El derrumbe de Ricardo Anaya es una posibilidad latente. Las investigaciones de la PGR, que avanzan sobre su entorno, pueden terminar por tocarlo de modo directo y afectar así sus aspiraciones.
Sin duda hay intereses políticos activando las acusaciones, pero en el fondo lo que se tiene que dilucidar, lo que debe quedar claro, es si sólo se trata de una narrativa al calor de las campañas, o de expedientes con densidad suficiente como para terminar en un juzgado.
El dinero siempre es un problema. Legítimo o ilegitimo, causa suspicacia.
Cuando a Tom Barrack le propusieron ser jefe de gabinete de la Casa Blanca con Donald Trump, no tuvo que pensar mucho para rechazar el cargo: “Sencillamente soy muy rico”. Sabía que corría el riesgo de ventilar sus cuentas bancarias e inversiones en público y prefirió no hacerlo.
A estas alturas ya nadie se llama a engaño, porque los aliados de Anaya sabían cuáles eran los puntos débiles de la candidatura, al menos desde mediados del año pasado, o quizá antes.
Hay que recordar que en este tipo de procesos no es tan importante la verdad como su apariencia. Es un mundo donde se imponen las percepciones y por ello es importante el salir al paso, con la soltura debida, de cualquier escándalo.
Es curioso, hoy más que nunca le convendría al candidato del PAN que hubiera un Fiscal de la República, pero él mismo lo impidió. Se dirá que quien llegaría al cargo no era el indicado, pero ahora se ve la falta que hace que el Ministerio Público cuente con autonomía constitucional.
Nada indica que vayamos a salir pronto de los esquemas en los que la política y las campañas se judicializan. En este aspecto ningún grupo o partido está en posibilidades de esconder la mano. Quien lo dude observe lo que ocurre en Chihuahua y cómo el caso del exgobernador es utilizado con bastante oportunidad mediática y con poco afán de procurar justicia.
Por eso es importante que cada asunto se resuelva y para que ello ocurra no hay más medicina que la aplicación de la ley.
Para el candidato del Frente es una encrucijada en la que se está jugando su futuro y de paso de las organizaciones que lo acompañan y casi imposibilitadas de contar con una alternativa realista, ya que ellos mismos construyeron su propio laberinto.
Puede que Anaya lo logre, que salga avante de esta tormenta. Es un político inteligente y demostró ya de lo que es capaz cuando se pone una meta.
Hay, sin embargo, nubarrones en el horizonte y no pocos tienen que ver con la forma altanera con la que hace política y con los agravios que fue sembrando a lo largo de los últimos años.
Este artículo fue publicado en La Razón el 28 de febrero de 2018, agradecemos a Julián Andrade su autorización para publicarlo en nuestra página.

