A pesar de que las autoridades de la CDMX han venido insistiendo que está focalizada la inseguridad en la capital, la terca realidad revierte lo que dicen.
Lo sucedido el viernes en Garibaldi es una nueva manifestación de cómo grandes grupos delincuenciales se pelean para apoderarse de los espacios de la ciudad, sin importarles el costo.
Los testigos de lo que pasó optan, con razón, por callarse. Quienes se atreven a decir algo, lo hacen con una prudencia tal que hasta parece que no dicen nada. Hay una constante en lo poco que se comenta: la policía no llegó hasta que había pasado todo; algunos aseguran que en la zona estaban algunas patrullas.
Las propias policías están metidas en un callejón sin salida. Habrá quienes quieran enfrentar con seriedad y profesionalismo sus responsabilidades; pero también hay quienes viven de la mano de la corrupción existente entre los propios cuerpos de seguridad y su complicidad con la delincuencia como una forma de vida paralela; quizá no tienen otra opción.
Buena parte del centro de la ciudad se ha convertido en tierra de impunidad. Los dueños de restaurantes, bares y comercios no han encontrado la manera de defenderse.
Si alguien sabe lo que pasa a detalle, son los cuerpos de seguridad. Reciben a diario denuncias y quejas, las cuales, en algunos casos, son atendidas con argumentos, en la gran mayoría, cercanos al cinismo y la impotencia.
Las cosas han llegado al extremo. Lo violento del viernes en Garibaldi fue una manifestación brutal de lo que también, de manera violenta o a través de chantajes, amenazas e intimidación, viven muchos ciudadanos en el centro de la capital.
Hace cerca de dos años, en este QUEBRADERO le contamos de dos jóvenes que se nos acercaron para plantearnos el gran problema que tenían en su bar. Los dueños del pequeño local habían presentado denuncias en la delegación; incluso “le dimos una lana a unos policías que andan por la zona para que nos cuidaran, sobre todo de miércoles a viernes, que es cuando estudiantes van al bar.
“Nos piden diez mil al mes. Si se los damos, nos quedamos casi sin nada. Entre la renta del local, las mordidas que hay que dar en la delegación, lo que hay que ponerle con los inspectores, que todo ven y todo quieren, y con lo que tenemos que meterle al bar, nos quedamos vacíos”.
Esto fue, le recordamos, hace dos años. La semana pasada nos volvimos a ver y el panorama, nos cuentan, es desolador. Han intentado dejar el bar y ahora resulta que ya ni eso pueden hacer. Se lo ofrecieron a los “malos” para quitarse de problemas y no aceptaron la oferta.
La razón se basa en que no quieren quedarse con el local porque les sale mejor que estos dos jóvenes se sigan encargando del bar para no perder el tiempo en lo que hacen. Lo de ellos es cobrar y amenazar, nos dicen con ironía y con resignación; “hasta nos dan ánimos y nos piden que le echemos ganas, porque es también por nuestro bien”.
La mayoría de los habitantes del centro han vivido experiencias de este tipo; algunas son violentas y sin concesión, otras son “exhortativas”, lo que en el fondo no es otra cosa que viles amenazas que no se pueden minimizar.
¿Qué piensa hacer el nuevo Gobierno de la capital con una situación que está fuera de control? En la CDMX están metidos cárteles, por más que las autoridades se la hayan pasado negándolo. Están también pequeños grupos delincuenciales, los cuales viven a la sombra, tanto de los cárteles como de la complicidad policiaca.
No hay derecho que los comerciantes y dueños de restaurantes y bares del centro sigan “viviendo” como sucedió en al menos los últimos tres años.
RESQUICIOS.
Está cerca el tiempo de Morena en Veracruz. Una breve visita al puerto nos permitió escuchar voces inquietas y preocupadas; “¿cómo le van a hacer?”. Temas: desparecidos, corrupción, narcotráfico, Javier Duarte, relación medios-nuevo gobierno, pobreza. Exactamente como en buena parte del país.
Este artículo fue publicado en La Razón el 17 de septiembre de 2018, agradecemos a Javier Solórzano su autorización para publicarlo en nuestra página.
