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Es casi imposible haber leído sobre los últimos acontecimientos de impacto internacional sin toparse con las palabras trol o bot. Hoy todo parece teñido por las falsedades que distribuyen estas cuentas falsas: las elecciones que ganó Donald Trump, la guerra de Siria, Ucrania, Cataluña… Pero la desinformación tiene muchos otros flancos de avance y muchos modos también de defenderse. Este artículo sitúa a un ciudadano en una línea figurada de metro, en la que las estaciones simbolizan los ángulos del fenómeno. El objetivo es entender mejor su complejidad y conocer qué se puede hacer para combatirlo individualmente y en común.

MYRIAM REDONDO*

Primera estación: Nombres

Sobre esta parada de metro hay un polígono industrial desordenado conocido como “cajón de sastre”. La primera dificultad con la desinformación es definir y clasificar sus componentes. Los bots son cuentas automáticas, programadas para realizar una u otra acción, pero crecientemente eluden la detección colocando tras el volante a humanos que intervienen de modo temporal. Son los llamados “perfiles cíborgs”.

Ocurre lo mismo con los troles, esas cuentas anónimas utilizadas para violentar conversaciones. Es aventurado señalar como trol ruso a algún usuario que siga con vehemencia argumentarios del Kremlin. Puede suceder que se personalice públicamente demostrando que es solo un ciudadano nacional ofuscado con su Gobierno. Una cosa es que se exprese como un trol, que sus afirmaciones se consideren extremistas o que parezca totalmente alineado con Moscú; otra, que pueda tildarse a ese sujeto de marioneta del servicio de inteligencia militar ruso (GRU) o de la Internet Research Agency (IRA), única fábrica de troles políticos con sede física en Rusia y funcionamiento sistemático que ha sido identificada y visitada.

También la expresión “noticias falsas” o “fake news” se ha vuelto borrosa. La agencia AP recomienda utilizarla explicando al lector a qué hace referencia. Los expertos desaconsejan su uso porque se refería inicialmente a mentiras objetivables, pero, por ejemplo, Donald Trump se sirve de ambos términos para desacreditar trabajos de medios que no le gustan, sin más. En Estados autoritarios usan las fake news como excusa para encarcelar a la oposición: etiquetan así las afirmaciones críticas y eso permite llevar a su autor a prisión. Hay Gobiernos agitando incluso el llamado “troleo patriótico” para expulsar de las redes a los disidentes, como ocurre en Filipinas.

First Draft News, impulsora de los esfuerzos internacionales contra la desinformación digital, es probablemente la entidad que más ha trabajado para conseguir una definición comprensible de las noticias falsas, concluyendo con honestidad: “Es complicado”. Es preferible hablar de desinformación o de “desórdenes informativos”, y dentro de ellos los hay de muy diverso tipo.

La mentira digital tiene muchas caras. Puede tratarse de un rumor, de un error, de una falsedad (algo que simplemente no se corresponde con la realidad), de una falacia (algo que sí esconde intención de daño) o de una campaña propagandística encubierta organizada por fuentes poderosas. En su origen, quizá haya una persona despistada generando un malentendido con un tuit ambiguo: un buen samaritano difundiendo la necesidad de donaciones de sangre cuando la petición era de ayer, una gran empresa expandiendo información interesada o todo un servicio secreto. Y a veces, las líneas son borrosas y lo que empieza como un error se convierte en una falacia, o lo planificado con malicia es repetido por un usuario inocente que desconoce su origen. El mundo digital es como una fiesta de carnaval en la que son posibles todos los disfraces y las vestimentas están muy bien hechas para ocultarlo casi todo.

Más información: http://bit.ly/2NdWQcO

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