue desde sus inicios una figura transgresora y un acertijo. Su manera de interpretar, especialmente la música de José Alfredo Jiménez, alcanzaba niveles emocionales y conmovedores pocas veces escuchados. En más de sesenta años de carrera, Chavela dejó una obra monumental y una abrumadora colección de clásicos que tuvieron un éxito inmenso en su momento, pero que además sortearon el tiempo y las fronteras para engendrar un silencioso culto mundial.
Las cineastas, Catherine Gund (On Hostile Ground, Born to fly) y Daresha Kyi decidieron contar la historia de este personaje extraordinario a partir de una entrevista que le hicieron en 1991 y de una formidable selección de fotografías, videos y testimonios de gente como Tania Libertad, Eugenia León, Patria Jiménez, Diana Ortega y José Alfredo Jiménez Jr. entre otros, quienes describen una historia de redención, desde la caída hasta el regreso triunfal a los escenarios.
Esta poderosa y cándida entrevista es la piedra de toque de todo el filme. La primera contestación que da Chavela es: “Comencemos con hacia dónde voy. A mi edad es más interesante para todos preguntar hacia dónde voy y no dónde he estado”. Pero a pesar de esta advertencia las cineastas cuentan la historia de Chavela con una estructura lineal convencional, de tres actos, que comienza en el seno de una familia costarricense conservadora y poco cariñosa que optaba por esconder a la hija marimacha que nació en 1919.
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