
El periodismo es una profesión sumamente noble que puede y debe ayudar a construir ciudadanía a través de mantener informada de manera crítica a la sociedad.
La labor del periodista es informar los hechos de la manera más objetiva posible. En la actualidad, los medios complementan esta labor informativa con plumas que plantean opinión y que, en el conjunto del medio, reflejan o no la diversidad del mismo.
Pero se debe diferenciar con mucha claridad entre las plumas que elaboran columnas de opinión, en donde puede haber expertos de temas específicos, difusores de agendas muy particulares, intelectuales en el sentido amplio de la palabra e incluso militantes de causas y proyectos específicos que, evidentemente, posicionaran sus visiones a partir de sus textos.
La opinión es sana y ayuda al lector a orientar su punto de vista, a interpretar la información, que en esta época digital a veces cae en cascada y requiere de algunos elementos adicionales para facilitar su comprensión. Lo mismo en los espacios escritos que en los espacios de radio, televisión o medios digitales.
Lo que resulta peligroso es la transgresión que se da cuando se pretende disfrazar la opinión como noticia, la militancia personal como periodismo y así influir alabando o atacando a actores políticos tratando de manipular al electorado.
Esta tentación es fuerte en todos lados. Lo común en el pasado eran medios, periodistas y opinólogos al servicio del poder. Era lo más cómodo. Pero con la nueva facilidad que hay para el acceso a medios independientes y, por qué no decirlo, con un avance sustancial en la libertad de expresión, hoy hay también medios y opinólogos al servicio de proyectos que no necesariamente están en el poder.
Sé que muchos aprecian más el discurso políticamente vendible de que en el país no ha mejorado nada y al leer estas líneas podrán decir, ¿cuál libertad de expresión si nuestro país es el más peligroso para ejercer el periodismo?

Yo respondería que, por supuesto, hay déficit en esta materia. Que, por supuesto, la libertad de expresión no es absoluta ni es lo que debiera ser. Pero negar que hace cuarenta años hubieran sido imposibles publicaciones y programas de radio, tv o digitales, como los que tenemos hoy en día, sería un franco contrasentido.
Recuerdo en uno de los documentales de editorial Clío, dirigida por Enrique Krauze, la anécdota de un periódico que fue suspendido por, sin querer, cambiar el pie a dos fotografías, una de Gustavo Díaz Ordaz, y otra de un chimpancé, con lo que se desató la ira presidencial y se acabó un medio de comunicación que ni siquiera era crítico, sólo se equivocó.
Hoy, cualquiera puede decir con todas sus letras insultos contra nuestros gobernantes. Pero no sólo eso, pues el insulto es lo que menos les afecta en un ambiente donde muchos de ellos ya han perdido todo el pudor. Se conoce de casos como la Casa Blanca de Peña Nieto, Higa, OHL, Odebrecht, HIGA, la Estafa Maestra, los desvíos de recursos de los Duartes, Borge, Moreiras, los asesinatos de normalistas en Ayotzinapa, las fosas clandestinas y un penoso y largo etcétera.
Por supuesto que también hay que dar ahora paso del conocimiento de hechos a su sanción, pues en muchos de los casos arriba mencionados priva la impunidad o la aplicación parcial de la justicia, pero eso es tema de otro análisis y requiere sus propias formas para lograrse.
Para efectos de este texto digamos que, si bien es imperfecta, podemos contar hoy con avances fundamentales en términos de libertad de expresión y escrutinio público a la misma. Por ello resulta importante evaluar la calidad de la información y de quienes informan.
Existen muchos espacios para vigilar la relación de los medios con el poder y denunciarla. La llamada prensa chayotera se va ganando un lugar de desprestigio en el imaginario colectivo de la población. Sin embargo el problema se torna trágico cuando medios que en su momento contribuyeron a lograr esta apertura, y que representaban un periodismo deseable, hoy hayan caído en lo mismo que critican, en ocasiones para el poder y en ocasiones para causas muy marcadas.
Entiendo que cualquiera en estos medios pueda hacer artículos de opinión expresando sus preferencias por algún candidato o proyecto político o cuestionando a algún otro que considere que no representa una opción para la población, o simplemente que no sea de su simpatía.
Lo que resulta ridículo es cuando estos esquemas se disfrazan de periodismo y envilecen con ello la profesión, su trabajo y al medio que representan.
En particular, Andrés Manuel López Obrador tiene en su equipo a varios de los que realizan este tipo de labor. Distribuidos principalmente en La Jornada y Proceso, existen varios “periodistas” que disfrazadas de notas se encargan de hacer propaganda al candidato de MORENA o de denostar a sus adversarios.
Cuando algunos de los más respetados articulistas de estos medios criticaban a Andrés llegaron incluso a ser expulsados de los mismos, como fue el caso de Marco Rascón y muchos otros que se vieron sometidos a la censura por tener opiniones críticas a AMLO. Hoy parece que sus líneas editoriales ya no son tan homogéneas y verticales, o tal vez los traspiés de Obrador son tales que obligan a sus casas editoriales a ser más tolerantes, pues si siguieran corriendo a todos los que lo critiquen ya no escribiría nadie que no fueran sus más apasionados corifeos.
Pero si bien no son despedidos, el ataque público por parte de las legiones que siguen a AMLO cuando hay críticas, por ejemplo de Luis Hernández Navarro, Julio Hernández López o Enrique Galván Ochoa a AMLO son de una intolerancia absoluta, que los cambia, de una nota a otra, de predicadores de la nueva fe a plumas de la mafia en el poder. Estos medios sin embargo dan cobertura amplia a las plumas más fieles al obradorismo que, insisto, disfrazan la publicidad de periodismo.
Un ejemplo vergonzante es el trabajo que ha hecho en fechas recientes (no es tampoco que el anterior fuera muy bueno, simplemente se ha deteriorado descomunalmente) Álvaro Delgado, quien al parecer tiene la encomienda de Proceso de cubrir la campaña de Ricardo Anaya (bueno en realidad no sé si la encomienda sea de la Revista o del war room de MORENA) y viene atacando de una manera vulgar al candidato de la coalición Por México al Frente.
Hace unos días viene realizando una serie de tweets donde reclama retrasos de media hora o un poco más en los actos de Anaya. Llevo en campañas dieciocho años de mi vida, no me ha tocado un evento que empiece puntual y nunca he visto que eso sea nota periodística. Dudo mucho, porque estuve ya en dos campañas presidenciales de él, que los eventos de AMLO arranquen puntuales y dudo aún más que consideren relevante informar esos retrasos.
En esos eventos que ha cubierto Álvaro Delgado ha subido fotos de los lugares vacíos, antes de que arranque el evento, pero en varios no ha subido fotografías posteriores con el lugar repleto, ya con el evento en marcha. Evidentemente busca generar una percepción más que informar. Particularmente en el evento del primero de abril en Celaya, dice 17:20 casi media hora después de la convocatoria… y pone una foto del lugar con poca asistencia. Casi media hora suena a más tiempo que veinte minutos, pero en fin. Y cuando el evento está apogeo pone la peor foto que podía poner, de atrás del estadio, tapado por unos páneles de madera, en una zona que no se abrió al público, para que se vieran bancas vacías y la madera tapara el estadio lleno. De verdad vulgar.
Pero el colmo fue ayer, donde primero sube un tweet anunciando que Anaya se reuniría con ONG´s, a las que menciona, cuestionando que el evento fuera en campaña a puerta cerrada.
No sé si alguien le pueda informar que, estar en campaña, no obliga a que todos los eventos sean abiertos o con público, y por supuesto que se tienen reuniones a puerta cerrada que se anuncian a la prensa y de la que después se dan a conocer resultados. Parece que esto le molestó, que no le permitieran estar de reloj checador y tomar fotos de la mesa antes de que se sentaran los asistentes.
Así en la tarde publica una foto en twitter que acompaña con la frase: “Se reúne @RicardoAnayaC, en secreto, con “organizaciones de la sociedad civil”.”
Lo curioso es que, si la reunión fue en secreto, ¿cómo sabía horas antes de su realización e incluso cuestionó que se llevara a cabo a puerta cerrada?, ¿de dónde tomó la foto con la que acompaña su tweet?
Evidentemente la reunión no fue en secreto, se anunció a los medios, incluido donde el cobra, de su realización y posteriormente de sus resultados. Se hizo pública la imagen que compartió y la anunció Ricardo Anaya en su propia cuenta de Twitter.
Tal vez le molestó que Anaya abriera diciendo “Yo sí confío en la sociedad civil…” haciendo una distinción del candidato de Álvaro Delgado que ha manifestado su desconfianza hacia ella. Eso además de que no fuera abierto el evento. Ante ello, Delgado cuestiona con su entrecomillado a las organizaciones de la sociedad civil asistentes. ¿Ya se reserva el “periodista” también el certificado de autenticidad para OSC?
Sin lugar a dudas, lo que hace Álvaro Delgado no es periodismo, es militancia y es campaña. Está en su derecho como otros estamos en el nuestro de denunciarlo y exigir que los medios tengan, por supuesto, espacios de opinión, pero que sean claramente diferenciados de la información periodística, la cual, en aras de la calidad del intercambio público, deberíamos buscar que fuera lo más imparcial posible.
Por este periodismo patético es que Proceso, La Jornada y otros medios, ya no son lo que eran. Vendieron su línea editorial y con ello empeñaron su calidad moral y periodística.
