“¡Azúcar!”, en memoria de Celia Cruz

Celia Cruz es parte de la memoria musical de México, fundamentalmente durante los años sesenta (aunque su prolífica carrera abarcó hasta los albores del nuevo milenio). Es un emblema incluso y eso no es poca cosa en una época donde los boleros con el trío “Los Panchos”, por ejemplo, o la música ranchera con José Alfredo Jiménez y Javier Solís, estaban en su apogeo además del fervor juvenil que bailaba y cantaba rock and roll en inglés y español, entre Elvis Presley, los Beatles y Enrique Guzmán y Angélica María, entre otros.

Desde que tengo memoria me ha gustado imaginar a Úrsula Hilaria Celia de la Caridad Cruz Alfonso, su nombre completo, arrullando a sus tres hermanos con canciones de cuna en la Habana, Cuba, donde nació el 21 de octubre de 1925. También me gusta recordar el año en que vino por primera vez a México, el 15 de julio de 1960, porque llegó con la gran Sonora Matancera pero también porque ella misma jamás imaginó que nunca más regresaría a Cuba: Fidel Castro se lo impidió y prohibió su música en la isla como parte de sus medidas para disminuir el número de bares y hacer que la gente trabajara en vez de “emborracharse” (en esos término lo dijo); en aquellos tiempos también fustigó a los regalitos estadounidenses como el rock y, en especial, Elvis, porquien proclamó que los muchachos, “vagos hijos de burgueses”, no debían bailar como él y su “guitarrita” en “sus shows feminoides”: “Que no confundan la serenidad de la revolución y la ecuanimidad de la revolución con debilidades de la revolución”, amenazó Fidel.

El único referente más o menos parecido a Celia Cruz que yo tenía en aquellos tiempos era Antonia del Carmen Peregrino Álvarez, Toña la Negra, de quien Agustín Lara dijo que era “la más grande cancionera de todos los tiempos”, incluso grabó dos canciones con la Matancera (cuando Celia Cruz ya no estaba en la orquesta); “Lamento jarocho”; “Aventurera” y “Vereda tropical” y “Oración Caribe” son algunas de sus interpretaciones donde (creo yo) más lució su voz de terciopelo. Cómo me habría gustado escucharlas juntas en tu entonación de origen africano, así como Celia Cruz lo hizo con Celio González y Toña la Negra con Pedro Vargas.

Mientras ando por la vereda tropical, o sea, escucho a la jarocha, reitero que Celia Cruz fue proscrita por la revolución cubana y que, tanto los hijos de bien de la isla, como quienes sentían el compromiso socialista, acudieron a la censura llamándole “gusana” también como hicieron con quienes no coincidían con la construcción del nuevo hombre que se gestaba en Cuba según su visión. Por eso en 1975 debía escucharse “Playa Girón” de Silvio Rodríguez que dedica a los trabajadores anónimos y jamás, en ese mismo año por ejemplo, oírla a lado de Willie Colón con quien cantó el mismo año ya enarbolando la salsa, el género que la encumbró. (Tampoco debían leerse las tres primeras obras que hasta había escrito hasta entonces Milan Kundera; La Broma, La vida está en otra parte y La Despedida.)

Ya entrados los ochenta en la universidad también buscamos atajos a la historia y, aunque no bailamos el “Yerberito” o “Burundanga” de Celia, lo hicimos con “Rompe Saraguey” y Daniel Santos además de Benny Moré, entre otros, y por disciplina internacionalista, claro, a Carlos Puebla. No recuerdo una sola vez haber escuchado a Celia Cruz durante mi estancia en la UNAM; Celia Cruz era tan mala persona (o casi) como Plejanov o Trotsky mientras que Pablo Milanés era tan bueno que lo menos que podríamos hacer por él era tararear sus canciones y bailar. Clásicos como Compay Segundo siempre han sido tema de otro bailar.

Al principios de los años ochenta, Celia Cruz tuvo un breve reencuentro con La Matancera aunque como he dicho eso pasó para mí de noche; la recuperé en 1988 con “Vasos vacíos” junto a los Fabulosos Cadillacs y, claro, “Sobreviviré”. Tiene razón la negra “La vida es un carnaval.

A veces sucede que la nostalgia se vuelve en un patrimonio de la vejez, a la que acompaña también el esfuerzo por enmendar errores, más todavía los que implicaron privarse del propio placer. No sé, el beso aquel que pudo ser el preludió de un encuentro memorable, la novela eternamente pospuesta o la mano del amigo a visitar que se quedó tendida para siempre o el perdón que necesita decirse cuando finalmente el cariño por el otro y el de uno mismo llega a imponerte. Llega a ocurrir también que la nostalgia no es suficiente, por ejemplo, para volver a pisar la tierra en la que nacimos, incluso ni para abrazar y besar al padre y la madre que están cerca de partir. Eso le pasó a Celia, estoy seguro y no porque, en efecto, el gobierno le impidió visitar a su padre, un gran fogonero de ferrocarril, y a su madre, su cómplice para que ella desplegara el canto en vez de ser maestra. Estoy seguro porque en 1990 cuando estuvo en Guantánamo llevó consigo una bolsa de tierra de Cuba para que al morir fuera puesta en su ataúd: “Y que si no muero en mi tierra me muero de dolor”, cantó tantas veces para reiterar que esperaba ver rotas las cadenas: “pero el tiempo va pasando y tu sol sigue llorando (…) y por si acaso no regreso…”.

Ignoro si cuando Celia murió, el 16 de julio, vaciaron su tierra en el cuerpo. Me gusta pensar que sí. Que lo hizo su eterno compañero, Pedro Knightm, y con la pulcritud con que la amó; incluso mi propia nostalgia me conduce al desvarío de escucharla cantar otra vez:

No me pongan en lo oscuro
A morir como un traidor
Yo soy bueno y como bueno
Moriré de cara al sol.

Y que canta desde Cuba, la tierra que tanto anheló. Porque le faltó vida para mirarla libre y pisar su suelo. Pero tuvo la voz para existir por siempre.

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