
Con cariño, solidaridad y respeto para Ricardo Rocha
Carmen Aristegui me parecía una de las voces fuertes y congruentes del periodismo mexicano. Una voz de denuncia en medio de un importante número de medios de comunicación que deambulaban en la comodidad del sistema.
Sin embargo, como ocurrió con medios que en su momento mucho aportaron a la democracia como La Jornada y Proceso, Aristegui apostó más a su militancia y plena identificación con un sector político que a mantener una visión ética dentro del periodismo.
Esta apuesta le valió el amor incondicional del sector que la sigue, pero le restó, indudablemente, objetividad y fuerza. En la búsqueda del aplauso fácil, el rating y el like fue dejando por el camino buena parte de su objetividad y la pulcritud que debe acompañar al periodismo a cambio de bombas mediáticas que después fueron muriendo por la falta de sustento.
Cometió además un error fundamental. Dejó de ser correa de transmisión entre la noticia y su audiencia para buscar ser, ella, la noticia para su audiencia. El periodista que busca el protagonismo como mensajero por encima de la capacidad de ceder protagonismo al mensaje en sí mismo va renunciando, cada día de manera más importante a la objetividad.
Aun así, me parece que Carmen es una voz necesaria en el coro de la comunicación en México, tiene en sectores muy importantes de la población una credibilidad que otros periodistas no detentan. Las democracias necesitan pluralidad y no es requisito que nos guste todo lo que hacen algunos actores para que defendamos su derecho a ser, a existir.
Sin embargo, esa credibilidad debe ir aparejada con una responsabilidad pública, pues quien tiene el poder de la pluma o el micrófono puede construir o destruir en minutos vidas completas. Hay que tener, además, responsabilidad para aceptar los fiascos, cuando se dan.
Un ejemplo es el caso de Frida Sofía, durante los sismos del 19 de septiembre, en donde muchos denunciaron la “construcción de una historia” por parte de Televisa, pero, como bien narró Angélica Recillas, con alto rigor periodístico, en la edición de etcétera de octubre de 2017, el primer medio en hablar de Frida fue el portal electrónico del Universal y uno de los que dio importante transmisión en vivo a la nota fue Aristegui noticias, donde incluso mencionaban ser el único medio que había logrado colarse hasta la zona de operaciones y llegaron al extremo de reseñar en vivo ¡El rescate de Frida Sofía!
Cuando posteriormente se confirmó la inexistencia de la niña. Aristegui Noticias fue de los portales que más fustigó con “la manipulación mediática” por parte de uno de los villanos favoritos del imaginario colectivo nacional, Televisa, sin precisar, por supuesto, que ellos habían recogido la versión antes que la televisora de San Ángel y, mucho menos, que uno de sus reporteros había narrado con emotividad incluso el rescate de la pequeña que jamás existió.
Cualquier medio puede equivocarse, pero es de elemental rigor y credibilidad asumir el error de manera autocrítica, y de elemental ética profesional que, si tu medio se equivocó y fue parte de la confusión, no puedes ser parte del tribunal de linchamiento contra otros medios que hayan caído, por los motivos que sean, en el mismo error que contigo es permisible y en otros condenable.
Como este caso, se pueden enumerar muchos más en donde Carmen Aristegui ha ido perdiendo rigor y con ello, ante la audiencia que demanda seriedad en la información, credibilidad y prestigio.
Pero el último episodio, el más lamentable, el realmente indignante, es la creación por parte de Carmen Aristegui de una serie de programas donde trata de subirse a la ola del #MeToo, que surge en Estados Unidos con una ola de denuncias fuertes a uno de los magnates más importantes de la industria del cine en Hollywood, Harvey Weinstein, quien ha sido acusado de acoso sexual y violación por decenas de mujeres en los últimos meses.
Posterior a la denuncia a Weinstein, ya se vivía en Estados Unidos y en el mundo una ola de denuncias, muchas importantes y válidas, pero también muchas otras que rayaban en excesos en donde, sin ninguna prueba y basados únicamente en dichos, se condenaba en la hoguera pública del Fuenteovejuna moderno que son las redes sociales a decenas de personas. Lo políticamente correcto era creer como verdad inobjetable e incuestionable las declaraciones de las víctimas y quemar a los victimarios. Con ellos se quemaba también la presunción de inocencia.
Carmen decidió hacer su #MeToo mexicano, entrevistando a diferentes mujeres que denunciaron momentos de acoso e incluso violaciones vividas a lo largo de sus carreras. Varias han levantado polémica pero me refiero a la que me parece más lamentable.
Durante la serie de programas de Aristegui, Sofía Niño de Rivera acusó a uno de los periodistas más prestigiados a nivel nacional, Ricardo Rocha, de haberla acosado en diferentes momentos.
Sofía Niño de Rivera, dice durante la entrevista “…después Ricardo Rocha me invito a un programa que tenía que no me acuerdo como se llama que, está en YouTube de hecho la entrevista y se nota mi incomodidad en la entrevista porque acabo el Stand Up que hice y de repente Ricardo Rocha se acerca conmigo, para seguir platicando conmigo la entrevista, estábamos parados y se empieza a acercar un poquito de más y yo naturalmente me empezaba a hacer a la izquierda, y de repente me agarraba el brazo, me agarraba la espalda, pero entonces a mí me incomodaba muchísimo, pero yo pensaba que era, pues así es…”
Evidentemente creo que la mayoría de los que vimos la entrevista nos generó interés ver el video, pues quien denunciaba el acoso decía también que éste había quedado registrado en video, herramienta con la que muy difícilmente se cuenta en estos casos. Al ver el video, una y otra vez, no encuentro un solo comportamiento que pueda ser tipificado como acoso. No encuentro ninguna actitud corporal que no puedas tener con alguien al conversar, ningún acercamiento excesivo o inapropiado. Es importante recalcar que la misma denunciante dijo que en el video se podía apreciar. Tampoco se aprecia incomodidad de ella en ningún momento.
Si ella ve algo notorio en ese video, evidentemente eso marca un rasero con el que interpreta otras experiencias que no tiene capturadas en video. Creo que a los ojos de cualquier periodista serio esto debería haber sido descartado como un testimonio confiable. El argumento de “dar voz a las víctimas” no puede servir para inventar victimarios.
Además, en la época de las redes, los juicios sumarios y lo políticamente correcto dejas marcada a una persona de por vida. Desde comentarios de gente que vio el video y que, ante no poder decir que ahí se ve algo recurren al “no podemos saber lo que sintió Sofía”, por supuesto que no, pero si podemos saber que Ricardo no cometió ninguna conducta incorrecta que motivara un sentimiento de esta naturaleza. Hasta comentarios de quienes, sin ver el video, ya consideran a Rocha como un acosador culpable.
Ya denunciaban un grupo de feministas francesas en una carta polémica y a la vez poderosísima: “De hecho, #metoo ha provocado en la prensa y en las redes sociales una campaña de denuncias públicas de personas que, sin tener la oportunidad de responder o defenderse, fueron puestas exactamente en el mismo nivel que los delincuentes sexuales. Esta justicia expedita ya tiene sus víctimas: hombres sancionados en el ejercicio de su profesión, obligados a renunciar, etc.; mientras que ellos solo se equivocaron al tocar una rodilla, tratar de robar un beso, hablar sobre cosas “íntimas” en una cena de negocios, o enviar mensajes sexualmente explícitos a una mujer que no se sintió atraída por el otro.”
Carmen cada día renuncia más al periodismo. En esta renuncia no le importa pasar por encima de la vida de personas de reputación intachable que, además en el fondo sabe inocentes. La búsqueda de la popularidad, ser paladina de la justicia, montarse en causas mediáticas para ganar rating y clics hoy resulta prioritario por encima de la ética periodística.
Por fortuna las infamias no se sostienen. Hoy aparece una carta de cien mujeres mexicanas en solidaridad con Ricardo Rocha. Estoy seguro que miles más la firmarían, al igual que miles de hombres.
Como bien decía Ricardo en su carta pública a Aristegui: “¿No crees, sinceramente, que al presentar casos tan endebles le estás haciendo un daño terrible al #MeToo y a la credibilidad que puedan tener casos verdaderos de esta práctica tan aberrante?”
Me parece que sí, vulgarizar y trivializar la denuncia de conductas tan despreciables como la violencia sexual y el acoso le hace un daño fundamental a quienes son acusados injustamente de ello, pero también y de manera colateral, a las victimas reales de esta deleznable conducta, eso es algo de lo que, algún día, Aristegui deberá responder.
