Si piensa ir a votar y aún no sabe por cuál candidato o candidata hacerlo, no se preocupe, usted forma parte de 30 por ciento de electores que aún no lo tiene claro. Si ha decidido simplemente no hacerlo, por la mala razón que sea, usted construirá ese histórico 30-40 por ciento del abstencionismo que alegra al voto corporativo, al fraude de gran o pequeña escala.
Ahora bien, si usted es realista y francamente desea un México más seguro, menos violento, una economía que por crecimiento sostenido cree más y mejores empleos donde la educación se vincule proactivamente al mercado laboral, generando oportunidades a jóvenes para contratarse o emprender, y la movilidad social sea constante, donde nadie nazca condenado a la miseria multifactorial, entonces su esperanza es grande.
No sólo el plano económico-social debe pesar en una decisión tan importante; existen otras variables cuya dirección e intensidad dependen de quién ocupe la Presidencia. A pesar del Congreso, gobiernos locales y contrapesos institucionales, la arquitectura de la administración pública hace de nuestro sistema político uno eminentemente presidencialista.
En el corto plazo, eso no lo cambia nadie y no por falta de voluntad; se trata de una red constitucional tan robusta como para que de un plumazo se modifique en un sexenio. Que no lo engañen.
Si cree que la corrupción se puede contener desde arriba, si piensa que la sociedad no tiene culpa alguna, que todo es responsabilidad de los del poder, entonces mejores noticias aún. Porque, efectivamente, la corrupción terminará con la receta adecuada (y al parecer, secreta). Con ella, la impunidad también cederá y entonces la ciudadanía será civilizada, practicará las normas de convivencia más elementales. La autocontención social ante lo indebido será norma general.
Si usted quiere elegir a quien ponga como prioridad a la mujer, que combata los feminicidios, la violencia de género y el machismo laboral, suspire. Si quiere tener mejores servicios públicos y que la planeación de toda política pública sea consistente, transparente, con indicadores objetivos cuyos resultados no sean cartuchos para la refriega política, sino que la mejore y corrija, usted prácticamente podría decidir su voto con 88 días de antelación al 1 de julio; es decir, hoy mismo.
Escuche las propuestas, las ideas, las promesas de AMLO, Anaya, Meade y Zavala; todas ofrecen prosperidad, desarrollo, seguridad, equidad, educación, salud, honradez, justicia y mucho más. Así que vote por cualquiera que, sí quien sea, cumple, usted conseguirá lo que anhela con su voto del próximo gobierno.
Pero reconozcamos: el voto ciudadano se mueve por la fe, por enojo y desencanto. Rara vez es congruente con las repuestas que dan u omiten a preguntas elementales: ¿cómo? ¿con qué? ¿cuánto? ¿de dónde? ¿por qué a nadie se le ocurrió antes?
Sexenal carnaval electoral. Baile de emociones sociales, de ilusiones y esperanza; la razón ciudadana baila despacito.
Este artículo fue publicado en La Razón el 3 de abril de 2018, agradecemos a Carlos Urdiales su autorización para publicarlo en nuestra página.

