Sergio Ramírez es premio Cervantes. El más alto reconocimiento de la lengua española se le dio a un escritor nicaragüense que representa a todo un continente.
Ramírez tiene, además, una biografía política que se inscribe en lo más intenso de finales de los años setenta y a lo largo de las siguientes dos décadas.
Como integrante del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) ayudó a derrocar al dictador Anastasio Somoza.
La revolución sandinista generó muchas expectativas porque parecía de un corte distinto, con un enorme arraigo popular e inscrita en las luchas contra las grandes oligarquías.
Su líder, Daniel Ortega, emergía como un nuevo faro de las causas justas. Es más, a diferencia de otros movimientos, los sandinistas buscaron la legitimación democrática.
Por ello, en 1984 Ramírez resultó electo como vicepresidente en la fórmula que presentó el FSLN, encabezada por el propio Ortega.
El ahora premio Cervantes era, por mucho, uno de los ideólogos que intentaba darle sentido a un proceso revolucionario desde una perspectiva latinoamericana en un contexto internacional de guerra fría y con enormes presiones de los Estados Unidos.
Pero el gran empuje del sandinismo terminó convirtiéndose en pesadilla y de esos sueños ya no queda mucho.
Ramírez tuvo un distanciamiento rotundo con todo aquello, lo que inclusive lo llevó a contender por la presidencia de la República, bajo las siglas del Movimiento Renovador Sandinista en 1996.
La elección no salió bien y, como suele ocurrirle a las propuestas éticas y novedosas, en momentos de polarización, tuvo un porcentaje de sufragios pequeño. Es más, ganó la derecha de Arnoldo Alemán. Era el colofón de años amargos y duros.
Ramírez dejó la política (en la medida que esto puede hacerse) y desde entonces está metido de lleno en la literatura.
Algunos de sus amigos dicen que se perdieron años en los que pudo escribir mucho más. Sin embargo, su obra es prolífica e inclusive cuenta con el premio Alfaguara por Margarita, está linda la mar.
Me tocó participar en la edición de uno de sus libros: Clave de sol, que se publicó en Cal y Arena en 1993.
La propuesta es una antología de relatos que muestran a un escritor poderoso y atento, conocedor de Nicaragua y de sus historias. Guerrilleros que viajan a la oscuridad, y juegos de pelota perfectos en temperaturas selváticas.
Atesoro la dedicatoria que parte de un error. En la contraportada, que yo escribí, confundí a un equipo de béisbol, el San Rafael con el San Fernando.
Quien décadas después se convertiría en premio Cervantes escribió: Para Julian –sin acento por errata– con el afecto de Sergio. En edición, está claro, no hay juego perfecto.
Este artículo fue publicado en La Razón el 27 de noviembre de 2017, agradecemos a Julián Andrade su autorización para publicarlo en nuestra página.

