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La clase política mexicana usa con bastante desfachatez el término “ciudadano”. Resulta que ahora Margarita Zavala es ciudadana, cuando todo lo que es y ha sido se lo debe a un partido político.

Resulta que El Bronco también, cuando quince minutos antes de volverse emblema “independiente” militaba en el PRI, donde construyó su carrera política. Resulta que Ríos Piter también, cuando ha estado de funcionario y/o militante de PRI, PAN y PRD. El Frente de Ricardo Anaya también saltó a la palestra como ciudadano y no tenía un ápice de eso; luego le tuvieron que cambiar el nombre.

Cuando José Antonio Meade fue designado por el presidente Enrique Peña Nieto como el abanderado del PRI para la sucesión se presumió su perfil “ciudadano”. Bastante cuestionable, considerando que ha actuado en sintonía con los partidos políticos en las administraciones en las que ha trabajado: primero el PAN y luego el PRI. Es un político. Es cierto que sin militancia partidista. Es cierto que con una extraordinaria interlocución con actores políticos de todos los partidos. Pero político al fin. No es alguien que haya hecho carrera en la sociedad civil.

Pero si la estrategia presidencial fue presentar a Meade como “candidato ciudadano”, lo que ha venido en las tres semanas subsecuentes ha sido curar al ex secretario de Hacienda de ese “mal” que parecen haberle detectado los priístas.

El precandidato único del PRI se ha dedicado desde el minuto uno de su destape a tomarse la foto y reunirse con todo el Parque Jurásico de la política tricolor, a abrazar a todos los personajes impresentables, anquilosados, añejos, viejos políticos de partido.

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