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Gil cerró la puerta de la semana hecho polvo. Caminó sobre la duela de cedro blanco y con el dedo índice señaló un viejo libro: Opiniones contundentes (Taurus, 1999) reúne algunas de las entrevistas realizadas al escritor Valdímir Nabokov, hechas siempre por escrito y contestadas de la misma forma, porque “Siempre he sido un orador lamentable. Mi vocabulario habita en lo profundo de mi mente y requiere papel para deslizarse hasta la zona de lo material. La elocuencia espontánea me parece un milagro. He reescrito (a menudo varias veces) cada una de las palabras que he publicado. Mis lápices sobreviven a sus gomas de borrar”. Gil arroja a esta página del directorio algunos subrayados. Aquí vamos:

[…] ¿Por qué escribí cualquiera de mis libros? Por el placer de hacerlo, por la dificultad. No tengo ningún propósito social, ningún mensaje moral; no tengo ideas generales para explotar, simplemente me gusta componer acertijos con soluciones elegantes.

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No creo que el artista deba preocuparse acerca de su público. El mejor público es la persona que todas las mañanas ve en el espejo cuando se afeita. Creo que el público que imagina el artista, cuando imagina semejante cosa, es el de una sala llena de gente que lleva su propia máscara.

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Algunos de mis personajes, sin duda, son bastante bestiales, pero en realidad no me importa, están fuera de mi yo íntimo igual que los monstruos lúgubres de la fachada de una catedral… Lo cierto es que soy un apacible anciano que detesta la crueldad.

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Nunca aprendí a escribir a máquina. Generalmente empiezo el día junto a un precioso y anticuado atril que tengo en mi estudio. Más tarde, cuando el peso empieza a roerme las pantorrillas, me instalo en un sillón cómodo junto a un escritorio corriente; y, por último, cuando el cansancio empieza a treparme por la espina dorsal, me acuesto en un sofá en un rincón de mi pequeño estudio. Es una agradable rutina diaria. Pero cuando era joven, a los veintitantos y treinta y pocos años, a menudo permanecía el día entero en la cama, fumando y escribiendo. Ahora, las cosas han cambiado. La prosa horizontal, el verso vertical, y los escollos sedentes continuamente cambian de calificativos y estropean la aliteración.

Más información: http://bit.ly/2FPKcut

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