Recomendamos: La república… del odio, por Federico Reyes Heroles

“Ingratos”, “siniestros”, “traficantes de influencias”, “corruptos”, son palabras que desnudan una furia interior. “Sentimiento profundo e intenso de repulsa hacia alguien que provoca el deseo de producirle un daño o de que le ocurra una desgracia”. Allí una de las definiciones del odio. El odio nos ciega, el odio degrada la razón, el odio envilece al ser humano. No es un simple rechazo, válido o no, es una emoción perversa que domina el entendimiento.

El que pierde la capacidad de razonar es un bárbaro, un esclavo de la barbarie. Con su permanente sonrisa —que mucho oculta— lanza los nombres de seres humanos a los que no conoce, no les ha estrechado la mano, no los ha visto a los ojos, no sabe nada de sus familiares, de sus creencias, pero él ya los tiene en una categoría: “minoría rapaz”.

Si los odia, qué mal les desea. Y menciona algunos nombres y al hacerlo provoca el odio hacia Roberto, Claudio, Alejandro, Eduardo y otros. Es el mismo odio que, desbocado, galopa en las redes sociales, que tan buen servicio le han hecho, odio contagioso, por eso se le van encima a Jorge, por su ascendencia judía. Y el “líder moral” calla y con su silencio otorga respaldo cómplice a las masas de odio que está convocando.

Sintiéndose ganador, suelta su venenosa lengua y ofende a los empresarios, también en abstracto, ignora que la gran mayoría de los mexicanos vive día a día de los círculos concéntricos de actividad económica que desprende la empresa, sin concebir que los hogares de los mexicanos dependen de la prosperidad de las empresas, sea la que sea, una enorme o una pequeña, sin imaginar siquiera que los alimentos de los hogares mexicanos provienen de trabajos, empleos, ocupaciones, oficios, conocimientos, actividades que buscan primero un beneficio individual y que se vuelve colectivo.

No comprende que la generación de riqueza, de prosperidad, es deseable, pero que para obtenerla se debe trabajar. Habla de pobreza mil veces, pero no sabe cuál es la salida. Nadie debe odiar a quienes generaran bienestar. Él lo hace: odia a los empresarios.

Dice provenir de una familia de comerciantes y que eso lo capacita para manejar las grandes cuentas nacionales, o sea que hay estirpes y él hereda ese conocimiento profundo. Pero el comercio también es una actividad lucrativa que brinda empleo a millones, es una de las más importantes acciones civilizatorias. Todo comerciante es un empresario. Está muy confundido. Odia en lo concreto, con nombres y apellidos; odia en lo abstracto, “minoría rapaz”; odia por actividad laboral, ser empresario; odia, punto.

Pero después aparece la idea del perdón divino, perdón cargado de religiosidad, no habrá persecución, bendito sea el señor que nos perdona por encima de las leyes. “No impulsaré nuevos procesos” —¿y si la ley lo mandata?—, “pero tampoco frenaré los que están en curso”, como si fuera facultad de un presidente impulsar o frenar procesos judiciales. Ésa es la Presidencia que lleva en su cabeza.

Odia a los intelectuales “fifís”, odia a la sociedad civil, en la que muchos mexicanos entregan su vida por los otros. Pero su capacidad de odio pareciera insaciable y, por ello, a los que no voten por él los tilda de antemano de “cómplices de la corrupción”. De nuevo divide a la República entre los honestos —que votarán por él— y los cómplices de la corrupción que, todo indica, serían seis de cada diez mexicanos… o más.

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