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Las elecciones mexicanas revelan un fuerte contraste entre las percepciones y opiniones publicadas, y las conductas de ciudadanos comunes que constituyen el sustrato de la vida democrática. En el primer plano participa una amplia gama de actores políticos (gobernantes, dirigentes de partido, candidatos, periodistas, líderes de opinión, cabezas de organizaciones sociales y un largo etcétera); a ese mundo hay que agregar, en años recientes, el activismo de muchos usuarios de las redes sociales que han hecho de estas plataformas tribunas para difundir y defender sus causas políticas. En el segundo plano se desenvuelven decenas de millones de ciudadanos, hombres y mujeres que son consumidores en diverso grado de la información y las opiniones publicadas, aunque cada uno hace su discernimiento para formar su opinión propia. Naturalmente, ambos mundos se comunican y el más activo políticamente influye en el otro hasta moldear las opiniones de algunas franjas ciudadanas, pero la influencia es limitada y de efectos diversos, como diversas son las concepciones, preferencias, temperamentos y humores que cohabitan en toda sociedad moderna, plural por naturaleza.

A juzgar por las opiniones publicadas con más profusión durante las recientes campañas electorales, la desconfianza y hasta el repudio hacia las instituciones electorales —entendiendo por éstas las normas y los organismos encargados de cumplirlas— son la actitud dominante en la sociedad mexicana. Sin duda, hay mucho de verdad en esa percepción, reforzada por la poca aprobación que reciben muchos de los gobernantes ejecutivos, la mayoría de los legisladores y los partidos de los que emanan. Gobiernos, órganos de representación política, instituciones electorales y partidos políticos parecerían concentrar el desprecio de una ciudadanía alejada de la política. A esa imagen negativa que se proyecta principalmente en las pantallas de los dispositivos móviles han contribuido algunos actores políticos que, desde fuera del gobierno, difunden sin medida descalificaciones a todos los políticos. Políticos profesionales predicando contra los políticos en general: flagrante contradicción lógica que ha tenido rentabilidad política.

En contraste con esa visión desconfiada y hasta derogatoria de las instituciones electorales, en el proceso electoral reciente de México se demostró que la mayoría de los ciudadanos confía en las elecciones y las aprecia como el método válido por excelencia para manifestar su voluntad política. Aparte de una tasa de participación electoral nada despreciable —63.4%—, lo más destacado es la buena respuesta que dieron varios millones de ciudadanos insaculados que fueron invitados a participar como funcionarios de casilla. Más de dos millones de ellos estuvieron dispuestos a cubrir más de 156 mil mesas directivas de casilla, y 1.4 millones de ciudadanos (propietarios y suplentes) fueron designados. Al final, atendieron las mesas directivas de casilla 908 mil ciudadanos y ciudadanas, que después de diez horas de votación pacientemente escrutaron cada una de las boletas, clasificaron los votos para contarlos, hicieron operaciones aritméticas, llenaron cuidadosamente las actas, entregaron copias de las mismas a los representantes de partido, exhibieron en carteles los resultados en el exterior de la casilla y remitieron el paquete electoral al consejo distrital o municipal correspondiente. La mayoría de las mesas de casilla terminó su trabajo entre las 11 y las 12 de la noche, pero muchas otras lo hicieron hasta las dos o tres de la madrugada. ¡Una demostración elocuente de conciencia democrática y deseo de servicio a la comunidad!

Así, decenas de millones de ciudadanos mexicanos refrendaron con sus actos que creen en la democracia y en sus instituciones, a despecho de las prédicas de una parte de los opinadores y actores políticos que desconfían de ellas y las descalifican. La realidad en la base de la sociedad no siempre coincide con las percepciones que descienden de las esferas más activas de la política.

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