Entre güeritos, pirrurris, prietos y lo que venga

El debate político se deteriora en México de manera alarmante.

En lugar de discutir propuestas y/o proyectos con los que se pretende sacar adelante al país (o al menos eso sería lo deseable) los análisis se centran en los aspectos menos trascendentales para la ciudadanía y se vulgarizan día con día.

Desde el día sábado se desató una polémica intensa pues, al término de un mitin en Tabasco, Enrique Ochoa Reza posteo un video en su cuenta de Twitter que acompañaba con una de las frases de dicho discurso: “A los prietos de #Morena les vamos a demostrar que son prietos pero ya no aprietan.”

De inmediato hubo una serie de cuestionamientos a dicha frase, acusando al presidente nacional del PRI de racismo e, incluso, exigiendo su renuncia.

Lo primero que hay que decir es que la frase es, en absoluto, condenable y desafortunada, tanto por el contenido racista con el que se expresa como con la alusión sexual que hace en la misma. La condena debe ser total, sin regateos.

Acá valga también decir que, en el video completo del discurso, es evidente que Ochoa Reza habla de priístas que se han ido a Morena y es a ellos a los que se refiere como prietos, en la búsqueda de un juego de palabras entre el PRI y Morena, más que en una descalificación racista.

En ese sentido, y antes de continuar, me parece pertinente aclarar que quien estas líneas escribe ha utilizado en diferentes momentos un juego de palabras similar para hacer referencia a la integración, cada día más notoria, entre cuadros del viejo PRI o lo que AMLO llamaba mafia en el poder. Yo he dicho, en algunos post en redes sociales, que “Con tantos priístas, MORENA se volvió PRIeta”, por ejemplo.

Trato con el uso de mayúsculas y minúsculas dejar claro el sentido de las palabras y creo que por ello nunca se han interpretado de manera distinta, pero me pareció importante precisarlo pues, por honestidad intelectual, no podría realizar la crítica que haré a continuación sin esta aclaración necesaria.

El problema con Ochoa Reza es el tweet en su conjunto, donde en ningún momento se hace (como si lo hizo en el discurso) referencia a todos los priístas que se han ido a MORENA como preámbulo del por qué llamarlos prietos. Peor aún la forma en que cierra con una alusión sexual vulgar. Considerando que es el presidente nacional del partido que nos gobierna el tema se vuelve más crítico.

Ante ello, el linchamiento en redes no se hizo esperar. Muchísimos empezaron incluso a pedir la destitución de Ochoa Reza como presidente del PRI. La reacción, por supuesto, fue mayor por parte de “los aludidos”, los militantes de MORENA.

Sin embargo, el problema con la militancia de MORENA es que en este punto carecen absolutamente de autoridad moral para realizar la crítica. Si alguien ha vulgarizado el escenario político y ha sido particularmente racista y clasista en sus afirmaciones es, precisamente, su candidato y máxima figura nacional, Andrés Manuel López Obrador.

En 2004, el domingo 28 de junio para ser exactos, cuando decenas de miles de habitantes del entonces Distrito Federal marcharon “por la paz” cuestionando la inseguridad durante el gobierno de AMLO, éste los descalifico y dijo que era una marcha de “pirrurris”.

Sin lugar a dudas, de aquella expresión resaltan varias cuestiones. En una de las pocas definiciones que pude encontrar en Internet, se denomina pirrurris al “Hijo de rico. Su voz expresa ingenuidad, presunción, pedantería. Abocina la boca para pronunciar como si tuviera papas fritas dentro. Evita el roce social con los pobres.”

Desconozco si la expresión se basa en el célebre personaje que popularizó Luis de Alba o, viceversa, éste adoptó el nombre del pirrurris porque el término ya era empleado, pero la connotación es clara.

Olvidó en aquel momento AMLO que, como Jefe de Gobierno, su obligación era dar atención a toda la ciudadanía, no sólo a las clases populares y que, de esta manera, debía gobernar también para los “hijos de ricos”, a los que llamaba pirrurris. Pero más aún, resultaría imposible pensar que las decenas de miles de personas que se movilizaron aquel domingo corresponderían a la clasificación de pirrurris, ojalá fuera así, nuestro país entonces habría tenido otros niveles de bienestar.

Más bien, como es costumbre desde aquellos años, descalificó a quienes son críticos a él.

Ahora, en la tercera parte de su campaña permanente por la presidencia de México, AMLO en diferentes ocasiones ha vuelto a llamar a sus adversarios, pirrurris, señoritingos, fresas, güeritos que no les da el sol y un largo etcétera que ha quedado registrado en la prensa.
El problema es que, ante un sector de la opinión pública hay un racismo y clasismo condenable y otro “políticamente correcto”. Todos los que trinaron de indignación por la mención de Ochoa Reza a los seguidores de AMLO como prietos, aplaudían y repetían en las redes las ocurrencias de su candidato llamando güeritos a sus adversarios.

Alguna vez discutí con una dirigente de mi partido político sobre lo que ella llamaba “discriminación positiva”. En ese momento y ahora sostengo que, para mí, no hay ningún tipo de discriminación a la que podamos referirnos como positiva. De ninguna manera.
Generar una polarización social es sumamente preocupante y uno de los actores que más han contribuido a ello es el propio López Obrador. Por otro lado, su base social, sobre todo en redes, poco podría cuestionar el lenguaje de Ochoa Reza (salvo por el hecho de que aquel preside un partido político) pero sus expresiones soeces y agresivas poco pueden diferenciarse de las de aquel. Incluso en algunos de sus miembros “más destacados”.

La virulencia y agresividad que usan en el lenguaje personajes como César Cravioto, Martí Bátres, John Ackerman, Pedro Salmerón, Gerardo Fernández Noroña y otros más no es menor. Habrá que ver con que finura se maneja su actual candidato a la gubernatura de Morelos, Cuauhtémoc Blanco, famoso por escupir adversarios en el campo de juego, insultar y hasta golpear por la espalda a críticos.

Esa virulencia se traslada a las bases que, por ejemplo, han hecho toda una serie de burlas en contra del candidato del PRI por padecer vitiligo (enfermedad que provoca manchas en la piel), burlas a las que jamás he leído una condena pública, al contrario, son alentadas, diseñadas y promovidas desde los cuartos de guerra que definen la estrategia del morenismo virtual.

De allí a ataques, insultos, groserías e incluso amenazas de muerte, son lo menos que vivimos día con día quienes criticamos a su candidato. Hace unos días lo denunciaba por ejemplo Raymundo Riva Palacio después de haber escrito un artículo crítico al papel de los hijos de Andrés Manuel al interior de MORENA, ataques y hasta amenazas no se hicieron esperar, lo mismo para Krauze, Jesús Silva-Herzog Márquez, Denise Dresser y muchos otros.

Así de bajo y triste es el nivel del intercambio público. En ese canal se ha metido Enrique Ochoa Reza y por supuesto que hay que criticarlo y cuestionarlo, pero ese canal ha sido y es alimentado permanentemente, muy en particular, por Andrés Manuel López Obrador, sus estrategas, sus activos más cercanos y sus seguidores de base.

Negar esta realidad y no condenarla en simultáneo implicaría caer en esa doble moral en la que pareciera haber un racismo/clasismo condenables y otro políticamente correcto, así como una violencia tolerada y otra inmediatamente cuestionada, cuando ambas debieran serlo por igual. Por el bien de la ciudadanía en su conjunto.

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