Una mañana gris de primavera, Chelsea Manning se subió al asiento trasero de una camioneta de color negro y le pidió a su guardia de seguridad que la llevara al Starbucks más cercano. Se avecinaba una tormenta a Manhattan y Manning estaba preparada: tenía sus botas Dr. Martens negras, un paraguas y un vestido negro ajustado. Sus piernas desnudas, sus ojos azules. No se había maquillado casi nada: un poco de delineador de ojos y brillo de labios rosado.
En Starbucks ordenó un mocha de chocolate blanco y se sentó en un banco. Manning siempre ha sido algo pequeña —mide 1,62— pero durante sus últimos meses en las barracas disciplinarias de Fort Leavenworth, Kansas, comenzó a correr con un afán casi religioso, en el patio de la prisión y en la pista interior del gimnasio, y su cuerpo quedó más definido; era notorio en sus brazos y sus pómulos. Se veía sana y en forma, aunque algo inquieta, como se ven aquellos que han estado mucho tiempo en prisión.
Apenas ocho días antes estaba en la cárcel. Fue liberada tras cumplir siete años de una condena de 35. Su delito fue impresionante: filtró alrededor de 250.000 cables diplomáticos estadounidenses y 480.000 reportes militares de las guerras de Afganistán e Irak a WikiLeaks. Es la filtración más grande de información clasificada en la historia de Estados Unidos; allanó el camino para Edward Snowden y elevó el perfil de Julian Assange, en ese entonces poco conocido fuera de ciertos grupos de hackers.
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