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La salud de Andrés Manuel es un tema tan presente como la amnistía, el aeropuerto o la reforma educativa. No lista en su temario de templete, pero lo acompaña en él y en todos lados.

La salud de López Obrador es una asignatura pendiente que se rehúsa a aclarar.

No es un estratagema electorero, es un requisito sine qua non en la valoración de una decisión ciudadana con seis años de aliento.

Marco Levario Turcot ha insistido en que el candidato conteste una sencilla pregunta “¿Usted estuvo internado en el Hospital Ángeles del Pedregal y le recetaron Quetiapina?”

Hoy Riva Palacio dedica su colaboración a la salud de López Obrador y narra problemas cardiacos y de la columna vertebral, así como el tratamiento de un neurocirujano de nombre Félix Dolorit, domiciliado en Miami, que atiende al candidato cada quince días en viajes que realiza ex profeso a México, de los que se tienen registrados más de 150.

México amerita saber el estado de salud de quien pretende ocupar el cargo de Presidente durante seis años.

Ese debiera ser un reclamo sin fisura partidaria del electorado mexicano.

Sin restarle peso al tema, veamos qué pasaría ante una eventualidad fatal de Andrés Manuel.

Primero, los fieles creyentes de su iglesia y dogma tornarían su dolor, vacío y frustración en violencia, denunciando magnicidio, así, Dios no lo quiera, el suceso se diese frente a multitudes como testigos. Las repercusiones sociales, políticas y económicas serían difíciles de predecir y más de controlar.

Segundo, de Morena y el garapiñado de su coalición no quedaría nada, moriría con él, habida cuenta que es un partido-iglesia de caudillo-Mesías.

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