Hace muchos años, en 1980, si no recuerdo mal, pues yo estaba niña, mis papás militaban más o menos en el PRI del Estado de México. Esto, gracias a la amistad que tenían con un matrimonio de médicos (en particular la amistad de mi papá con él, cuyo nombre no diré), que estaban muy activos en dicho partido.
Digo que más o menos militaban, porque, aunque anduvieron apoyando en algunas campañas nunca tuvieron mucho entusiasmo y su participación duró unos pocos años.
Tengo el recuerdo de haber estado en una casilla, un día de elecciones, mientras contaban los votos. La esposa de este hombre era quien anotaba el conteo. Lo hacía con rayitas, como los presos apuntan los días que van pasando en la cárcel. Recuerdo con claridad que cada tanto, en lugar de anotar un voto para el PRI, ella apuntaba dos rayitas, a veces tres, por cada voto cantado.
Recuerdo también que de vez en cuando, cuando se cantaba un voto para otro partido, ella fingía hacer la rayita, pero no la hacía y la apuntaba a favor del PRI. Trabajaba a gran velocidad, era muy, muy hábil. Recuerdo también el reclamo de los representantes de los otros partidos en el sentido de que fuera precisamente una priísta quien estuviera anotando el conteo de votos. Y la ansiedad de ellos de saber que se les estaban robando votos, en su propia cara, pero sin tener fuerza para reclamar, ya que había una abrumadora mayoría de priístas y se sentían impotentes y en desventaja.
Recuerdo el asombro que, como niña sentí al descubrir que una mujer que yo respetaba mucho (era mi doctora de la infancia) fuera capaz de eso. Simplemente era inconcebible.
Pero esa no es la anécdota que quería yo contar.
Sucedió que un día en que estaban mi papá y su amigo hablando de política y yo, como de costumbre, oyendo lo que no debía, la conversación llegó al tema de las presiones que existían de parte de diversos partidos opositores para tener mayor participación, elecciones limpias y todas esas mañas de la gente que quiere democracia.
En el PRI, decía el amigo de mi papá, estaban preocupados. La presión era fuerte y de algún modo, había que avanzar hacia la democracia. Pero sin perder el poder.
Y le dijo a mi papá algo como esto: “Esto tú no lo escuchaste de mí, Jorgito, pero tan sólo imagina, pura imaginación ¿eh?, que de aquí a unos años en el PRI se da un gran movimiento que busca la democracia. Que surgen líderes fuertes y llega a tal grado la organización que de repente se da una renuncia en masa al PRI y todas estas personas fundan otro partido, uno totalmente nuevo, que será la oposición más importante del PRI. Que superará al PAN y en cierto momento, hasta ganaría la presidencia. No te digo que este sea un proyecto en forma, ¿me entiendes? Nomás te lo estoy platicando, así, como de imaginación. Ya con ese otro partido, ¿quién se atrevería a decir entonces que en México no hay democracia?”.
Puedo jurarles que esa conversación existió. Frente a mis ojos. Por supuesto, las palabras no son exactamente las mismas, pero el sentido sí. Yo no la entendí en su momento, pero el aire de conspiración que tuvo, el misterio que el amigo de mi papá le imprimió, hizo que se quedara en mi memoria. A mi papá no le hizo gran impresión, ni jamás la mencionó después, ni tampoco la relacionó con lo que ocurrió años después en nuestro país.
Ocurrrió que, en 1987, luego de intensas pugnas al interior del PRI, se integra la Corriente Democrática, encabezada por el priísta Cuauhtémoc Cárdenas. De aquí se evolucionó a la integración del Frente Democrático Nacional en 1988 y finalmente, a la fundación del PRD en 1989, grupos todos integrados por priístas renegados.
Ahora, en el 2018, el nuevo presidente electo es un antiguo priísta, antiguo perredista y nuevo Morenista. MORENA es un partido escindido del PRD, que a su vez es un partido escindido del PRI. Ambos partidos son esporas emanadas de ese hongo que se resiste a morir.
A pesar de todo lo que diga su líder, y ahora presidente electo, Andrés Manuel López Obrador, Morena es el PRI. Pero ni siquiera el PRI más o menos evolucionado que hizo llegar a Enrique Peña Nieto. No. Es el viejo, el de los 70s, el del carro completo, del besamanos, el de “el mensaje soy yo”, el del presidente vuelto Tlatoani.
Morena es ese PRI que de manera soterrada se fue fugando de sus propias filas para construir su propia oposición. Para competir consigo mismo en un remedo de alternancia que, en el camino, ha resultado en guerra de tribus y sectas.
En esta reciente elección el PRI derrotó al PRI. No hay cambio. Como dicen por ahí algunos memes: no es la Cuarta Transformación de México. Es una transformación de cuarta.

